Alto, cada vez más alto, cada vez más lejos. Volar a la medida del viento, como si se estuviese bailando, como si nada más importase. Retroceder en súbitos zarandeos para volver a avanzar con más fuerza, y acercarse más al cielo. Ver el suelo desde arriba, sentir las ráfagas chocar en las mejillas una y otra, y otra vez. Dejarse llevar, perderse en los arremolinados caminos de la intemperie, sonreír. Y hacer todo con la tranquilidad de que se puede volver, que alguien cuida de nosotros allá abajo, que nuestra libertad puede estar tranquila.

Copia de comet3aEs lunes después de Pascua. Todos los habitantes de Georgetown están reunidos en Sea wall, una amplia costanera junto al mar. Es tradición en este país celebrar la resurrección remontando barriletes, una metáfora materializada de la ascensión del alma los cielos. En este cielo, el que cubre la ciudad este lunes, cientos de colores estrellan la tarde.Para nosotros, mirar hacia arriba es tan tentador como mirar hacia abajo. Entre las nubes, falsas estrellas de papel vuelan en coreografías impredecibles. Hay cometas modernas de Ben 10 Y Hanna Montana, y otras hechas al viejo estilo, con caña y papel, y largas colas adornando. Abajo, un país también colorido y multicultural, se mofa de las ortodoxias. Entre los capitanes de barriletes hay niños hindúes, cristianos y musulmanes. Y entre esta división están aquellos que tienen piel de chocolate y los que vienen de la tierra de Ganesh. Los únicos blancos alrededor somos nosotros. Hasta aquí, por lo visto, no llegan muchos mochileros. Tal vez por eso muchos ojos se desvían ante nuestro paso, vencidos por la curiosidad. Una mujer hindú se acerca con una enorme sonrisa. Como si hubiera leído nuestras mentes, y sin que ninguno le pregunte nada, nos explica el sentido de la celebración y luego aclara: “Aquí hay católicos, cristianos, hindúes y musulmanes, y vivimos en paz. Adoramos al mismo Dios, pero con diferente nombre. Por eso compartimos las Pascuas.” Lo que me acaba de decir no hace sino confundirme aún más, pero su simpleza me parece grande, y me gusta.

Hace apenas un par de días que estamos en Guyana y los elementos que definen a este país se me entreveran como las piezas de un rompecabezas que aún está boca abajo sobre la mesa. Estando aquí, todos los ojos señalan hacia el mar. Si este país está unido al continente, parece ser un mero error geográfico. Y ese océano que les falta para ser una isla más del Caribe, como ellos mismos se sienten, es el mismo que, imaginariamente, los separa del resto de Sudamérica. Aqui la historia vino a darse de manera diferente. Con los ingleses al mando de la colonia, los primeros en ser importados fueron los negros arrancados de Africa. Pero cuando la esclavitud dej al imperio sin mano de obra gratuita, otra colonia fue llamada a suplir la necesidad: desde la India llegaron más trabadores (asalariados, pero con un sueldo casi simbólico), para trabajar en las plantaciones de azucar. esta sigue siendo una de las principales fuentes de riquezas del país. Hoy por hoy, estas dos etnias conforman la mayoría de la población local, y a pesar de las diferencias existentes en el pasado, parecen llevar una buena convivencia.

Nos sentamos al sol a mirar hacia el cielo. El espectáculo me sienta romántico. Los barriletes pasean en lo alto y nos devuelven la mirada. Su magnánima presencia me hace pensar. ¿Qué sentido tiene –me pregunto- enseñar a los niños a remontar barriletes para luego enclaustrarlos en trajes y oficinas? El mismo sentido que tiene enseñarles a hablar y a caminar, para luego hacerlos callar y pedirles que se queden quietos… Pero el firmamento diurno de las cometas, que hoy están aquí representando el espíritu de Cristo, bien podría ser un alter ego de nuestras propias almas. Hay algunos barriletes que de tan lejos apenas se distinguen a contraluz. Otros vuelan bajito y algunos se van animando de a poco. No creo que haya barrilete que no quiera volar.

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Algunos queremos robarnos el cielo…

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Otros quieren tocar el sol…

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Y hay otras, que aunque son hermosas, no se animan a volar…

Desde abajo, el cielo se ve infinito y aterrador, pero es cuestión de animarse. Soltar el alma y dejarla correr con el viento, sosteniendo firme el piolín y disfrutar de la libertad puede ser adictivo. No hace falta que lleguemos hasta la cima del firmamento, ni que pasen años sin que volvamos a recoger el hilo. Lo importante es volar, despegar del césped, adueñarse de las nubes.

Si cambiásemos de perspectiva, si de repente pudiésemos ser astronautas de los mismos barriletes que remontamos de chicos, veríamos que es mucho más divertido agitarse de adrenalina que enfermarse de stress, cabalgar en el viento que aprisionarse en el tránsito semanal.  Alto, cada vez más alto, cada vez más lejos, como si se estuviese bailando, como si nada más importase…

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Laura Lazzarino

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