Parece simple. Hay que armar la mochila para un viaje largo y todos tenemos un consejo para no morir en el intento. Que no lleves nada por si acaso, que enrollá la ropa para que ocupe menos, que no pese más de tantos kilos. Pero hay cosas nuestras, cosas de mujeres que cuestan, y que no cambian por más alma viajera que queramos embanderar. De esas cosas que muchas se preguntan pero pocas se animan a preguntar, voy a escribir hoy. Hombres impresionables, abstenerse.

1-  Andrés o el Día D

Si todavía hay algún caballero entre los presentes, déjenme decirles algo: estar indispuesta es un bajón. No importa cuánto énfasis pongan las marcas de tampones y toallitas en mostrar a mujeres de panzas envidiosamente chatas y ombligos puros y perfectos, felices, saltando, andando en bici, corriendo y viviendo la plenitud plenitudísima, mucho mejor que el resto del mes. Es una estafa, se los digo en serio. Menstruar duele, incomoda, cambia el ánimo, cambia todo. Y si estando en una vida sedentaria todo eso molesta, estando de viaje no se pueden imaginar. Pero a ver, que ninguna menstruación ha frenado una revolución. La pregunta es: ¿cómo hacer? Bueno… ¡igual que toda la vida! En cualquier parte del mundo se consiguen toallitas y tampones, y hasta me atrevo a decirles que las marcas no varían demasiado.

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Una vez, recién llegada a Bombay, me encontré con que el jet lag había hecho estragos en mi ciclo (es normal cuando uno cambia de zona horaria tan abruptamente). Me metí en una farmacia donde todos los medicamentos parecían ser caseros, y estaba todo guardadito en botellas y cajoncitos chiquitos. Pedí una caja de tampones. El farmacéutico se ruborizó y me la entregó, sin mirarme a los ojos. En la capital india también se venden OB. El caso es que unos minutos después, en plena maniobra dentro del baño, descubrí que el mismo papelito verde que viene en cada caja, en la India tenía forma de librito gordo. “¿Qué tanto más hay para decir?”, pensé. Y ahí, en medio de las explicaciones básicas, Johnson & Johnson se había tomado el trabajo de responder a preguntas evidentemente típicas de la mujer hindú. “¿Pierdo mi virginidad al colocarme un tampón? No, el tampón no compromete la virginidad y no impide el sangrado en la noche de matrimonio”…

He oído a muchas viajeras contar que se llevan un container de protección en la mochila, para estar seguras. Creo que eso podría funcionar si una se va de viaje por dos o tres meses, pero en un viaje más largo andar cargando con tanto sería ridículamente incómodo.

Otra opción es la copa menstrual. Puede que en Latinoamérica no sea de lo más popular, pero es una opción a tener en cuenta. Además de ecológica y práctica, es sumamente higiénica. En este post, una viajera española que ha andado mucho por África, cuenta su experiencia. Y acá pueden comprar una y pedir toda la info que necesiten. Yo todavía no me animé, pero no lo descarto.

copa menstrual viajes

2-  Las piernas de Maradona

Una de las primeras cosas que le dije a Juan cuando asumimos que seguiríamos viajando juntos fue: “yo con la mugre no transo”. Y creo que debería haber agregado “con los pelos tampoco”. La Amazonía es bellísima, pero no en mis piernas. Para las mujeres casadas con la cera, puede que encontrar un lugar privado y cómodo donde hacer todo el ritual no sea de lo más cómodo. Incluso la epilady, (no sé si todas, pero la que tengo en casa suena como un avión a punto de despegar) puede ser difícil de usar en alojamientos compartidos. Así que vamos por la Gilette. No es ni lo más duradero ni lo más recomendable para la piel, pero en los viajes es lo más cómodo. Y se consigue en todas partes.

3-  Los pelos al viento (sukundun, sukundun)

Desde que tengo memoria tengo el pelo largo. A veces más, a veces menos, pero siempre largo. Y muy, pero muy rara vez, suelto. Así que nada de eso iba a cambiar yéndome de viaje. Aun así, ahí no se resolvía el problema. Sin la posibilidad de andar cargando cremas, geles y demases, el pelo largo se volvió una cuestión. Nudos perennes, un frizz capaz de pelearle al Rey León, mechas como cerdas de escobas. Llegó un punto en que perder la gomita de pelo podía equivaler a declarar la tercer guerra mundial. El día en que me agarré piojos fue el acabose (sí, si a los cinco o seis los odiaba, no se imaginan el escándalo mezcla de risas, vergüenza, incredulidad, asco e indignación, todo junto, que armé frente al espejo cuando me di cuenta de que mi cabeza era un mapamundi a escala). Estuve a punto de raparme y no animé, pero me compré un peine fino y me lo corté lo más que me aguanté. Desde entonces, además de viajar siempre con el pelo atado, y corto, llevo un pañuelo. El descubrimiento casi que me salvó la vida. No sólo es una barrera antipiojos (bueno, me pasó una sola vez, tampoco es que hay escuadrones de piojos esperando mochileros), sino que evita cualquier rebelión capilar en mi cabeza. Y hasta le encontré la onda.

viento de la guajira

  ¿Vientos maratónicos como este? ¡Ya tienen solución!

viento en la guajira

 Pañuelo anti todo…¡y chau a los nudos! (No sé por qué me salió todo con tono de Sprayette, pero en serio funciona).

4-  “No tengo nada que ponerme”. (Frente a un placard empachado de ropa)

 Para los hombres es mucho más fácil. Juan mete 3 remeras, un pantalón, un jean, dos abrigos y chau pinela. Yo empiezo: que esta remera rotosa para hacer dedo, que si el vestidito para la playa, que si tengo que tener algo presentable para salir, que si esta remerita que me encanta, que la camperita (porque los diminutivos funcionan así: lo que agregás al decirlos, se le quita mágicamente al peso/espacio de la prenda). Juan me mira con cara de “sabés que no te vas a llevar todo eso” y yo necesito cerrar la mochila, darme cuenta de que pesa un camión, desarmarla y volver a empezar. Y así sucesivamente hasta que me convenzo, pero no me conformo. Porque a ver, me encanta viajar,  soy flexible, pero también me gusta mirarme al espejo y estar cómoda, tener algo “lindo” para alguna ocasión especial, y tener ropa limpia para cuando los lavarropas escasean. No hay fórmula mágica de tantas prendas o tantas mudas. Es el equilibrio justo entre lo que estamos dispuestas a cargar y lo que estamos dispuestas a resignar. A la larga, también es cierto que la ropa es descartable, que a veces se consigue más barata (y mejor) en los lugares a donde vamos, y que reciclar durante el viaje está buenísimo.

5-  Porque aunque vos lo valés… no vale la pena!

Hace cosa de cuatro o cinco años, mi mejor amiga y yo fuimos al baño de un aeropuerto previo a tomarnos el avión. No me acuerdo en dónde estábamos, pero guardo en la memoria un momento exacto, develador, místico. Yo me lavaba las manos y ella sacó un neceser de su mochila. Y con una precisión de sábado por la noche, comenzó a delinearse los ojos. Yo la miré como miran las vacas, fijo. ¿Qué haces?, y fue casi que le grité, y no porque no respetara su deseo de pasar las próximas horas de turbulencia y aire presurizado con los ojos bellos, sino porque para mí era lo mismo que se pintara los ojos o que se pusiera a inflar globos o a decorar una torta. No tenía nada que ver. Ella me miró y se empezó a reír y desde entonces ya no sé si se maquilla antes de subir a un avión.

Hacemos un mapa mental de la mochila, y parece que son pocas cosas, que va a pesar un suspiro, que somos unas cracks del armado de equipaje. Pero lo que pesa, lo que complica, es lo que viene después: todas esas cosas sueltas y pequeñas que son tan pequeñas y sueltas que ni se nos ocurre enumerarlas de entrada. Entre esas cosas está el maquillaje. He visto mochileras con estuches de pinturas más pesados que su cámara. Y obvio, todas queremos salir espléndidas en la foto, y que no se nos note que el viaje nos pasó por encima porque somos nosotras las que salimos a comernos el viaje; y aunque hayan pasado 5 o 6 horas a bordo de un bus nefasto, meses de comer comida indescifrable, días de baños improvisados, tenemos que estar hermosas. Bueno, esto es lo que yo pienso: estar espléndida a costa del maquillaje es casi como mentir. (A lo mejor estoy aprovechando este post para hacer una declaración de principios, pero algo es cierto: no vale la pena llevar maquillaje estando de viaje. Al menos, no tanto). Viajo con un rimmel y un delineador que uso muy pocas veces, pero que me hacen sentir tranquila ante cualquier evento social no viajero que surja de improvisto. Porque además del peso y de la incomodidad (si el maquillaje se estropea solo de llevarlo en la cartera imagínense en la mochila!), hay destinos en donde el calor es tan pegajoso, la humedad es tan severa, que agregar maquillaje al cuadro nos haría pasar por el Ecce Homo…después de la restauración.

navegar el rio paraguay

¿Hace falta que saques una foto en este momento,  con esta facha? ¿En serio? (Sí, porque esta facha también es parte de viajar).

BORJA EL ECCE HOMMO EL SANTUARIO DE LA MISERICORDIA Y ESPERANZA LA HE

Como que le faltó un poco de correctos de ojeras, no?

6-  ¡No, no, no y no!

¡No a la planchita, no a los tacos (una vez, en una charla que dimos en una universidad ultramegaprivada de capital, una chica me preguntó cómo hacía para llevar los tacos sin que se me agujereara la mochila, lo juro), no al secador de pelo, y seguro que me estoy olvidando de algo más a lo que hay que decirle que no!

Y antes de terminar este post, que se extendió con la misma lógica que el armado de la mochila, desearles a todas un feliz día de la mujer, un feliz viaje, una feliz ruta, una feliz vida. Que no hay nada que una mujer sola no pueda hacer, viajar inclusive. Y si alguien tiene algún secreto para agregar a la lista, más abajo están los comentarios. Feliz marzo para todas.

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Laura Lazzarino

101 ComentariosDejar un comentario

  • Holaaa,
    Me entro la duda de como hiciste para viajar por Venezuela con la situacioon en la que se encuentra. Planeo viajar por alla pero quisiera saber como la hiciste.

    • Hola Valeria!

      Viaje a dedo, me robaron todo en el quinto día, me regresé a Colombia, repuse mi ropa y mi ánimo, volví a entrar nomás con lo imprescindible, confié en la gente, seguí haciendo dedo, tuve cuidado, no salí de noche, disfruté de las maravillas de ese país, me quedé dos meses.

      • Te felicito por volver, Venezuela tiene demasiado que ver lastima por la situación, sin embargo yo no dejo de viajar interno en mi país por eso, montañas, playas, cascadas, rios, bosques, de todo un poco tenemos.

  • Laura, hola
    Soy de VENEZUELA y “la cosa está pelua” como dicen aquí, solo a modo de consejo, si desean viajar a mi tierra y usan:
    -Anticonceptivos orales; AQUÍ YA NO SE ENCUENTRAN, o son difíciles de adquirir y costosos (marcas raras quizás e igual de costosas).
    – Toallitas femeninas; de vez en cuando ves una que otra en la farmacia con un valor de 4.000 Bs.F = 4 U$D (Disculpen pero eso es mucha plata pa’l Venezolano de hoy)
    – La COPA MENSTRUAL; es un mito urbano por mas campaña que haya hecho el gobierno para que las mujeres la utilicen y por “ecología” y tal.
    -Afeitadoras; encontraras marcas piratas pero encontraras.

    No es una crítica esto que escribo, es solo para que las chicas mochileras tomen nota.
    Gracias por tu paciencia guapa Nena, hace solo 3 días que te conocí por las redes y sé que algo bueno estará por pasar.
    Gracias, me despido… Saludos al jevo 😉 Sé que están lejitos ahora.

      • ¡Hooola!
        Me referí con sarcasmo a este insumo, recuerda que pocas cosas del uso diario son difíciles de encontrar en Venezuela (actualmente por nuestra situación). El gobierno hiso campaña para promoverlo mas el producto nunca se vio en el mercado. Se utilizan con mas frecuencia las toallas femeninas de tela, de las que se lavan y tienen mayor tiempo de vida. Tambien puedes conseguir toallitas con los vendedores ambulantes o buhoneros en sus mesitas de venta.
        Chicas que decidan venir, tomen precauciones. Venezuela es hermosa 🙂

  • acá en Chile ya muchas usamos la copa!!! lejos la mejor opción. Pueden encontrar en Mialuna, si hay alguien de la VII que quiera, yo soy vendedora también.

    Laura, muchas gracias por tus post! estan buenísimos. Que sigan teniendo buenos viajes con tu compañero. abrazo!

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