“La basura de un hombre es el tesoro de otro” dice el refrán, y puedo dar fe. Hace unos días, Aniko y yo tuvimos nuestra primera experiencia haciendo dumpster diving, una práctica que consiste en recuperar cosas utilizables que fueron desechadas a la basura. Si bien el dumpster diving (o recolección urbana) es un concepto muy amplio que abarca desde muebles hasta videojuegos (con páginas web exclusivamente dedicadas a ello), en este post me voy a enfocar en el aspecto más tabú: la comida.

Sí, se que suena mal y apuesto a que muchos de ustedes están frunciendo la nariz y se están imaginando el olor a podrido, las moscas y todo lo demás. Imagino a alguno de mis amigos indignándose, porque nos recontra enseñaron que juntar cosas de la basura está mal, es sucio, es cosa de linyeras. Todos (y me incluyo) tenemos nuestras etiquetas negativas respecto a la gente que revuelve la basura, especialmente cuando no es por necesidad. Pero también todos (y vuelvo a incluirme) tenemos en mayor o menor medida una conciencia firme sobre el desperdicio de alimentos a nivel mundial, sobre lo mal que está tirar comida “cuando hay chicos que se mueren de hambre” (lo pongo entre comillas porque ese es el argumento que usaba mi abuela para que me terminara el plato, y estoy segura de que a muchos de ustedes se lo habrán dicho también).

Para hacernos una idea, voy a empezar con algunas estadísticas: en Estados Unidos, país capitalista por excelencia, se desecha el cincuenta por ciento de los alimentos que se producen antes de que estos lleguen a la mesa. Cincuenta por ciento, y lo repito por miedo a que no haya quedado claro que la mitad de la comida va a la basura antes de ser probada. Es decir: se produce para tirarse, así de simple. Más allá de los nenes con hambre (y para eso no hace falta ir a África), toda esa producción y desecho genera un impacto a nivel ecológico que muchas veces es irreversible, y cuyo precio vamos a terminar pagando no hoy ni mañana, pero sí en el futuro. Por eso, y como parte de una “militancia ecológica contra la aberración del despilfarro”, existen grupos de personas que se dedica a disminuir este desperdicio rescatando parte de esos alimentos antes de que vayan al basural.

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Foto: www.sustainablemaui.org

Conocimos a Stella a través de Couchsurfing, y aunque no podía alojarnos en Reykjavik, decidimos escribirle igual porque su perfil nos había llamado mucho la atención. Stella es freegan (o “gratuivorista”, pero la traducción al español me parece espantosa). Es decir, ha decidido apartarse todo lo posible de las prácticas capitalistas que considera nocivas. Entre ellas, claro está, el consumo. Stella no tiene internet en su casa, es vegetariana y no permite ningún producto de origen animal bajo su techo, no fuma, y hace dumpster diving. Yo tenía referencias previas de esta práctica: Juan me había mostrado unas fotos de Cristiania, en Dinamarca, y me había contado historias de sus amigos que salían a recorrer los tachos de basura de los supermercados cada tarde. De las fotos, siempre me habían llamado la atención dos cosas. Primero, la cantidad de comida que se encontraban. Segundo, la pulcritud: todo estaba perfectamente embalado, puesto en contenedores diferentes de lo que propiamente es basura, listo para ser recogido. Y, como siempre mi curiosidad fue más fuerte que el tabú de revolver la basura, decidí que algún día también iba a intentarlo. Al parecer, Islandia sería mi oportunidad. Así que le mandamos un mensaje a Stella con toda sinceridad: no somos vegetarianas, no tenemos experiencia, pero nos encantaría hacer dumpster diving. Teníamos mucha expectativa de ver qué tan fácil/asqueroso/beneficioso podría ser. Ella respondió halagada y quedamos para los primeros días de viaje.

Más allá de la responsabilidad ecológica, las dos estábamos motivadas por un interés económico. En Islandia hasta las cosas más simples cuestan un montón y, a pesar de que habíamos decidido cocinar, nos resultaba muy difícil ser ahorrativas. Un vasito de yogurth (que son deliciosos, tengo que admitir) cuesta 1,5 euros; un paquete de pan lactal marca supermercado, va de 2 a 4 euros; las verduras son casi todas importadas (imagínense el valor de una banana de Ecuador en Islandia nota: piensen en cualquier otra fruta, las bananas se producen acá, en invernaderos) y, lo que para mí es lo peor, el queso es un bien de lujo (y para mí, la vida sin queso no tiene sentido). Un paquetito de fetas común y corriente vale alrededor de 10 euros. Por eso optamos por hacer un fondo común, ser prudentes y comer lo más sano y lo más barato posible.

La primera noche salimos a pasear con Johanna, la chica que nos estaba dando alojamiento. Le comentamos al pasar la idea de hacer dumpster diving y, con toda la frescura del mundo, nos dijo que podíamos ir en un rato. Le preguntamos si era normal, porque a las dos nos sorprendió la naturalidad con que lo dijo. Respondió que sí, que todos sus amigos lo hacían, que era algo muy popular entre los estudiantes y que, aunque ella no aceptaba cosas que no estuvieran empaquetadas, muchas panaderías dejaban las sobras que no habían vendido listas para los recolectores. Un rato más tarde, fuimos hacia la parte trasera del supermercado más céntrico. Honestamente, me dio un poco de impresión porque abrimos los tachos y olía mal. Johanna, en cambio, se zambulló dentro del contenedor y empezó a husmear las bolsas. Era todo basura, se notaba enseguida. Según trashwiki (la wikipedia del dumpster diving) Islandia es uno de los países más recomendables para hacer recolección urbana. No sólo por el orden con que todo se hace, sino porque el clima es muy frío e impide que los alimentos se pudran rápidamente. (Además no hay casi moscas y, hasta ahora, no he visto ni una sola cucaracha). Sin embargo, ahí estábamos nosotras, volviendo a la casa con las manos vacías y la decepción llena.

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Al día siguiente recibimos un mensaje de Stella. Esperábamos que ella viniera a poner un poco de luz sobre el asunto, pero lamentablemente no podía acompañarnos. Aún así nos alentaba a que buscáramos igual, que no era tan difícil. Creo que desde que aterrizamos en este país, nuestro lema viene siendo “el no ya lo tenemos”, y bajo esa filosofía optamos por seguir los consejos de Stella y probar suerte por la noche. En Islandia, en esta época, la noche es muy clara por lo que se pueden chequear los contenedores sin tener que lidiar con una linterna. (Claro que eso implica también una mayor exposición, y a nadie le gusta que lo miren revisando la basura, pero entonces aprendimos la primer lección básica para hacer dumpster diving: derribar el prejuicio. Y la verdad, es que nadie nos miró feo. Hasta me arriesgo a decir que ni siquiera nos miraron). Aún así, volvimos a llevarnos un fiasco que me hizo pensar que quizá eso de la recolección urbana no era más que un mito, una búsqueda del tesoro que muy pero muy de vez en cuando daba resultados. Nos fuimos de la capital islandesa pensando que habíamos fracasado en uno de los primeros desafíos.

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Un día después comenzábamos con otro desafío: darle la vuelta a la isla haciendo dedo. La primera noche nos encontró en Stikkishólmur, un pueblo de poco más de mil habitantes ubicado en la península de Snæfellsnes. Hacía frío, había mucha humedad y toda nuestra energía estaba puesta en encontrar un buen lugar donde dormir (preferentemente la casa de alguien, porque estaba horrible para acampar). Pero entonces, mientras cruzábamos el pueblo completamente abstraídas del horario (era casi media noche y parecían las seis de la tarde), Ani encontró cuatro contenedores junto a la puerta trasera de un supermercado. Creo que fuimos a revisar más por costumbre que por revancha. Y entonces, abracadabra. De los cuatro contenedores, sólo uno tenía basura envuelta en bolsas de residuo. Los otros tres estaban llenos, llenísimos de mercadería que acababa de ser desechada, dividida por categoría. En el primero encontramos frutas y lacteos; en el segundo carnes (que decidimos dejar como estaban por una cuestión sanitaria) y en el último panificados. Todo perfectamente separado, de la misma forma en que yo había visto en las fotos de Juan. No había pegotes, ni suciedad, ni mal olor, ni nada. Simplemente alimentos tirados a la basura. Era tanta la comida, y estaba en tan buenas condiciones, que nos pusimos a gritar como locas y terminamos festejando a los abrazos como si acabáramos de ganar el mundial. Había quesos, frutas, verduras envasadas, bolsas de pan lactal, yogures y hasta chizitos. Era tanto lo que se veía bien, que tuvimos que seleccionar qué llevar, porque no nos daban las manos para agarrar todo.

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Intuyo que para esta parte de la historia las preguntas deben estar carcomiendo el pensamiento. Voy a ir de a poco. Es lógico pensar que si algo está en la basura “por algo será”. Y es cierto. Ninguna empresa va a tirar productos que puedan serles rentables. El asunto está en que muchas veces esos motivos no impiden de ningún modo que esos alimentos sean aptos para el consumo. Por ejemplo: en muchos países de Europa, los comercios están obligados a retirar los productos de las góndolas tres o cuatro días antes de la fecha de vencimiento. Por lo tanto, muchas las cosas que encontramos todavía no se habían vencido. Otro de los motivos tiene que ver con lo estricto de las normas a los que los mercados tienen que someterse (muchas de ellas relacionadas con cuestiones estéticas más que sanitarias). Por ejemplo: si se rompió el envoltorio del pan, se tira; si hay cuatro manzanas embaladas y dos se empezaron a machucar, se tira (¿pero y las otras dos manzanas?); si el queso pasó media hora más fuera de la heladera de la que dice la norma, se tira. Y por último, (pero no menos increíble), muchos supermercados tiran alimentos por sobre stock. Tienen más de lo que pueden almacenar, vendieron menos de lo que esperaban, entonces se tira.

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Claro que es imposible adivinar por cuál de todos estos motivos el pedazo de queso que acabamos de rescatar fue desechado (insisto con el queso porque cuando vi que había hormas de casi 20 euros ya no me importaron ni las manzanas, ni los chizitos, ni los postrecitos….¡aguante el queso!). Por eso, nosotras decidimos hacer nuestras propias reglas, para no estar comiendo nada con miedo ni tampoco cometer la locura de comer cualquier cosa sin pensar. Así que:

1- nada de productos vencidos;
2- nada de carnes, pescados, etc.
3- nada que nos de desconfianza por el motivo que fuere (que es lo mismo que decir, apliquemos el sentido común + los cinco sentidos, y si pasa la prueba entonces lo metemos en la bolsa).

Aclaraciones:

1-El tema de la cadena de frío no nos dio tanto miedo con los lácteos, porque la temperatura media de Stikkishólmur había sido de 6° durante todo el día, con lo que ni tiempo de ponerse feo.
2-Tampoco lo vivimos como algo “peligroso” porque la comida no estaba mezclada ni con materiales cortantes, ni con químicos, ni con nada que comprometiera nuestras manos.
3-El tema de la legalidad, por si alguien lo está pensando, en una nube gris que varía según el país. En Islandia no es ilegal a menos que rompas candados o te metas en propiedad privada para revolver los tachos. En este caso estaban en la calle. Y como es algo bastante “normal”, si uno deja las cosas en la misma condiciones en que las encontró no hay problemas porque no se considera vandalismo.

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El saldo total de esa recolección fue lo que se ve en esta foto y, sumado a lo que ya habíamos comprado esa mañana para el viaje, rindió unos cuantos varios días, y hasta nos alcanzó para compartir. Después de esa noche me puse a pensar cuál sería la reacción de mi familia o de mis amigos cuando les contara que viví casi una semana, en buena parte gracias a lo que había rescatado de la basura. No tuve que dejar volar mucho la imaginación. Lo más probable es que desaprobaran mi conducta y me atacaran con argumentos de todo tipo. Yo no digo que esta práctica no tengas sus riesgos, ni que de ahora en más voy a vivir hurgando tachos. No obstante no deja de incomodarme cómo la sociedad juzga peor a quien revuelve la basura que a quien desperdicia alimentos, cómo cae más el peso de la mirada ajena sobre el freegan o el linyera que sobre la cadena que tira lotes enteros de leche todavía en buen estado porque no tiene lugar en las heladeras o porque se va a vencer antes de que puedan venderla. También noté que aunque esta era la primera vez que me metía con la comida, había hecho dumpster diving muchas otras veces en mi vida. No sé la cantidad de libros, cartas, diarios y papeles que Juan y yo hemos recolectado de bolsas encontradas en la vereda. Ahora que lo pienso el sillón de mi departamento viene de una recolección urbana, y se la banca bastante bien. No sé si haría dumpster diving en mi ciudad, o en países tropicales, o en tachos donde todo estuviera mezclado con todo. Lo que sí sé es que para ser una primera experiencia esa noche en Stikkishólmur fue más que positiva, que me encantaría repetir (si es posible en comunidad, con algún grupo de freegans) y que nunca, pero nunca más voy a mirar un contenedor con los mismos ojos.

Para los que quieran ahondar en el tema y en los tachos acá les dejo algunos links interesantes:

 Trashwiki (para saber en dónde buscar, según país y zona + consejos de todo tipo)

 Food not bombs (una organización que recoge los alimentos antes de que vayan siquiera a la basura y con ellos prepara comida gratuita. Tiene fundamentos mucho más profundos, entre ellos, el de inspirar a la gente a tomar conciencia sobre el desperdicio de comida)

Urban dumpsterdiver (blog de un recolector que lleva haciendo dumpster diving desde hace años).

Acá pueden leer el desafío 6: “Sobrevivir al clima” escrito por Ani.

Durante las próximas semanas Aniko y yo vamos a turnarnos para ir relatando los logros (y también los fracasos) de este juego. Pueden también seguir el desafío y sugerir propuestas con el hashtag #desafioislandia o en nuestra Fan Page.

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Laura Lazzarino

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