Día 2 y todo lo que puedo pensar es que el tren sigue, el tren no para, el tren no me deja bajar.

Arranqué 8 y media antes de lo que quería arrancar, porque el solcito del este entraba por la ventana, porque el reloj se había quedado sin pilas, y por algo se quedó sin pilas en medio de la noche cansada, porque el cuerpo se me había pegado a la cama y a la almohada el sueño, porque nada de lo que hay en mí se quería menos levantar.

A las 9 pasó la camioneta y me dijo lista para viajar a Rosario, y lo único que me salió pensar es que viajar es otra cosa, que con moverse por el pavimento no basta, que aunque me divierta jugar a las carreras con los cables de la luz que suben y bajan por el cielo, viajar es algo diferente. No tiene nada de distinto ir de acá para allá, al satélite de ciudad que es Rosario porque San Nicolás es gris y es zombi y no hay nada, si después de todo Rosario siempre estuvo cerca y algo de mí siempre estuvo ahí. Por suerte el chofer no habla. Por suerte no tengo que querer pensar.

A las 10 me bajé en Oroño y caminé por la vereda de la sombra, y me acordé que esas cosas no se hacen porque en abril los árboles se ponen fríos, y por eso las veredas son siempre dos, y hay que elegir la que tiene sol, que es como una invitación tácita. Pero no pude cruzar la calle. Busqué sobres, busqué burbujas, busqué a algún empleado cualquiera que no me mirara como si estuviera pidiendo extraterrestres en botellita, que no usara la palabra importación como un maldito escudo-excusa contra la flojera, la ignorancia o la falta de stock. Mis libros necesitan sobres para viajar, y yo necesito libros que viajen.

A las 11 entré a una librería y me perdí en todo el tiempo. Ya no me niego al retiro insalvable de cruzar la puerta de un negocio abarrotado de libros. Me entrego como una bolsa de papas al vacío, bolsa de papas feliz. Miré los mismos libros de viaje que miro siempre y que nunca compro porque no terminan de ser de viajes o porque no me estiran los brazos con tapa de que me los lleve. Me animé a hojear novelas pero resistí poco. Jugué a descubrir el tesoro en la sección de usados y terminé por comprar ese libro de auto ayuda espiritual que jamás me hubiera auto comprado sino fuese por aquel guardia de seguridad ex mormón confeso que me dijo que me iba a auto cambiar la vida, y me bastó leer un par de páginas para entender que a lo mejor quizá tal vez capaz tenía razón.

sweet movement etapas del movimiento

A las 12 o algo así me senté a comer y no me importó. Y desde allá, desde una esquina de sol de lejos una mano se agitó con sonrisa y entonces pensé que si esta semana estaba pensando en movimiento ella era la reina del movimiento del pasado que me tenía que encontrar. Me dijo hola con esas facciones de plastilina perfecta y todo lo que yo podía pensar era en esas horas de danza, de barra, de pianos, en cómo sus pies pequeños y delicados se doblaban sin quebrarse sobre sus zapatillas de punta y sobre mi muy sana envidia adolescente de pies más toscos que se morían por bailar. Seguía pirueteando en un ballet, que clásico nunca más, que militaba por la ley nacional de danza, que tenés que venir y bloggear porque va a haber bailarines moviéndose en una maratón de coreografías de todo el mundo, y qué bueno que nos veamos. Y sí, que bueno que nos veamos. Y mientras ella en su sándwich y yo en mi entrecot con papas, los pies me gritaban movimiento y los sentía en mis zapatillas como en un chaleco de fuerza de manicomio sin locura. Hay que bailar, tenés que bailar, tenés que viajar, y mi brazo revoloteó impulso instintivo, un reemplazo de piernas y voló la Sprite y mojó a la mujer de al lado pero qué más da si lo que hay que hacer es moverse.

A la hora del solcito salí a la vereda no equivocada. Busqué sobres. Encontré corazoncitos de papel picado, estrellitas de goma y antenitas de Vinil, pero nada más. Y cuando fue tiempo de volver llegué a la esquina y ahí estaba el mismo colectivo de siempre como puesto adrede esperando la sincronicidad del semáforo y el no-más-movimiento de mis pies, y me volví. Después hubo un piquete, o un accidente, o no sé, porque me había quedado dormida. Me desperté zamarreada cuando el chofer dijo: vamos a tener que interrumpir el viaje por un rato. Qué manía. Ya te dije que esto no es viajar.

“Sweet movement”: 16 días para salir de viaje. 16 días para precalentar las alas, tomar carrera y despegar. Un desafío de letras, ríos de pensamientos y cosquillas en los pies.  Un diario de viajes interiores antes del gran viaje.

 Podés  leer también el Día 1: “Sweet movement: Sala de embarque”

O seguir por el Día 3: “Sweet movement: la deconstrucción”

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Laura Lazzarino

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