Es sábado a las cuatro de la tarde y una treintena de personas se amontona bajo la única sombra decente que queda disponible junto al laguito del Parque Independencia. Podría tratarse de un grupo de extranjeros o de algún contingente perdido en el calor de la siesta. Pero no. Los convocados no son viajeros sino curiosos: rosarinos que se animaron al desafío de jugar a ser turistas en terreno local.

Hace dos años Ludmila Bauk y Clarisa Lucciarini, estudiantes del último año de Comunicación Social, decidieron darle una mirada alternativa a la ciudad. Destapar eso que estamos acostumbrados a ver sin mirar, y hacerlo entre todos. Así nació Rosario Invisible, una plataforma interactiva donde todos pueden subir sus fotos y sus post, debatir, comentar, aprender. Lo que comenzó como simple un proyecto para la universidad, hoy celebra su segundo aniversario con un paseo inusual —apoyado por TEDx y con cupos limitados—.

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Hace un calor rosarino que seca la boca y moja la frente. Somos muchos, y La Merenguita —un colectivo simpático— espera con el motor en marcha. Mis expectativas están desorientadas. Intuyo que vamos a pasear por el centro, que vamos a mirar con atención detalles semi ocultos —¿y de ahí lo de invisible?— en puertas, cúpulas, rejas o tejados. Como cuando hice ese paseo por el Cementerio de la Recoleta y me enteré de todo el chusmerío de los muertos, o como cuando en Cartagena aprendí a leer los aldabones. Lo que no entiendo es qué hacemos sentados junto al lago. Está bien, nos presentamos, hacemos una ronda, jugamos un rato. Entonces empiezo a ver.

Acá vivió un monstruo (y lo mató el socialismo)

Tiene una camisa color caqui y un uniforme de niño explorador o de guardaparque. No sé bien, pero pobre. No corre una gota de aire. Se presenta como el Dr. McKaluski. Dice que nos va a hablar sobre un ser que vivió en el laguito hasta hace poco tiempo. “Porque de eso se trata el tour, ¿no? Y acá estamos hablando de un proceso de invisibilización sistemática”. Se me tropiezan los dedos transcribiendo sus palabras. Detrás de él, algunos rezagados pedalean en los botecitos. El verde del agua es tan putrefacto que nadie se anima a decir “color esmeralda”. De hecho, nadie entiende cómo es que no hay olor. El doctor en algo se seca la frente. Está agitado, y eso le da más credibilidad a su tono presidencial. A sus palabras les falta un balcón. Nadie sabe de qué va el discurso, pero la intriga les puede. El hombre pregunta si alguien sabe lo que es un plesiosaurio. No soy la única que piensa en un dinosaurio precioso, pero callo. Entonces la manchita verde del bolsillo de su camisa toma un poco de forma. En el bordado se lee Sociedad Criptozoológica de Rosario. Alguien dice algo del Lago Ness. La duda emerge del laguito y se instala en silencio. El hombre lo anticipa.

— Piensen que a comienzos de siglo, era muy normal que la ciencia descubriera animales todo el tiempo. No es como ahora donde todo parece estar descubierto. En ese entonces, aparecían bichos a cada rato. Piensen en el asombro de descubrir al ornitorrinco, un mamífero con pico de pato que vive en el agua y nace de un huevo. O en el okapi, que es pariente de la jirafa pero tiene patas de cebra. En ese contexto, la aparición de un plesiosaurio no fue nada extraño. Y nosotros tuvimos la suerte de tener uno viviendo acá, justo detrás de mí. Se llamaba Arti, y hay documentos que prueban su existencia.

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Parece que lo de invisible era literal. Más allá de las tortugas, ningún cogote se asoma del agua. Pero McKausky no se rinde. Dice que el fundador del zoológico de Buenos Aires encontró el cachorro de dinosaurio a orillas de un lago patagónico. En un gesto de amistad un tanto incómodo, se lo regaló a Sr. Luis Lamas, intendente de Rosario allá por el 1900. Y como el bicho empezó a crecer y la bañera le quedó corta, el gobernante destinó fondos públicos para construir el mayor cautiverio de la época, en donde estamos sentados en este momento. Al menos, eso dice McKaluski. Si hasta ahora alguien pensaba que el Parque Independencia había sido ideado como pulmón verde de la ciudad, parece que estaba equivocado. Acá vivió y creció Arti, y el señor asegura que hay postales y fotos de la época con las damas rosarinas pedaleando junto al bicho. Por miedo a que también sean invisibles, nadie se anima a pedirlas.

De todas las preguntas que podrían flotar en el aire —¿cómo hizo un bicho semejante para vivir en un lago que no llega al metro de profundidad? ¿cómo es que no hay datos? ¿qué paso con el animal?— una sola es común a todos los que estamos allí escuchando: ¿este hombre habla en serio? Y justo cuando estoy esperando que un enano disfrazado de Barney aparezca por detrás y nos riamos todos del chiste, el tipo levanta el dedo y corta el aire. Se vuelve a secar la frente, mira a los ojos a las señoras paquetas y se atreve.

— Pero ustedes saben que detrás del poder hay otro poder. La secta más grande que gobernó a la humanidad. Y me van a perdonar ustedes, no quiero que mi ateísmo las ofenda, pero si empezamos hablando de un proceso de invisibilización, tenemos que mencionar al culpable. Y ese culpable, señoras y señores, es la Iglesia Católica. La Iglesia Católica se encargó de ocultar a esta criatura, de privarnos a los rosarinos de que los ojos del mundo se posaran acá, en este lago, en este lugar en donde tuvimos vivo a Arti.

El dedo queda firme como un mástil. Se hace un silencio rotundo. Ya no espero ningún muñeco. El tipo no cree en Dios pero está convencido de Jurassic Park. “Lo sacaron porque, además de tirarles por tierra todas sus teorías creacionistas, Arti era un animal fálico. Los patos, con su cuello largos, son nuestra venganza”, dice, y deja entrever su sonrisa victoriosa. Entonces, cuando la historia del dinosaurio rosarino comienza a parecer lejana, el señor doctor recarga su dedo y apunta.

— Y aunque les parezca increíble, el responsable de la desaparición de Arti es el Sr. Hermes Binner y todo el Partido Socialista.

Si algún murmullo había osado sublevarse, la acusación basta para callarlo. Ya no importa el calor, ni la sed, ni el tour, ni la hora. Si Binner mató a Arti, entonces a Arti lo sobrevivimos todos. Incluso yo, que allá por el 2004 vivía en Rosario. Y mientras más inverosímil su discurso, más sentido toma. Porque yo también me acuerdo de la desaparición de los perros callejeros y de los patos del lago. A mis oídos también llegó el mito de los llantos que se oían por las noches en el Parque Independencia. La llorona del lago, le decían.

—Era Arti. Cuando la iglesia puso el grito en el cielo, a mediados de siglo, “silenciaron” a todos. Ustedes me entienden. Todos nosotros vivimos en la clandestinidad, y recién ahora nos estamos animando a hablar. Pero en ese entonces, no lo mataron, lo encerraron en una celda debajo de la isla. Ahí vivió y ahí lo alimentaron. Por eso el lago ahora es playito, porque la tierra que sacaron para hacer la celda la pusieron acá. Y lo que se escuchaba de noche eran los quejidos del pobre Arti. En invierno del 2004 finalmente lo sacaron y se lo llevaron, por miedo a que se muriera durante el Congreso de la Lengua Española. Osvaldo Bayer lo ha denunciado muchas veces.

La intriga aplasta a las dudas y ahora todos estamos evangelizados y queremos saber más. El Dr. McKausky nos pasa la Fan Page de la Asociación. El chofer de La Merenguita toca bocina.

La liberación imposible o los derechos de los osos (de peluche)

Arriba del colectivo, una de las chicas toma el micrófono y testea la repercusión de la primera parada. Estamos todos muy excitados. Rosario Invisible empezó con la pata derecha, y eso que recién arranca el tour. Entusiasmada, anuncia el próximo destino. Vamos a ir a liberar al oso de la cueva del peluche. Todos se ríen, alguno aplaude en su emoción. Estoy perdida. ¿A liberar a quién? Mi compañera de asiento —que además de prestarme las fotos para el post, resultó ser lectora del blog— me despeja el panorama.

—¿Pasaste alguna vez por la esquina de Entre Ríos y cortada Ricardone?

—Sí, que se yo. Debo haber pasado alguna vez.

—Bueno, hay un oso ahí atado a un poste. Hace mil años que está, y quieren liberarlo.

—¿Cómo que un oso?

—Sí, un oso, es porque ahí está la Cueva del Peluche, un negocio que vende cosas de mercería.

No entiendo, pero me da cosa seguir preguntando. Es obvio que no va a haber un oso de verdad. ¿Pero un peluche? ¿Qué se supone que vamos a hacer? La Merenguita avanza por el centro, y la guía del tour se compadece de las penurias del oso, que soporta las pataletas de los nenes, las escupidas y las meadas de los borrachos, las inclemencias del clima. Y habla de injusticias y ni ella se lo cree, porque está claro que el tono del paseo no es ni por remota coincidencia aquella lección instructiva que pensaba encontrar. Reconozco, aun así, que me estoy muy sorprendida. Eso no no es cosa de todos los días, y la estoy pasando bien.

Oso de la Cueva del Peluche

Llegamos a la esquina en cuestión y ahí está. Un oso de peluche que de nena me hubiera parecido el más grande del mundo. Los años —que pasaron para los dos— me quitan la sobredimensión, pero no la sorpresa. El oso está hecho percha y sigue ahí, medio cabizbajo, atado a una columna con una cadena roja, apelmazado de mugre. Y está la tele. Y una periodista que no sabe a quién entrevistar, ni qué decir, y que seguramente no pude creer la nota que la mandaron a hacer, pero se suma a la jolgorio. Y aparece una con una careta de mono y empieza a leer los derechos de los peluches, y dice que hay que declarar ese día como el día internacional de los muñecos.

liberación del oso de la cueva del peluche

La Cueva del Peluche, una visita de Rosario Invisible

Primero me acuerdo de Popy, mi conejo de la infancia. Después me desespero por anotar lo que estoy escuchando, mientras esquivo la espuma de carnaval y el papel picado, y todos aplauden y soplan cornetas, y un tachero toca bocina y otro nos manda a laburar. Una vieja emperifollada pasa y pregunta con indignación si el dueño sabe lo que estamos haciendo, porque el peluche es propiedad privada. Después lo ve al tipo celebrando y dando entrevistas y se va, haciendo sonar sus tacos en medio de la muchedumbre. En ese momento no me sale pensar en los males del mundo, ni en los chicos con hambre, ni en el perro callejero que se apropia por un rato del festejo y mueve la cola, aunque está cagado de hambre. Pienso en que es ridículo el espectáculo pero que todos se están riendo y que mi tendencia a sobrepensarlo todo sea tal vez el motivo de no poder terminar de mimetizarme. Acabamos de liberar a un oso de peluche. El dueño da una última entrevista a Canal 5, corta la cadena y subimos el muñeco a La Merenguita. Alguien levanta los brazos en señal de victoria.

Del peluche pasamos a un almacén con un mástil en la vereda y carteles buena onda y de allí hasta Villa Hortensia, en el norte de la ciudad. El tour termina con facturas y una puesta de sol en el río.

A partir de esta tarde no habrá día que pase por el parque sin pensar en el monstruo invisible y en los patos como fálicos suplentes. La próxima vez que pedalee en el lago voy a intentar darle la vuelta a la isla, a ver si veo alguna jaula. Del oso de la cueva puedo decir que lo invisibilizamos nosotros. Quizá ya se haya creado un mito y un día se haga un tour para visitar la columna, y alguien culpe al turismo o recuerde la tarde en que se lo llevaron a pasear en colectivo. Después de todo, no está tan mal. Lo que vive en la imaginación puede ser mucho más poderoso que la propia realidad. A mí, al menos, me alegró el día.

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De yapa, acá les dejo un video con la entrevista al dueño de la Cueva del Peluche. Ah, y esta noticia sobre lo que pasa en Japón, que va a hacer que la liberación del oso parezca poca cosa…

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Laura Lazzarino

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