Día 7

Dijiste movimiento. Tenía que ser algo, algo dulce, y elegiste movimiento. Porque es la esencia, porque es el ser, porque es el todo. El movimiento genera movimiento y de eso se trata ser nómada, o el enamoramiento de ese concepto lejano de libro de prehistoria. Nómada. No más da.

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A las 00:50 pasa el Tienda León y subimos casi sin mochilas, porque este es un viaje corto y porque estar cortos de equipaje se asemeja a la evolución. Quise dormir, pero las viejas paquetas de La Dante querían viajar a Italia, y que todos supiéramos que se iban a Italia, y gritoneaban conversaciones absurdas en un italiano amanerado y minucioso y hasta las risotadas las fingían en italiano con una clase inexistente porque lo que estudiaron no fue francés. Quise pararme y gritarles State zite! pero me dio fiaca pararme y preferí ahorrarme el espectáculo y gritar un fuerte y sonoro y universal y anónimo SHHHHHHHH! desde mi asiento. Funcionó. Me dormí, pero poco.

Yo no sé si todos los vuelos de Aerolíneas salen a horarios inconvenientes, o si será que las veces que nadie pudo llevarnos, a nosotros nos tocó volar a las 2 a las 3 a las 5 de la mañana. No interesa. I can’t complain.

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Check in a las casi 5 para un vuelo que sale a las después de las 8. Estados Unidos. Miami mala palabra, pero ojo que nosotros vamos para San Juan. Quichicientas mil medidas de seguridad, y la pinza de depilar la tenés que despachar, o dejar en algún rincón sin que nadie te vea. Que por qué, porque podés matar a alguien, e imaginate el espanto de que alguien mate a otro arriba de un avión ─no que antes no haya pasado─ pero tener que decirle a la familia que se murió desangrado por una pinza de depilar. Un horror. Disculpame, con ese criterio tampoco deberían dejar subir a nadie con biromes, no sé. Es verdad, pero para matar gente, la birome es más efectiva escribiendo verdades que perforando cogotes, creeme, está comprobado.

Tengo sueño. Mostrame la visa, mostrame la mochila, mostrame todo. Qué manía porno la de desnudar hasta los zapatos a alguien para ver si lleva vaya a saber qué y la alarma siempre así piiii cuando yo paso porque tengo un piercing señor de seguridad. Tengo un piercing en el pupo y no es ningún arma ni dólares ni drogas alucinógenas. Es un piercing y hasta eso falta que me pidan que me tenga que sacar para viajar al país que inventó MTV y el Mc Donalds y todo lo demás que seguro es mucho peor que un aro en el ombligo.

Sala de embarque. Esta vez de en serio, y llegaste tan temprano que hasta podés agarrar uno de esos asientos con estira piernas incluidos y sentarte a mirar los aviones o a lo mejor The Game of Thrones, como prefieras. Quedan casi 20 horas, pero esto es así. Lo pediste, lo tenés.

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El avión despega sin hacer ruido, o será que la dormida soy yo. Adelante, junto al asiento que no elegimos gracias a Dios y al aviso honestisísimo del pibe del check in al que le dijimos mentiramente que estábamos de luna de miel para que nos sentara juntos, llora un bebé marrano. Lo escucho a lo lejos o a lo cerca, según lo pasea el padre, pero es uniforme. Me duermo igual.

Me despierta un desayuno con el dulce de leche más rico de todos que es el que se come arriba de un avión. El reloj avanza lento y la película que ponen en aquel televisor que tampoco alcanzo a ver es en blanco y negro. Quedan muchas horas de cielo. Volar es así.

Me despierto con el dolor de los músculos que hay que resignar para poder dormir en un clase económica. Es el cuello o es descanso, y dale que toda enroscada me duermo igual. Pollo o pasta pero para vos es pasta porque el pollo se nos terminó. Me pregunto en ese instante de aire internacional cuál habrá sido el camino que condujo a los menúes aéreos a la dicotomía nefasta de tener que elegir unos mostacholes enaceitados o una paloma con upgrade y arroz amarillo. Me pregunto también si en todos los aviones del mundo será igual, si no habrá alguno que se atreva a servir pizza, o empanadas, o no sé.

Me duermo de nuevo. El comandante dice que estamos sobrevolando Quito y abajo no se ve nada más que nubes. Sueño que me despierto y que sirven avena y no sé por qué me muero de ganas y alguien atrás me dice te la perdiste por estar dormida y hago fuerzas con los ojos, fuerzas para despertarme y mi cerebro me dice movete y mi brazo se queda ahí hasta que lo logro, y es en vano porque Laura, en qué avión se te ocurre que pueden servir avena sin volcar. Miro el reloj, y sé que no tiene sentido. Tengo sueños transfronterizos.

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Señores pasajeros les habla el capitán para informarles que en breves minutos aterrizaremos en el aeropuerto internacional Ministro Miami. Horror. Pesadilla de porridge con 9 horas de asiento minúsculo para volver a bajar en Ezeiza. Los demás se ríen. No estoy soñado. El capitán ha de tener más sueño que yo.

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Fila caótica. Temor en el aire. Odio migraciones. El tipo que es latino por evidencia se empeña en hablarnos inglés, aunque todos los otros hablen español, aunque le respondamos en español, aunque. Falta la dirección del hotel, traigan el número y hacer la fila de vuelta, y a sudar porque la conexión es en poco tiempo, porque quiero llegar a San Juan, porque perder un avión es como una amonestación roja y espantosa en el currículum viajero.  Yo soy así, imperdonante. Welcome to the USA y ahora el control dos donde son autitos chocadores de valijas, donde nadie respeta a nadie, donde nadie sonríe. Y si estas son las reglas del juego, entonces a empujar, a empujar mucho, y a ganar. Welcome again y si su conexión es con American Airlines corran porque es la terminal D y eso está lejos. Entonces correr, correr incluso arriba de la cinta supersónica, correr como una carrera que en realidad es, jugando a que no es porque acá no está bien visto correr. Entonces se me ocurre: esto es lo que debería ser. La mejor manera de entrenar, la zanahoria aeroportuaria. Qué gimnasio ni membresía de qué, prométanme un vuelo al final del camino y entonces voy a correr como ahora, como en este preciso instante en que declaro victorias inmoderadas a los pasajeros que se quedan detrás con sus valijas de rueditas y sus almohadillas portátiles. Corremos, corremos y corremos más. Y no llegamos, y vamos a perder el vuelo y eso que ni despachamos las mochilas. Que desorganización de aeropuerto que ni siquiera es sonreidor. Escaleras mecánicas, ascensor y hasta un tren tomamos para llegar, justo para oír último llamado al vuelo con destino a San Juan. Últimos, literalmente.

Volamos, volamos, llegamos. 25 horas después, fin de la maratón, fin de alguno de esos días.

“Sweet movement”: 16 días para salir de viaje. 16 días para precalentar las alas, tomar carrera y despegar. Un desafío de letras, ríos de pensamientos y cosquillas en los pies.  Un diario de viajes interiores antes del gran viaje.

 Podés también leer el Día 6: “Sweet movement: ojos amarillos, corazones en dos”

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Laura Lazzarino

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