—¿Cuántas páginas va a tener vuestro libro?

—No sé, pero tiene que pesar menos de medio kilo.

Pablo me mira sorprendido. Mi sensatez también me sorprende.

—Bueno, es una buena medida —dice, riendo—. Cariño, la próxima vez escribimos 450 gramos de libro—y larga la carcajada.

Es de noche en Madrid, y lo que queda de tortilla española se está empezando a enfriar. Es diciembre de 2012, y Caminos Invisibles apenas cuenta unas 70 páginas.  Juan y yo sabemos que más de 500 gramos sería postalmente mortal. No hay tarifa que aguante más de medio kilo.

***

Es diciembre de 2013 en el patio de la casa de mi abuela.

—¡Nena! ¡Tenés que aflojarle al pandulce, Laura! ¡Estás comiendo sin parar!

Mi abuela tiene razón. Tengo la mandíbula seteada en modo automático.

—Esto no es panza, abuela. Es una joroba, como los camellos. Tengo que comer ahora que después se viene el viaje y el pandulce escasea.

—Sí, nena, pero hace un año que te vengo escuchando decir eso, ¡y no te vas de viaje hasta abril!

Otra vez tiene razón. Supongo que por eso le ataca la culpa.

—Come tranquila Lauri, si hay pandulce para rato.

 ***

 Miro las fotos de Venezuela que elegimos para el libro. Era mi cumpleaños número 26. Estaba flaca. Mirame Juan, estaba re linda ahí. Vos estás linda siempre, seguí comiendo heladito. Tenés razón, está rico el helado. Pero te digo en serio que el pantalón no me prende. Así me gustás más, te quedás sin culo sino. Además, te quejás pero no le aflojás a nada. Es que estoy muy ansiosa. ¿Ansiosa por qué? ¿De verdad me preguntás por qué? Bueno, pero ya no salís más a caminar. ¿Pero cuándo querés que salga, si me la paso sentada acá en la computadora? Tenés razón, hay que trabajar para irse de viaje. Dejame un poco de helado, che.

***

A los capelettis les puedo agregar ajo y perejil, y una buena cucharada de queso crema. Y de paso puedo hacer unas tostadas con este pan, con aceite de oliva y un poco de ají. Y con esas berenjenas puedo hacer una tarta. Tengo cebolla, verdeo, mostaza y curry. Si, qué rico el curry, y con las berenjenas es lo más. Tengo atún también. Y limón. Y media cebolla morada. Ya sé, improviso un intento de ceviche, lo sirvo con arroz, tuesto sésamo, y pongo a hervir un choclo. No es comida peruana, pero se hace lo que se puede. Y de última unas arepas. Las arepas nunca fallan, pero me da calor prender el horno. Hay para hacer unas pechuguitas también….

***

Hace un año que estoy sentada. El año más sedentario de mi vida, más oficina de mi vida, más creativo de mi vida. El paño verde de la sillas de bar (sí, Laura, son de bar, no son para pasarse catorce horas por día enroscada en la butaca), ya tiene mis cuerpo marcado. Nota mental: para el próximo libro me compro otra silla. En 2013 alcancé mi peso máximo: 55 kilos. No estoy gorda, sólo tengo unos rollitos de más, y me temo que esto que tengo entre la pelvis y el pecho no sea panza, ni tampoco una joroba, como le dije a mi abuela. Me atrevería a apostar que lo que me sobran son palabras. Kilos de palabras acumuladas —las que no pude escribir, las que tuve que sacar, las que nunca me salieron—. Todo eso que recorté del libro, las que se secaron en mis dedos por falta de tiempo, las que no me animé siquiera a escribir. Me gusta la idea. Rellena de palabras. Re-llena. Voy a ir a buscar un alfiler, a ver si pinchándome el ombligo las largo de una vez por todas. Es un improperio ir por la vida cargada de esta manera.

 balanza antigua

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Laura Lazzarino

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