I

“Vos sonreí y poné cara de tonta”, me dijo, al tiempo que hacía una demostración en vivo y en directo. Le funcionaba: con esa cara de papafrita dudo que alguien nos tomara por impostores. A mí, sin embargo, no me salía. Se me notaba el miedo. Quería, pero no quería estar allí. Juan se paseaba orondo entre los sacos de maíz y los tumultos murmurantes que nos miraban de reojo. No era invisible: a su paso todos ladeaban la cabeza a mirar. Pero él hacía de cuenta que esa máscara ficticia que eran sus dientes le daba inmunidad. Empecé a imitarlo, con un poco más de soltura. En el puerto de San José de Morona, en el oriente ecuatoriano, ningún shuar tenía ganas de sonreír. Esperamos el bote diez, quince, veinte minutos. Cuando la aguja grande llegó al seis, yo seguía ahí con mis labios como palangana, y ya ni me acordaba de que estaba sonriendo. En todo ese tiempo de espera, nadie se molestó en devolvernos el gesto. Nos miraban de reojo, nos escudriñaban con su ceño y hablaban de nosotros en una lengua que no había escuchado jamás. Cuando llegó el momento de embarcar, el capitán irguió el pecho y nos preguntó con qué intención nos metíamos en su selva. “Somos maestros, nos invitó Pascual”, mentimos a medias, sin bajar la dentada retaguardia. Anotó dos gringos en la planilla, miró al resto de los pasajeros y dijo algo en voz alta que no pudimos entender. Todos se echaron a reír. Volvimos a mirarlos a todos a los ojos y, esta vez, obtuvimos una sonrisa de vuelta. Al fin y al cabo, Juan tenía razón: sonreír sin miedo es la mejor contraseña para acortar la distancia cultural.

sonrisa ecuador

 II

“Lo que yo hago cuando toco, es sonreír con las manos. Por eso a ti mi música te gusta…Fijate que la escuchas y no puedes quedarte seria.”

sonrisas champeta

III

– A ver, muéstreme usted esos dientes. Nooooooo, si qué va. No le digo yo a usted que aquí en Medellín hay unos especialistas en estética de sonrisa que le van a dejar a usted esa dentadura hecha una ricura. Me le van a hacer un blanqueamiento que va a deslumbrar a todos. Ya va a ver que cuando eche dedo por la carretera los carros se van a frenar pa’ verle la sonrisa. Y ese diente rotico, ese diente se lo arreglan. Va a volver usted a la Argentina hecha una reina.

– Pero a mí mi diente partido me gusta…

– Pero es que usté no me está oyendo, mi reina. Que aquí en Medellín están los mejores diseñadores de sonrisas. Que por precio mochilero extranjero, mi primo Raúl me le hace todos los dienticos de cero.

– Pero es que a mí mis dientes me gustan…

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IV

El calor es insoportable. No hay vidrios, ni puertas, pero el vaho se condensa espeso, y apenas se puede respirar. Son las tres de la tarde y, aunque afuera corre una brisita consoladora, el sol calcina al primer contacto. Navegamos tan, pero tan lento el río Paraguay, que puedo ver por las ventanas las mariposas ganar carrera. Ahora frenamos en un puerto improvisado donde sube y baja gente. Daría cualquier cosa por que apareciera un heladero en el bote de enfrente. O un coca colero, o un sodero, o un vendedor de cubitos. Tengo hambre. Cómo me comería una sandía bien helada. Al menos me conformaría con poder tirarme al río. El capitán es intransigente. Un amargo. La gente que acaba de subir se acomoda: los hombres se arremangan los pantalones, los nenes se sacan la remera. Qué sopor…si al menos pudiera dormir. La señora que está sentada en frente me mira. Su cara no me dice absolutamente nada. En realidad, los lentes que tiene son tan gruesos que no puedo alcanzar sus ojos. Seguro está indignada porque estoy acostada en el banco, y en patas. Mejor me siento. Me muero de calor. Me abanico con un libro. Resoplo. La señora me sigue mirando fijo. Me pone incomoda. Ahora revuelve un saco de arpillera. Me mira. Sus pupilas siguen cada uno de mis movimientos. No sé cómo ponerme. No aguanto más. Quiero llegar, quiero que baje el sol. Quiero llegar, quiero llegar, quiero llegar. La miro fijo. Me sonríe. Cada vez más, cada vez más grande. Ahora veo sus dientes. Es buena. No está enojada. Se queda mirando. Está esperando mi respuesta. Le sonrío. Me extiende la mano y me entrega dos mandarinas y tres bananas. Gracias Dios, gracias señora desconocida. Ahora le sonrío con ganas. La fruta está fresca. Me le siento al lado y le agradezco. Ella dice: “Como no sabía de dónde eran, no me animaba a decirles nada…¡qué bueno que hablan español!”. Y el maldito calor sigue castigando, pero ya no me importa tanto.

 sonrisa paraguay

V

“No puedo entender de qué te reís. ¿No ves que está lloviendo a cántaros?” versus “¿No ves que está lloviendo a cántaros? No puedo entender de qué te amargás.”

sonrisa venezolana

 VI

– ¿Pasa algo, Laura? ¿Algún problema?

– No, Marcos…Vengo a decirte que me voy.

Silencio.

– ¿Cómo que te vas? ¿Conseguiste otro trabajo? ¿Cuánto te pagan?

– No, Marcos. Me voy de viaje. Dejo todo y me voy.

Silencio

– Bueno…esa no me la esperaba. Por la cara que tenés veo que estás feliz.

– Sí, esta es mi cara de “feliz”. Es la que quiero tener siempre. Por eso me voy.

– Te ofrezco un aumento. Sentate, lo charlamos. Seguro que una solución le podemos encontrar.

– No Marcos, esta sonrisa no es un problema… y no se puede comprar. No tiene precio. Como las cosas importantes de esta vida.

quilotoa

 ¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo Veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales. ¿Querés jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

Y no dejes de chusmear los veo-veo de este mes: CaminomundosMe fui a la gomaCaminando por el globoMi vida en una mochilaHuellas en míLa otra ciudadPor las rutas del mundoNotas de algún lugarTitin round the worldUn mundo pequeñoHey hey worldNatillas dulcesAldana ChiodiCruzar la puertaLillakeMochilas en viajeLa de ojos abiertosLos viajes de Danila SkyLa mochila de mamáViajando con un casio azul 

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Laura Lazzarino

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