Día 10

De local

La única manera en que puedo entender a la gente que no puede sentir la música salírsele por el cuerpo, es pensar en mi propio cuerpo fracasando en sus intentos en cualquier deporte. Tengo que hacer el esfuerzo mental, ahora mismo, mientras mis pies se mueven solos, mientras el rubio extasiado libera sus palmas sobre los timbales y su voz la va con el cuarto de Tula se cogió candela, y no sé si es salsa o una cumbia desfigurada lo que fluye por mis caderas, y la verdad es que tampoco me importa porque tiene que salir, tengo que sacarlo, y no hay nada mejor que bailar así. No hay nada mejor que bailar. Y siento la liberación, la energía, y capaz que hasta la china coreana del otro día tenía razón y de a poco se me van yendo los problemas. Estoy cansada pero no puedo controlar mis suelas y bailo y bailo hasta el infinito y más allá. Entonces los veo. Y quién soy yo para decir que bailan horrible, pero por el amor de Jesucristo cómo pueden tener el oído tan desconectado del cuerpo, qué se supone que es ese pedaleo flemático con los hombros a contramano de ese caminar incomprensible de las piernas, totalmente antónimo al ritmo, al desesperar de los tambores y las maracas, al mundo. Cierro los ojos. El cuerpo se me va sólo. Pienso en fútbol, en hándbol, en el idiota que pensó que la única manera de promover una vida saludable desde el colegio tenía la mente tan estrecha que sólo consideró el deporte y se olvidó de la competitividad salvaje, de los traumas de la exposición abierta, de todos nosotros para quienes una pelota es un arma nuclear. Me acuerdo. Lo odio. Abro los ojos. Ahí siguen y por favor Laura tené compasión porque seguro juegan muy bien al voley, y aunque no sea muy bien va a ser mejor de lo que jugás vos; seguro esa bisagra horrenda que les inmoviliza desde las costillas hasta la cadera es la misma que te inmoviliza a vos el cerebro cada vez que ves venir una pelota y pensás que te quiere matar. No te rías. Tampoco les enseñes, no tiene caso, pero al menos no te rías.

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De visitante

La venganza será terrible y mucho más terrible si viene en traje de baño. Ponete a bailar ahora, ahora mismo que el caribe explica cómo moverse arriba de la tabla estúpida para luchar contra corriente con unos remos que te quedan enormes, una vez de cada lado antes de pararse porque la gracia es demostrar lo grande que la tenés (aunque no la tengas) haciendo equilibrio peleando contra el viento y moviéndose contra las olas para que las chicas digan uy, pero qué bueno que está ese pibe y entonces te vuelvas un príncipe encantador siglo XXI y levantes algo antes de que te caigas al mar de manera ridícula y hagas juego con toda esta actividad que se supone tiene que ser muy cool porque es el último grito en las playas de Miami. No tiene mucho sentido que le pongas atención porque de antemano vos ya sabés que no vas a poder, y no es autoboicot, es autoconocimiento. No tenés fuerza en los brazos, y te lo dijo el traumatólogo el otro día, y que tarde te viniste a enterar que tu incapacidad de cruzar el pasamanos tiene un nombre científico que tiene que ver con tu columna y nada que ver con vos. Pero acá no hay cuento del huevo y la gallina, la incomprensión de estas cosas no tiene que ver con tu inutilidad deportiva. Es simplemente no cacharle la onda a llegar a un lugar y desesperarse por sentir adrenalina de la manera más rebuscada y guay que se pueda. Viajar es otra cosa, pero creo que eso ya lo dije. Y aquí vamos, y vamos a intentar remar de rodillas y obvio que no te vas a caer porque el problema no es de equilibrio, pero también es obvio que te vas con la corriente porque los brazos no te dan y chau, chau costa chau orgullo danzarín, hola papelón. Y ahí viene el instructor cagándose de risa, y obvio que me voy a reír también no sin antes decir un yo te lo dije, porque dale, si ellos no pueden bailar, déjame que te diga y te repita que lo mío con estas cosas no tiene caso.

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Amistoso

Voy a reincidir porque es obligación, pero hay algo que me dice que esta vez va a estar buena. Me dan el salvavidas, me dan las instrucciones, y arriba del kayak. Miro a mi alrededor. Supongo que me consuela ser de las más jóvenes del grupo, o ver que al menos no es mi kayak el que termina siempre de frente, o encastrado contra los manglares. Que haya alguien peor que uno es un consuelo de tontos o de inseguros. Voy por las dos. Juan dirige desde atrás y vamos bien, y de repente me estoy divirtiendo y derecha derecha izquierda y otra derecha que nos vamos contra la costa y esperá que estoy tan canchera que hasta te hago un video, porque a lo mejor capaz que no es que sea tan pero tan mala con los deportes, a lo mejor es que nunca había dado con el correcto, o con el compañero de equipo correcto, pero la estoy pasando tan bien que deberíamos hacer kayak más seguido. Bueno entusiasmo, tampoco la pasión. No sé qué tan extremo sea andar remando en equipo a velocidad babosa, pero seguro que es más extremo para mí que bailar lo que sea que haya que bailar en cualquier pista o calle o escenario. Capaz que para ellos esto es un arroz con leche, y se quedan tranquilos porque lo del baile es cosa de nunca más, porque hay que tenerla muy clara para animarse a hacerse el lindo en una actividad más vieja que la revolución que nada tiene que ver con ninguna GoPro o prueba tangible de virilidad.

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Laura Lazzarino

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