No creo que exista algo en el mundo más humano y más reconfortante que un abrazo. Estoy segura que deben existir mil explicaciones químicas y neurológicas sobre lo que se genera en el cuerpo, pero no creo que tenga mucho sentido. Yo puedo explicarlo muy simple: dar un abrazo y ser abrazado hace muy bien. Personalmente, soy muy abracera. No tengo demasiado pudor, y si estoy feliz, si estoy triste, si quiero agradecer, si quiero consolar, si quiero demostrar lo mucho que quiero, que pienso, que me importa alguien, doy un abrazo. Sincero, apretado, sólido. Un abrazo que dice mucho más que cualquier palabra y lo doy así nomás, sin mucho preámbulo. Reconozco que a veces (muy pocas por suerte) quedo un poco efusiva, demasiado quizá, porque hay gente que no tolera o que no sabe reaccionar ante un abrazo, y se queda dura como una piedra o, lo que es peor, pone todo el cuerpo en modo rechazo y entonces el efecto se pierde por completo. Abrazar a alguien es algo íntimo que a la vez no está mal visto, y eso es genial, porque se puede hacer en cualquier parte, con cualquier persona. Por eso, se nos ocurrió que abrazar a cinco islandeses podría llegar a ser un buen desafío. Más que querer testear que tan lindos/feos abrazan los islandeses, queríamos ver cuál podría ser su reacción ante nuestra efusividad bloggerlatina.

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Nos pusimos a pensar. ¿Cómo hacer para abrazar gente? La respuesta no estaba muy lejos: vamos a dar abrazos gratis a ver qué pasa. Seguramente muchos de ustedes estén pensando que quizá hubiera sido más discreto y más eficiente meterse en un bar, comprar una cerveza y, siendo dos chicas despampanantes (?) dejar que los islandeses nos chamuyaran, robarles abrazos, sacar una foto y salir corriendo antes de que quisieran intentar algo más. Bueno, no. Primero porque yo no tomo cerveza (y menos mal, porque un vaso en un bar de Reykjavik ronda los 6 euros y parece pis de gato). Segundo porque los islandeses no chamuyan. Así de simple. Parece que si quieren algo, van al grano de una. Y no se ve a nadie, pero a nadie, apretando en ningún rincón. Así que cuando ya llevábamos más de una semana de viaje y las posibilidades de estrujar a alguno se iban desvaneciendo, decidimos cumplir en desafío en Akureyri, la ciudad más grande del norte de Islandia.

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Creo que el primer indicio de que ese podría ser el lugar indicado lo tuvimos al llegar, cuando descubrimos que todas las calles estaban llenas de corazones ocultos. Cuando la crisis sacudió la economía de toda Europa, el gobierno local de Akureyri tuvo una idea un poco peculiar, pero efectiva: incentivó a todos los ciudadanos a llenar sus ventanas de corazones rojos. ¿El fin? Incentivar a la gente a pensar con el corazón, a amar el lugar en el que viven y a tener una actitud más positiva frente a la situación. Envalentonadas nosotras también, compramos una cartulina amarilla, nos reímos mucho, escribimos FREE HUGS (abrazos gratis), nos seguimos riendo mucho, y nos paramos en la calle principal de Akureyri.

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La movida de dar abrazos gratis en la calle no es nada nuevo, pero si alguno todavía no se topó con alguien con la calle con un cartel como el nuestro, paso a contarles la versión popular (ya no se sabe cuánto hay de mito y cuánto de realidad). En el año 2004, un chico australiano regresó a su país y se encontró con una situación bastante deprimente: sus papás se habían divorciado, su novia lo acababa de dejar y su abuela estaba muy enferma. A pesar de todo decidió aceptar una invitación a una fiesta, a ver si se animaba, y fue allí donde alguien que no conocía de antes le dio un abrazo. La sensación fue tan reconfortante, que días después Juan decidió salir a la calle a repartir abrazos de manera gratuita, dando inicio a este movimiento.

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Honestamente, con el mito de que los islandeses son fríos y de que a esa hora la calle estaba vacía, pensé que iba a ser un fracaso. Fue todo lo contrario. Ani no había terminado de levantar el cartel, que cinco chicas asiáticas vinieron corriendo a abrazarla, una detrás de la otra. No eran islandesas pero estábamos contentas igual, aunque no tuvimos mucho tiempo para el festejo. Detrás de las chinas vino un islandés vestido de traje, y después una señora, y después dos chicos, y pasó un auto y tocó bocina, y cuando me tocó a mí vinieron tres músicos y después de abrazarme se pusieron a tocar ahí mismo. Una mujer embarazada me dio un abrazo hermoso y sus dos nenes siguieron el ejemplo. Después vinieron más señoras, otros se acercaron a ver a la banda, y cuando quisimos acordar éramos un montón en la calle, a plena música, y con una cara de felicidad que no podíamos esconder.

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Abrazamos músicos…

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…abrazamos elfos…

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…abrazamos en manada (traten de encontrar a Ani en la foto!)…

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…y no le negamos un abrazo a nadie.

Habíamos tenido un buen día, pero definitivamente los abrazos generaron algo más, que es imposible de describir porque sencillamente se siente. Yo creo que las únicas contentas no éramos nosotras, ni siquiera las personas a las que habíamos abrazado. Eramos todos los que estábamos ahí que, sin conocernos, habíamos decidido compartir algo más que la calle o el espacio. Ni se a cuántas personas abrazamos esa tarde. Lo que sí se es que cada abrazo valió la pena. (Y logramos superar el desafío).

Acá pueden leer el desafío 8: “Encontrar la  fábrica de artistas” escrito por Ani.

Durante las próximas semanas Aniko y yo vamos a turnarnos para ir relatando los logros (y también los fracasos) de este juego. Pueden también seguir el desafío y sugerir propuestas con el hashtag #desafioislandia o en nuestra Fan Page.

 

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Laura Lazzarino

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