La primera vez que vine a Cartagena, entré por la puerta de atrás. No hubo para mí impacto magnífico de aeropuerto con palmeras, ni mítica ciudad amurrallada, ni primera foto de postal. Aquella vez me tocó verle a Cartagena lo que ningún turista le ve y lo que pocos viajeros quieren verle: el sofoque de pavimento y pegote, el bochinche sinfónico y citadino de las afueras. Dormí en la casa de un fabricante de armas belga, que bailaba lambada en calzones y huía de Saddam Hussein, en los suburbios más periféricos de la ciudad. Siguiendo mis recuerdos, he de ser sincera y confesar que los primeros pasos por Cartagena fueron tan antónimos, que al segundo día de calor imposible y aislamiento totalitario, me senté en una vereda y me puse a llorar. Un capricho sin pataleo pero con mucha frustración, que me llevó a refugiarme en el hotel más mochilero de todo Getsemaní. De aquellas primeras lágrimas pasé al alivio y al amor, y me embelesé con esta ciudad y sus calles coloridas, con los espejismos que se inventa para los turistas y con la gente real que juega dominó en la Plaza de la Trinidad.

calles de cartagena

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La primera vez que vine a Cartagena no podíamos gastar más de 15 mil pesos colombianos al día, entre dos. Recorrimos hoteles hasta conseguir el más barato, después pedimos canje, después conseguimos couch. En aquella ocasión, sudé cascadas bajo las ineficientes aspas de un único ventilador, me duché siempre con agua fría – y con mi propio jabón –  y comí más fruta de la que había comido en toda mi vida.

Hace dos años, la primera vez que vine a Cartagena, caminé tanto, siempre, a todas partes, que logré memorizarme las calles del centro histórico, los rostros de los vendedores y los perros vagabundos. No hubo un solo taxi que tomara sin debatir a duelo el precio, y tuve que aprenderme los modismos para ganarme algo de respeto. Por aquellos días, no había billetera abultada, ni seguro médico, ni reservas de nada. Cada noche, salíamos a vender las fotos y los libros por bares y restaurantes en los que jamás nos sentamos. Los mozos eran nuestros amigos, los cocheros nos saludaban por la calle y nosotros paseábamos por la ciudad amurallada rozando el límite del acostumbramiento.

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 vendedores de sombreros

calles de cartagena

palenqueras cartagena

El mes que pasé en la ciudad, la primera vez que vine a Cartagena, aprendí a cenar arepas de huevo, a tomar avena en botellita retornable y a distinguir las mejores carimañolas y los deditos de queso.  Me enamoré –con esos amores que son para siempre- del jugo de tomate de árbol, pero comprendí que también el lulo, la papaya, el corozo o el maracuyá pueden llevarte del infierno hasta el cielo en un solo trago. Así, princesa de mango y vagabunda de adoquines, me dejé mecer por Cartagena hasta obtener su debido permiso para tocar las campanas de la catedral, y gritar con ella por el bicentenario de su independencia.

campanas de cartagena

Abandoné la ciudad con una lluvia torrencial y muy poco refrescante. Fue una despedida con pena, porque yo no quería irme y algo me decía que podría quedarme y quizá para siempre.

La segunda vez que vine a Cartagena, dos años después, alguien había pagado mi pasaje. Con la victoria del premio adquirido, descendí por las escaleras del avión y el calor del Caribe me empapó las polainas de lana que traía puestas desde Bogotá. Entré, valga la redundancia, por la precisa puerta de entrada. Había alguien esperándome a la salida y, por primera vez en mi vida, vi mi nombre en un cartel. Fui saludada con reverencia, acompañada hacia un taxi  – cuyo conductor ya sabía mi nombre y se empeñaba en llamarme “dotora Laura” e informada de que él sería mi chofer durante los próximos cinco días. Su nombre era Jaime y se enojaba si me olvidaba de dejarle abrirme la puerta. Jamás había tenido un chofer.

centro historico de cartagena 1

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En mi segunda estancia en Cartagena, me alojé en un hotel resort de 5 estrellas, 4 piscinas, 2 saunas, 1 peluquería y ningún lugar para la imperfección. Dos personas me asistieron en mi check in, alguien me acompañó a mi suite y pude ver como mis mochilas me alcanzaban casi volando, en un carruaje de marcos dorados que parecía flotar sobre la alfombra. Tuve un cuarto de folleto exclusivamente para mí, una cama extra King Size donde desparramar mis sueños, cinco almohadas, un edredón que tuve que usar –el aire acondicionado jamás se cansaba –  y una terraza con vista al mar. Cada mañana, una operadora me daba los buenos días, la señora de la limpieza cambiaba mis toallas y mis jabones, y un mozo se encargaba de controlar el frigobar. Para desayunar, podía elegir entre fruta tropical madura, un surtido internacional de huevos revueltos y demás frituras, fiambres, panqueques, facturas, tostadas o yogures. O podía, simplemente, zambullirme y comer todo para esperar a mi chofer tomando sol al borde de la piscina de turno, o hacerme una escapada a la playa privada, o volver a la cama y seguir durmiendo. Bacano, como dicen los colombianos. Bacán, como decimos allá.

avena liquida

Mi desayuno habitual, en mi primer viaje a Cartagena

desayuno de resort

Desayuno de reina de resort…

La segunda vez que vine a Cartagena usé más mis piernas en el agua que en las calles. La rutina se configuró en un vaivén de hotel – restaurant – hotel que apenas dejó lugar para el resto del itinerario. Comí todos los días en un restaurant gourmet diferente, dentro de la ciudad amurallada contra piratas y desorden. Desdichadamente, nadie se acercó a venderme un libro o una postal. Sonreí a los mozos que me aseguraron que aquellas delicias de fotografía eran las más auténticas recetas cartageneras, y me reí al ver la expresión de sus rostros al escuchar mi historia. Pedí siempre entrada y postre, pusieron frente a mí más camarones de los que soy capaz de aceptar y tuve que comprar pastillas para digerir aquella lujuria comestible.

gastronomia cartagena

 menu gourmet

¿Cuál les tienta?

napoleon de mango

Yo elegí el Napoleón…

La segunda vez que vine a Cartagena no tuve que preocuparme por mis gastos. Tenía en la billetera menos billetes de los necesarios, pero ese no era un problema. “Hola, soy Laura Lazzarino y tengo una reserva” y abracadabra. Las puertas se abrían, los platos se servían, nadie se privaba de sonreírme y yo sólo tenía que firmar. No me molesté siquiera en mirar lo que firmaba. La vida de reina de resort tenía una fecha de vencimiento demasiado corta para acostumbrarse y demasiado real para dejarse amargar. Me bastó con limitarme a brindar con mi destino, llenar las páginas en blanco de mi diario de viajes y disfrutar de mis lujos de invisible tarjeta gold.

Hotel Las Americas

Vista desde la terraza del Hotel Las Américas

hotel las americas

 Piscina desde la que escribí este post 😛

Cuando las campanas marcaron las doce y el carruaje amenazó con volverse calabaza, el Hotel Las Américas decidió que los Acróbatas podían quedarse unos días más. Juan atravesó la puerta con una sonrisa incrédula que encajaba perfecto. En cierta medida, rompió el hechizo. También perpetuó el encanto. Las calles de San Diego volvieron a tomar color con los dos de la mano y, de una manera melódica y paulatina, los zapatitos de cristal se volvieron ojotas y pasamos del auto privado a montar busetas como caballos salvajes.

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Si me preguntan, sería injusto decir cuál de las dos veces me gustó más. Acaso la singularidad de cada viaje tenga su propio sortilegio y nos lleve a cambiar de ojos y a moldearnos como bichitos de plastilina. Tal vez sea que el muestrario es muy amplio y uno pueda ir y volver por el mundo sin llegar a repetirse jamás.

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Laura Lazzarino

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