Hace mucho, no tanto tiempo, existía en este blog una sección dedicada exclusivamente a la gastronomía. El restaurant de cinco dedos no estaba caracterizado por críticas elevadas en cuestiones de paladar, ni por halagar al detalle la exuberancia de la buena cocina. Por el contrario, mi humilde bloque era un homenaje al placer de comer por el mero gusto de hacerlo, un reconocimiento a una costumbre primitiva vedada por los tabúes, un acercamiento a lo más básico y auténtico de la gastronomía local: aquello que se puede comer de pie, con las manos, parado en cualquier vereda del mundo.

Por motivos desconocidos, el restaurant viajero mantuvo sus puertas cerradas durante un largo tiempo. Hoy, sin embargo, regresa desde el otro lado del charco para transmitir, una vez más, la lujuria accesible que abunda en las calles de Portugal. Porque ni los euros ni el cepo cambiario podrán detenerme en mi afán de comerme el mundo bueno, bonito y barato…

pasteles de belem

Durante los últimos meses, mis viajes largos se centraron en un mismo continente. Las fronteras geográficas no fueron tales en la mesa, y llegó un día en que me muy mal acostumbré al menú accesible, al alcance de la mano. Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador… garantías plenas de arroz con frijoles más un extra por apenas unos pocos dólares. En Europa, sin embargo, la cosa iba a estar más como en casa, y la palabra MENU dejaría de ser ese aliado sonriente para convertirse en un falso amigo: por menos de 6 o 7 euros es casi imposible sentarse a comer.

Sin embargo, las tierras de Vasco da Gama no fueron indiferentes para los viajes de esta Nena y su paladar. Aunque tal vez con un poquito más se presupuesto que en viajes anteriores, acá les dejo una lista de las cosas más ricas (y baratas, siempre como barato!) que comer en Portugal.

Aquí y en todos los santos lugares...

Aquí y en todos los santos lugares…

1. Jaquinzinhos

Para empezar, déjenme decirles que el ecosistema marino está completamente a salvo conmigo. No soy (ni seré) muy amate del pescado, salvo casos puntuales. No banco mucho los mariscos (creo que son como insectos pero de mar), y entre pescado de mar y pescado de río, me tiro más por la segunda opción. Deducirán entonces que la cosa se me puso complicada en el viejo continente. No obstante, tengo ricos recuerdos de mar. Además de haber comido el mejor salmón de mi vida (cortesía de Bati, en nuestro viaje a dedo), en Aveiro probé jaquinzinhos, unos pescaditos chiquitos y crocantes que se sirven fritos junto a una buena ración de porotos. Si este post fuera un menú, les diría que este sería el plato estrella (4 euros). La primera vez que los vi, reconozco, fue amor a primera vista. O tal vez debería decir “amor a primera infancia”, porque lo cierto es que estos pescaditos me hicieron acordar mucho a las mojarritas que pescábamos con mi abuelo y mi papá y que luego mi abuela Olga limpiaba cuidadosamente antes de freír. A veces, les unía las colitas y formaba abanicos de pescaditos. Creo que antes, las mujeres a cierta edad desarrollaban algo llamado “imaginación de abuela” de lo que las nuevas generaciones carecemos… Lo cierto es que estas no estaban ni fritas con gracia ni limpias por dentro, pero se dejaban comer muy bien. La historia cuenta que el nombre, que en español sería algo así como “Joaquincitos” o “Joaquinitos”, se origina en Sessimbra, un pueblo pesquero de la costa portuguesa. Dicen que un día, regresaba un pescador a casa, cuando la gente se acercó a preguntarle por su captura. Él respondió, apenado: “Traigo unos pescaditos chiquitos. Tan chiquitos como tú, Jaquinzinho”, en referencia a un artesano naval conocido por su pequeña contextura. La cantante de fado Herminia Silva adoptó el terminó en su restaurant de Lisboa, y pronto se extendió por todo Portugal.

jaquinzinhos que comer en portugal

2. Pasteles de Belem

Parte importante de la gastronomía portuguesa es la cantidad de elaborados y multicalóricos pasteles y postres, muchos de ellos a base de huevo, nata y azúcar. Bendita sea la pastelería portuguesa. ¡Sal glotonería de mí y libérate por estas calles de infamia y azúcar! Entre ellos, unos de los más conocidos, son los famosos pasteles de Belem, o pasteles de nata. Si bien se pueden conseguir en casi todo el país, el sitio mejor para comerlos es en la casa que lleva el mismo nombre, junto a la famosa torre. Según el boca en boca, en esta pastelería se conoce la receta original que data de del SVII, inventada por unas monjas del convento de los Jerónimos. Estas pequeñas tortitas de hojaldre rellenas de nata se pueden comer frías o calientes, pero con cuidado: son bastante adictivas. A diario, la Casa de los pasteles de Belem fabrica unas 20.000 unidades, llegando a 50.000 en temporada alta. De la producción del 30 de noviembre, 2 murieron en la boca de quien escribe…

pasteles de belem que comer en portugal

3. Ovos moles

(que quiere decir “huevos suaves” pero que cuando lo escribo no puedo dejar de pensar en “huevos copados”)

descargaCreo que la manera más precisa de definirlos sería decir que son bombones de huevo. Se venden por kilo, se empaquetan en cajita y son una delicia típica de la ciudad de Aveiro. Al igual que los pasteles de Belem y que muchos otros dulces, les debemos los ovos moles a las monjas de los conventos, que contaban con suficiente tiempo y devoción para perfeccionar y crear nuevas recetas. ¿Pero a quién se le ocurre hacer dulce de huevo? Encontré varias explicaciones diversas, todas curiosas. Según nos contó Sofía, nuestra anfitriona, las monjas usaban las claras de huevo para almidonar sus hábitos, y viendo que tenían muchas yemas que no querían desperdiciar, decidieron aprovecharlas. En un libro de historia leí que, las claras eran utilizadas para rebajar los vinos y las yemas iban a parar a los conventos, donde las religiosas las utilizaban para preparar dulces para las festividades santas. Alguien más me dijo que en realidad, los votos de pobreza que realizaban las hermanas les impedían comer huevos, lo que las llevó a aprovecharlos en dulces que ofrecer. No sé que tanto hay de cierto en cada versión, pero el hecho es que cada convento empezó a disputarse la reputación de los dulces, lo que llevó a un perfeccionamiento exquisito. Hoy los ovos moles son una obligación para quien pasa por la ciudad. Para ser honesta, reconozco que me dio un poco de impresión cuando lo comí por primera vez (y ahora que lo pienso se me arruga la cara de pensar que me mandé dos o tres bombones de puro huevo), pero debo decir que valen la pena.

ovos moles aveiro

4. Castañas asadas

Un pequeño tentempié para el viajero caminante. Encontré castañeros en casi todas las esquinas céntricas de Lisboa. El olor ahumado sabe cómo viajar en el viento, y está en la sabiduría de nuestras narices llegar a buen puerto. Por 2 euros se puede tener una docena de estos frutos secos calentitos. Los dedos quedan negros de pelar las castañas, y les aconsejo tener una botella de agua a mano, pero no por nada las castañas asadas están en este post…

5. Bolos de Berlim

Definitivamente, mi número uno en todo. No sólo fue lo que más me gustó, sino que a través de esta especie de factura descubrí muchas cosas sobre la gastronomía portuguesa, la alemana…y la nuestra también. Los bolos de Berlim, son una especie mejorada de nuestras borlas de fraile (sí, siempre dije “bolas” de fraile, imaginando mil historias sobre el surgimiento de su nombre, especialmente después de saber que las monjas son responsables de muchas cosas…pero no, me enteré que son borlas y que se deben a esas pelotitas que cuelgan de la soga que ata el atuendo del fraile). Digo mejoradas, porque son mucho más grandes, no siempre son fritas, y están rellenas y re-llenas de una crema pastelera suave y fresca. Y además, algunas tienen canela en la masa. Una bomba atómica irresistible por apenas 1 euro, que junto a un buen café con leche puede salvar la mañana y el mediodía. Llegué incluso a comerme dos en una misma jornada…una locura. Ahora, ¿qué tienen que ver los alemanes en todo esto? Que la receta original fue inventada por un soldado berlinés, que no siendo bueno para la batalla lo mandaron a la cocina. Inspirado por la forma de las balas de cañones, creó este bocado que pronto se esparció por todo el mundo, creando nuevas variedades (hay hasta una versión israelí). Tengo ahora una excusa más para viajar a Alemania: probar un “Berliner”.

bolos de berlim

6. Ginjinha

Si llegaste hasta acá y estás un poco atorado de tanta masa, un vasito de ginjinha no te vendría nada mal. Si bien es un típico de Portugal, la costumbre es propia de Lisboa. Tan propia, que además de comprar una botella como souvenir, uno puede encontrarse en plena plaza del Rossio con gente amontonada a la entrada de una pequeña tienda, esperando a que le sirvan su vasito. Y ahí fuimos nosotras a hacer la fila…La ginjinha se prepara mezclando el jugo fermentado de guindas ácidas (ginja), con aguardiente, azúcar y algún que otro ingrediente secreto. Es dulce pero fuerte, pero dulce…por lo que es fácil pedir otro y otro vasito más. Se sirve normalmente con dos o tres guinda en el fondo del vaso. Les recomiendo resistir la tentación de morderlas: mi cara no se decidía entre expresar la acidez de la fruta o la concentración del alcohol en la pulpa. Mejor dejarlas de adorno.

ginjinha

jinja portugal

Y hasta aquí llega este reporte sobre los sabores más occidentales de la península ibérica. Gracias Portugal por tanto por tan poco. No disfrutaba de engrasarme los dedos así desde hacía mucho tiempo…

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Laura Lazzarino

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