Hasta que no sentí el silencio rasgado por el zumbido veloz del motor que se alejaba, no pude dar crédito. Era el mismo sitio de otras veces: la casa con la verja verde, el perro negro que ladraba de a ratos, la bajada de la autopista y el puente. No había nada nuevo, pero se sentía distinto. El pedregullo rechinó aspero bajo nuestros pasos y yo lo interpreté como una bienvenida. Hacía meses (me habían parecido años) que no hacíamos dedo. Y ahí estábamos de nuevo, y había algo de vitalidad, de rejuvenecimiento, de comunión en aquella banquina.

El primer conductor se demoro cinco minutos en frenar y apenas unos segundos en mover el casco y el overol del asiento trasero. Acomodando mis cosas en aquel auto desconocido noté lo mucho que había extrañado esa rutina de pulgares e incertidumbre, que poco a poco había sido reemplazada por otra muy diferente: la de una mesa y un monitor, y muchos, muchos libros.

Unos cuantos meses antes habíamos armado un cronograma escueto de las ciudades que pretendíamos visitar en nuestra mini gira de presentación de Caminos Invisibles. A Córdoba, en el corazón del país, no habíamos ido nunca. Quedó marcada como una prioridad. Y, aprovechando la oferta de Migue, un lector entusiasmado, decidimos añadir Río Cuarto al calendario. Los ecos no tardaron en llegar: “¿A Río Cuato van a ir?” “¡En Río Cuarto no hay nada!”. Ahora, con las nubes sobre la espalda y una ruta que rolaba bajo nuestro auto, habíamos fijado norte en esa ciudad.

ser libre

Nos bajamos en un cruce en Pergamino, justo después de que Pedro nos contara que en el último año había sufrido dos muertes súbitas por su trabajo, y nos dijera que su corazón adoraría los periplos de una vida nómada. Era la ruta correcta, pero pronto nos dimos cuenta de que estábamos muy mal parados. Con la lluvia amagando y las mochilas llenas de libros cruzamos la periferia pergaminense hasta que el asfalto se hizo una línea recta entre campos de soja. Un gaucho cruzo a los trotes con su caballo y, a no más de 70 km de mi casa, me sentí viajando otra vez. Lejos de la computadora, de los mails, del blog: ahí estaba mi alma viajera enredándose con el viento de un camino cualquiera, y la sonrisa de viajes volvía a florecer. Me di cuenta con el cuerpo (y no con la mente, que en este último tiempo vive jugando carreras con ella misma, y se la pasa a los tropezones) que necesito viajar otra vez. Ya saldé mi cuota de raíces, ya tuve una sobredosis de todo aquello que pedía año y medio atrás, cuando volvía a casa. Necesito desconectar, viajar, sentir, volver a llenarme de todo eso que me hace que escribir sea como un río de magma que fluye por mis dedos. Porque me estoy quedando seca de tanto estar sentada…

 Teníamos un camino largo por delante, pero  qué me importaba. Si no llegábamos en el día, algún refugio encontraríamos. Si nadie nos frenaba, sería cuestión de esperar un poco más. Pero el próximo vehículo se detuvo. Era un policía. Y de ahí pasamos a un cantante de folklore que venía escuchando sus propios discos (y eran tan deprimentes que pensé que estaba escuchando Los Premios Mastropiero de Les Luthiers, pero los chistes nunca llegaban) y luego a un señor que usaba un parche de pirata, y por último a una pareja que vendía perfumes importados y que habían optado por las imitaciones porque nada podían importar. Un muestrario de microcosmos, de universos paralelos que se nos abrían a cada kilómetro. De una historia a la otra, saltando casilleros de pensamientos como rayuelas civiles. Y pensar que aún hay gente que no se anima a viajar a dedo…

Llegamos a Río Cuarto a las 4, y para las 4 y media ya me había dado cuenta de lo mucho que se parecía a San Nicolás. Pero había otro aire, y me gustaba. Miguel nos había preparado una agenda con los medios, había arreglado con Letras con Café –el lugar donde presentaríamos nuestro libro– para que vendieran Caminos Invisibles, había programado un viaje por las sierras, y nos había preparado un cuarto repleto hasta el techo de guías y revistas de viajes. Me negué a prender la computadora.

Cultura córdoba

Me gusta el Pumba con rulos. Si se fijan, el chico del fondo le está mostrando una revista a la chica. Es de viajes. Estoy segura que la conquistó. 

Monumento al potro Rodrigo

“Yo no soy un cordobés muy típico -me dice Migue-. No tomo Fernet y no banco a Rodrigo”. Yo le saco la foto al monumento kitch, que no se parece mucho al Potro, y confieso que sí, que me encanta, y que cuando alguna de sus canciones no puedo evitar bailar: el cuerpo se me mueve solo. (Rodrigo fue un cantante de cuarteto, ritmo típico de Córdoba. Esta es la canción que más me gusta).

El viernes 19 presentamos el libro en Córdoba capital, y el sábado partimos por los caminos de montaña de Traslasierra. De las ruinas jesuíticas de Alta Gracia pasamos a la casa museo del Che, que ya había visitado diez años antes. Además de un molinete y de un montón de carteles bajo luces de spot, en Villa Nydia hay muchas más cosas de las que recuerdo. Como comenté en el post que escribí sobre nuestra no-visita a La Higuera, el Che nunca me robó el corazón. Eso, no obstante, no me impidió disfrutar del recorrido, volver a esa cocina en donde se exhibe una réplica de una carta escrita por su nana, que ya por el 2004 había quedada guardada en mi memoria. Las faltas ortográficas y la cuidada caligrafía de una mujer que seguramente no terminó el colegio aumentan la emoción con la que narra cómo Ernesto corrió a saludarla de adolescente, cuando ella pasaba frente al colegio, muchos años después de que fuera su niñera. Y en esa humildad quizá se encuentran las raíces de un sueño noble, convertido en obsesión que lo llevó a la muerte, esa que está ausente en el museo. Quería encontrar recortes que informaran sobre aquel acontecimiento, leer las palabras frescas, inmortalizadas, saber cómo se contó aquello que hoy se venera. No encontré nada. Ni una foto de la lavandería, ni de su cuerpo, ni de su emboscada. “Es que el Che no está muerto, ¿para qué usar uno de estos cuartos contando algo que no tiene importancia?”. Y tuve que quedarme con las ganas.

Ruinas Jesuiticas Alta gracia

Alta Gracia

Casa del Che en Cordoba

Casa del che guevara

De allí seguimos por un Villa General Belgrano superpoblado y pavimentado, y mucho más maquetado del que yo recordaba, cuando con 19 años me fui a trabajar allá la temporada. A pesar de las calles repletas y de las decenas de comercios de chucherías me alegró saber que los artistas callejeros seguían teniendo su lugar y que las ferias de artesanos no habían sido reemplazadas por ningún shopping. Tan contenta estaba de haber vuelto, de sentirme otra vez de viaje en el mismísimo lugar donde empecé a soñar de verdad con irme de viaje, que no saqué ni una foto. No fue descuido ni desinterés, es que simplemente me olvidé. No pensé en el blog, ni en que iba a escribir de todo aquello, ni en nada más que en estar ahí, siguiendo el llamado de la ruta, disfrutando de la tremenda torta de chocolate que volvía a comer mientras en la esquina una pareja con calzas rayadas hacía acrobacias colgados de un árbol.

Después fuimos a Villa el Dique a la casa de Miguel, llovió y como no pudimos hacer demasiado nos pasamos el domingo subrayando Lonely Planets, leyendo revistas y armando mapas. El próximo viaje está muy cerca. Este corazón nómada está empezando a latir…

Acá les dejo algunas fotos de las presentaciones del libro en Córdoba capital y en Río Cuarto. Gracias a los chicos del Centro Cultural Graciela Carena y a Letras con Café por el espacio!

Caminos invisibles en Córdoba

A sala llena en Córdoba Capital, transmitimos el evento por web cam! Nada mal para ser la primera vez!

Acróbatas del camino en Rio

¡En Telefé Noticias verisón local! ¿Qué es esa cara, Juan!

Acróbatas del camino en Letras con Cafe

Letras con cafe

Y para los que nos decían que Río Cuarto no valía la pena, les cuento: Letras con café tuvo que cerrar sus puertas…porque no entraba más gente! Hubo personas que se quedaron mirando detrás del vidrio, en la vereda. Y vendimos todo (lo que había sobrado de Córdoba también!) Así que MUCHAS GRACIAS RÍO CUARTO (se quedaron con el segundo puesto, después de Buenos Aires)

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Laura Lazzarino

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