La última vez que habíamos hecho dedo de a tres fue en Venezuela, y no era una experiencia para tener de parámetro: allá es muy fácil frenar a una camioneta y que te haga señas para que te revolees tus mochilas y te subas a la caja. En Europa no es así. Primero porque la ruta que necesitábamos tomar era una autopista (y aunque no sea imposible tampoco es recomendable: no hay banquinas y los autos pasan a mil). Segundo porque acá las normas de tránsito se respetan a rajatabla y si somos tres entonces tiene que haber espacio y cinturón de seguridad para tres. Teníamos dos días para llegar desde Barcelona a París y tomar avión a Reykjavik. Tiempo más que suficiente, y a la vez escaso: nunca había estado en Francia y quería llegar rápido para poder pasear algo antes de ir al aeropuerto.

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Arrancamos el día esperanzados. (No sé decir bien por qué, pero supongo que esa es la manera en que uno siempre debe empezar cualquier cosa, aun cuando las cosas sean ardua o impliquen un desafío). Era tarde (nunca puedo salir a dedo temprano, es más fuerte que yo), y la referencia que teníamos era esta:

“Para ir dirección norte (La Jonquera, Francia…) desde Barcelona ciudad, coger el tren en Barcelona-Pg. de Gràcia dirección Sant Celoni o Granollers, y bajarse en “Montcada i Reixac” (Hasta ahí bien. Estábamos muy cargados para subir al subte, pero bien). Una vez allí hay que buscar la Calle Mayor (muy cerca de las dos) y recorrerla entera hasta el final (pasaréis por delante de una iglesia). (Acá ye me empezó a sonar a los Goonies). Cruzar la carretera e ir hasta el puente de madera que atraviesa el río Ripoll y seguir todo recto rodeando un edificio muy grande que es el Colegio La Salle por su lado derecho. (¡Vamos que el puente de madera le da una onda tremenda!) Una vez rodeado veréis enfrente vuestro los pilares enormes de la autopista, guiaros por ellos (dirección norte), seguidlos y veréis un puente a vuestra derecha por el cual hay que pasar por debajo. (Esta parte me confunde, se la dejo a Juan). Una vez allí pasad a través de una puerta giratoria (es muy extraña, sí) (Ya si la instrucción viene con este tipo de aclaraciones, mamita!) y caminad por el camino de la derecha que os lleva a la área de servicio “La Pausa” dirección norte.

Todo este camino descrito os lleva unos 10 o 15 minutos andando desde la estación hasta el área de servicio, como mucho (es decir que a nosotros nos va a llevar mínimo media hora entre que cachemos todas las instrucciones, frenemos en el medio para comer algo y carguemos con todos los cachivaches)“.

Si esto no es una búsqueda del tesoro, ¿entonces qué es?. Las instrucciones las sacamos de Hitchwiki (y se supone que estas cosas son válidas) pero cada paso nos parecía realmente una pista que seguir y cada descubrimiento era una hazaña. Así que empezamos por el tren, que venía bastante vacío.

Buscamos la salida, preguntamos por la iglesia a unos viejitos que se quedaron pasmados de lo católicos que podían ser los tres mochileros que más bien parecían gitanos, cruzamos el puente, cruzamos la puerta giratoria (que tiene un cartel cutre que dice prohibido cruzar pero hay un caminito muy bien marcado) y llegamos a la estación de servicio. Tesoro encontrado.

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Hacer dedo en estaciones de servicio es lo más cómodo que hay. Siempre que me preguntan si es seguro el autostop para una mujer, la primer sugerencia que doy es esa porque es donde más relajada me siento. No hay que aventurarse a esperar en la banquina a merced de la buena voluntad o de los gritos o de las señas; uno puede elegir el auto al que quiere intentar subirse, con lo que se gana mucho tiempo y seguridad; al existir la posibilidad de conversar con el conductor es mucho más factible inspirar confianza que con los micro segundos de contacto visual que ofrece la banquina. Así que apostamos las mochilas de manera ordenatida y empezamos la cacería (sí, ya se que suena medio violento, pero tengo que confesar que así era como me sentía calculando las posibilidades y eligiendo los conductores). El lugar era muy amplio por lo que había que correr de un sitio a otro, mientras Ani cuidaba las mochilas y nosotros íbamos de acá para allá, mapa en mano. Si bien no fue cosa de empezar a preguntar y conseguir viaje, había algo que nos mantenía muy motivados aun cuando las respuestas eran un no: todo el mundo nos sonreía. Parece algo tonto, pero hacer dedo es, en cierto modo, pedir ayuda, y cuando lo que se obtiene a cambio son malas contestaciones, insultos o caras de asco, es imposible que el ánimo no decaiga, y con el ánimo por el piso es de hace más difícil aún.

Media hora y un sanguchito después se puso a prueba nuestro prejuicio. Hay que reconocer que, a pesar de viajar para eliminarlos, uno también tiene sus propios creencia sobre ciertas cosas, y muchas, muchísimas veces, esas creencias están equivocadas. Así que cuando Juan se acercó todo entusiasmado al BMW yo di un paso atrás. No le daba ni el más mínimo voto al señor de zapatos lustrados como espejos y traje colgando del asiento trasero, y sin embargo, movió la valija del baúl, acomodó nuestras mochilas, y nos llevó hasta La Jonquera sin poner ningún pero.

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La Jonquera, un lugar espantoso para hacer dedo.

Allá nos dejó en un lugar horrible. No porque fuera esa su intención, sino porque toda el área era muy poco linda para hacer dedo. Los suburbios fronterizos del primer mundo, pero suburbios al fin, con supermercados magnánimos, prostitutas encubiertas y mucho tránsito desparramado. No sabíamos si quiera donde pararnos. Intentamos primero en la playa de estacionamiento del supermercado pero si antes habíamos recibido puras sonrisas, ahora era todo lo opuesto sumado a la primer dificultad real: ninguno de los tres habla francés. Lo intentamos poco, pero al ver que la mayoría eran dueños de autocaravanas o casas rodantes (y no me pregunten por qué, y esto no es un prejuicio sino un hecho: nunca llevan a nadie), decidimos cambiar de lugar. Nos fuimos a una estación de servicio poco transitada pero llena de camioneros, a repetir el proceso. Y acá (pongan cara de sonrientes porque se viene…) me volví a enamorar de Juan. Sí, no pretendo que lo entiendan porque el amor no se explica, pero este es el caso: había al menos 15 camiones y todos eran de un país diferente. Turquía, Rumania, Bulgaria, Croacia. ¿Qué hubiera hecho yo sola? Desplegar el mapa, hacer señas, sonreír mucho, rogar que me entendieran. ¿Qué hizo Juan? Empezó a chapurrear un poco de cada idioma mientras yo lo miraba atónita con cara de “mi amor, ¿por qué nunca me dijiste que sabías hablar búlgaro?” y los camioneros se mataban de risa e intentaban ayudarnos. Todos iban para Barcelona, pero a la vez todos querían hacer algo por nosotros. El premio mayor de los llevó el primer chofer, que era croata. Nos dijo que iba para el otro lado y, sabiendo que apenas podíamos entenderlo, extendió sus manos, palmas enfrentadas y separadas por unos 10 centímetros y, moviéndolas hacia un costado, pronunció la frase maestra: “colega, colega, colega”. Esa fue su forma de decirnos que le preguntáramos a los otros camioneros y lo entendimos de una. Estábamos felices.

Lamentablemente ninguno podía llevarnos, así que empezamos a hacer guardia en la estación de servicio. Lo que pasó después es la prueba firme de que si se quiere, se puede. Fuimos a hablar con un chico muy canchero que venía con su novia y que resultó ser argentino. No sé cuántas cosas traían arriba de ese auto porque apenas se veían sus caras. Podría haber dicho que no por falta de espacio y con justa razón, pero en cambio su respuesta fue: si se animan a acomodarse… Hasta este momento no tengo idea cómo hicimos, pero lo logramos… A veces pasa que los conductores dicen que no porque no vamos a entrar y siempre me presenta un dilema, porque no sé si usan la falta de espacio como una excusa (y en ese caso mejor no insistir) o porque temen que vayamos a estar muy incómodos (y en ese caso no tienen idea de cómo somos capaces de viajar). Nunca se qué hacer por temor a pecar de insistente.

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Los chicos nos dejaron en otra estación de servicio y creo que si esperamos 10 minutos es una exageración. Le preguntamos al primer hombre que vimos, que sería, a la vez, el primer conductor francés. Dijo que no por falta de espacio y nos llamó la atención que lo cargaba en el baúl era ni más ni menos que un barril de champagne. Tardó 3 minutos en arrepentirse. Fue el segundo BMW de la tarde.

Avanzábamos bien pero no lo suficientemente rápido y París parecía quedar cada vez más lejos. El señor nos dejó en otra estación de servicio en la que, literalmente, no entraba nadie. Pensé que sería la perdición, aunque me tranquilizó una cosa: al costado de la autopista y cerca de cada gasolinera siempre hay un lugar de recreación. Además de acampar, suelen tener baños y mesas por lo que, si la noche nos encontraba en la ruta, teníamos donde dormir. Pero frenó un auto.

Eran dos y venían de trabajar. No hablaban una pizca de español pero entre el francés lento y el turco de Juan nos entendíamos. Les encantó llevarnos y mucho más cuando les propusimos hacer una foto. Tanto que sacaron una tablet y automáticamente nos agregaron a Facebook. Ese fue el comienzo de nuestra manía selfie.

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Nos dejaron en un peaje, de ahí frenó otro BMW que nos llevó a una estación de servicio y desde allí nos fuimos hasta Vienne, un pueblo muy cerca de Lyon donde nos esperaba Jerson, un blogger de viajes muy buena onda que nos esperó con la cena y nos hizo un lugar a los 3.

La parada no iba con nuestros planes de llegar rápido a París, pero sí con mis ganas de recorrer Europa a fondo, de hacer visitas inesperadas, de viajar. La mañana siguiente juntamos cerezas de la campiña, caminamos hasta la parada de bus y emprendimos la partida hacia París. Un chico nos llevó hasta otra estación de servicio y allí, jurando y perjurando no estábamos de ilegales, nos subimos al auto de Ali un turco que escuchaba Madonna, tenía más anillos que el Papa y quería que Juan y yo tuviéramos un bebé a toda cosa. “Bebe love life” (bebe ama la vida) era su argumento. Y como nosotros decíamos que no, empezó a poner música cachonda que más que avivar la llama del amor nos descostilló de la risa, porque a ver, nadie espera hacer un karaoke de “Can´t live” en plena ruta .

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Nos dejó en las afueras de París y, tras combinar un tren con un metro llegamos hasta la estación Bastille, donde un amigo de Ani nos había dejado las llaves de su departamento. No fue sencillo entrar porque la llave no giraba (no podía ser de otra manera) pero después de un buen rato intentando lo conseguimos. Me quedaba todavía un día de París antes de tomar el avión, y todo un viaje por Islandia delante.

Acá pueden leer el desafío 2 “Meter todo en una sola mochila y no perder el avión”. escrito por Ani.

Durante las próximas semanas Aniko y yo vamos a turnarnos para ir relatando los logros (y también los fracasos) de este juego. Pueden también seguir el desafío y sugerir propuestas con el hashtag #desafioislandia o en nuestra Fan Page.

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Laura Lazzarino

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