“No hay casualidades sino destino, no se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que está escondido en lo más profundo del corazón.”

Ernesto Sábato

Cuando era adolescente estaba segura de que mi destino ya estaba escrito.  Nunca creí en las casualidades, y siempre viví mirando al frente, esperando percibir con anticipación esos pequeños momentos o detalles que, a primera vista, pueden parecer insignificantes aunque luego se tornen cruciales. A veces, creía que era el mismo universo el que guiaba mis decisiones. Otras, cuando algo dentro de mí me decía que eso era lo correcto, y ninguna otra cosa más – aunque no tuviese ni el menor indicio de que se así fuera- me convencía de que tal vez era yo misma, en una versión adulta, la que le estaba hablando su yo joven,  llevándola por el camino correcto. (Sepan entender. Por ese entonces mi vida transcurría más adentro de algún libro que en el patio de la escuela secundaria, y mi imaginación y mis cuadernos eran mi vía de escape).

Yo creía (y creo) en el destino, “a futuro”. Es muy fácil, una vez que las cosas ya pasaron, mirar hacia atrás y decir: “ese era mi destino”. Pero tener una seguridad ciega en que cada paso es crucial para el siguiente requiere de dos cosas: convicción y orientación. La primera es fundamental para no perder la esperanza; la segunda, para saber hacia dónde dirigirse. Yo siempre, siempre, quise viajar. Y sin importar lo que los demás esperaran de mí, o lo que opinaran de mi deseo, miré hacia adelante. Cuando tenía más o menos quince años empecé a escribir agendas.  Lamentablemente no tengo fotos acá, pero desde ese entonces, he dedicado páginas enteras a mis viajes imaginarios: mapas, frases, canciones, publicidades de revistas, y todo aquello que me ayudara a construir la imagen de mi futuro ideal, ese hacia donde caminar.

Todo lo que hice, siempre lo hice pensando en viajar. Todo.

Pero como en cualquier religión, llegó un día en que perdí la fe y tuve una crisis horrible. Cuando volví de Centroamérica, feliz con todo el autodescubrimiento que un primer gran viaje implica, mi mundo se desmoronó. Todos los pilares que sostenían mi vida independiente en Buenos Aires comenzaron a despedazarse, y pronto me vi a mi misma haciendo equilibrio en el abismo de una vida que no reconocía como propia. Y empecé a caer. Y perdí el rumbo. Cada tarde, al volver a casa de la oficina, pasaba por la puerta de una veterinaria de barrio. Había en la vidriera un hámster gordito que siempre estaba corriendo en esas rueditas viciosas y crueles, con la misma convicción con que mucha gente de mi entorno se “enrutinaba”. Ese hámster era la metáfora de mi vida.

epocas de Hostel - Inn


No tengo fotos de mis cartelitos ni de aquella época de mi vida, pero encontré esta, de mi primer trabajo en Buenos Aires (no del que me echaron sin pagar). Fue agotador, pero adoré trabajar en un hostel. De alguna manera, todos esos mochileros que pasaron por ahí fueron una suerte de inspiración.

Como no tenía con quien hablar –y había dejado hace rato de escribir agendas- empecé a canalizar lo que sentía en un blog paralelo, y a pegar cartelitos en mi puerta. Cuando uno vive solo, pasa muchos minutos en silencio desde que se levanta hasta que sale a trabajar. Empecé a prestar atención entonces a cuáles eran mis primeras palabras de cada día. Las primeras palabras que alguien me decía a mí cada mañana serían aquellas que vería pegadas antes de cerrar la puerta: palabras de mi otro yo que aún tenía creencias. El primer cartelito que pegué decía: “Algo maravilloso, Lau”. Eso era lo que yo quería hacer con mi vida. El segundo: “…that you have to follow convention”. Ese es el final del estribillo que una canción que por ese entonces escuchaba mucho: “¿Quién dice que cuando te vuelves mayor/no necesitas una colección de juguetes?/¿Quién dice que cuando te vuelves mayor/tienes que seguir la convención?”. El siguiente cartelito que pegué era un dibujo hecho en una servilleta de papel en una reunión de bar, en que mis ex compañeros y el abogado planeaban estrategias para que la familia fugada de nuestro ex jefe nos pagara lo que correspondía, tras tres meses sin sueldo y una cerradura cambiada que nos dejó  a todos en la calle. Era un cielo lleno de estrellas, con una lunita en el rincón y decía “Todo el poder de las estrellas para los aviones de Lau”…Si mi vida fuera una película, apuesto que en el momento en que pegué ese papel en la puerta la pantalla se llenaría de brillitos y sonaría de fondo la música de un xilofón.

Cinco días después, estaba empezando en mi nuevo-igual-de-aburrido-que-el-anterior trabajo.

Yo seguía pegando y pegando cartelitos, porque no era muy consciente de lo que acababa de pasar. Uno tiene que tener cuidado con los deseos que piede (puede que se hagan realidad). Así, mientras yo hacía esfuerzos descomunales por encajar (había llegado a pensar que tal vez los demás tenían razón y que yo estaba encaprichada con un flower power adolescente), me llegó una invitación para viajar a la India. Como todo me importaba muy poco, pedí una licencia teniendo apenas dos meses de antigüedad y, obra y gracia del destino, me la dieron. El 13 de noviembre de 2009 yo estaba partiendo con rumbo a Bombay.

Podemos decir que hasta acá, todo “normal”. Lo que pasó después de mi viaje a India, es historia conocida. (Y si no la conoces, podes leerla acá y acá). Lo particular se dio un año después, cuando el 13 de noviembre de 2010 embarcábamos a Antártida de la mano de Anttarply Expeditions, empresa que decidió patrocinar nuestro viaje al continente blanco. Me di cuenta estando allá (uno nunca tiene en mente la fecha exacta de cada viaje), y la “casualidad” me sacó una sonrisa de la más pura felicidad. Ya había pasado la crisis, ya había recuperado mi fe y el destino seguía dándome la razón una y otra vez. Ahora, mirando hacia atrás, volvía a elegir cada decisión, volvía a dibujar cada mapa, volvía a hablarle a mi yo anterior. Este era el futuro que siempre había buscado.

seguro Antártida

Cuando en octubre de 2011 mi mamá me mandó un correo para avisarme que venía a visitarnos a Colombia, ya saben que fue lo primero que pensé. Ni la India ni Antártida habían sido eventos planeados, y si mi mamá viajaba de improviso para vernos después de 08 meses, ese tenía que ser el día. Y, oh casualidad, esa fue la fecha de la mejor tarifa disponible. El 13 de noviembre de 2011 mi mamá llegaba a visitarnos a Cartagena de Indias.

Tres años seguidos marcados por lo imprevisto hicieron que declarara ese día como mi feriado viajero, mi día D.

La fecha del viaje a España la sabía mucho antes siquiera de haber entrado en la final del concurso. Estaba escrita en las bases y no había nada que yo pudiera hacer al respecto, más que cruzar los dedos y desear ganar. Si así sucediera, el 13 de noviembre de 2012 estaría de regreso, brindando con Juan por haber puesto un pie del otro lado del charco. Pero una semana antes de viajar, las cosas dieron un giro inesperado a mi favor kabulera: el viaje se retrasaba y la fecha de partida sería el día 12. Por lo tanto, con la diferencia horaria a favor, estaría llegando a Madrid…..¡el 13 de noviembre!

aeropuerto madrid

Cuando algo pasa y la gente dice “qué casualidad” yo me rio con auto complicidad. Como Sábato, estoy convencida de que todos caminamos por un sendero invisible hacia nuestros más profundos deseos. No sé en donde estaré el 13 de noviembre del año que viene. Tal vez me encuentre en un día normal en medio de un viaje, tal vez el universo tenga preparado otro giro para mí. Hasta entonces, seguiré caminando, con la vista hacia el frente.

Acerca de la Autora Ver todo los artículos Web de la Autora

Laura Lazzarino

10 ComentariosDejar un comentario

Leave a Reply

Tu email no será publicado.