El amanecer nos encuentra a los tres durmiendo en un pequeño cuarto vacío donde hemos extendido nuestras bolsas de dormir. A las siete de la mañana nuestro reciente anfitrión nos golpea la puerta con entusiasmo para ofrecernos mostacholes con queso, y vaticina el nivel de ridiculez que nos espera por delante.  Bienvenida al día, me digo en voz alta, y sigo durmiendo un par de horas más.

Museo de Soto

A las diez nos damos cita en el Museo de Arte Soto, motivo principal de este viaje. Estamos en Ciudad Bolívar, en el Estado Bolívar. Antes de conocer a Ana, nunca había escuchado hablar sobre este artista. Pero desde que planteamos nuestro viaje hacia la Gran Sabana, nuestra compañera dejó  bien en claro que la visita al museo era inamovible. Soto fue es uno de los escultores más importantes del país, y un representante del arte cinético, por lo que el museo tiene obras gigantes a las que uno puede entrar y con las que puede interactuar. Sus “penetrables” son una serie de volúmenes suspendidos, formado por tiras o tubos que cuelgan de un “techo” y que se balancean al aire libre, creando movimiento. Se puede decir que arrancamos el día “abrazando a Soto”.

Habiendo realizado la visita, seguimos camino. Al mediodía llegamos a San Félix, pero la lluvia se interpuso en nuestro camino. Si querés que sigamos a dedo a pesar del clima, nos empapemos innecesariamente y nos quedemos varados al costado de la ruta, reorientá tus pensamientos. Si preferís que busquemos amparo y esperemos a ver qué nos depara el destino, continuá leyendo el próximo párrafo.

Nos sentamos a esperar bajo el techo de una panadería. Esta vez, sí teníamos contactos, pero tras varias llamadas sin respuesta, comenzaron a agotarse las alternativas. Repentinamente, un hombre que venía de comprar pan se acercó a nosotros. Nos preguntó si hablábamos inglés y extendiéndonos la mano dijo que él era de Guyana (que pronunciado en su inglés rebuscado me sonó más a Ghana). Se llamaba Mohamed y algo más, pero nos pidió que lo llamáramos Ricky, y tras preguntarnos si teníamos dónde dormir, nos invitó a su casa. “Yo he viajado mucho y me han ayudado también. Si no tienen nada ilegal en su mochila, pueden venir a mi hogar”. La invitación fue tan repentina, que nos quedamos indecisos. Si tu instinto te dicta que lo mejor es huir de un posible asesino, raptor de mochileros, este es tu momento. Si preferís “entrar como un caballo” y darle una oportunidad al nuevo personaje en escena, seguí leyendo más abajo.

Decidimos dar un vistazo, considerando que quedarse en la calle ya no era una buena opción. Nos subimos al taxi y apenas le indicó la dirección al chofer, Ricky le preguntó al hombre si creía en Dios. Convengamos que no es una buena pregunta para hacerle a alguien que uno acaba de conocer, pero si la moneda ya está suelta en el aire, tampoco es aconsejable responder con honestidad. Evidentemente, ninguno de los hombres conocía estas reglas, porque el taxista arremetió con seguridad: “Yo creo en la vida y en mi taxi.” Los tres intercambiamos miradas en el asiento trasero. Delante, los dos hombres comenzaron a debatir enérgicamente sobre las verdades terrenales, mientras Alá, el Paraíso y el Taxi se peleaban el podio, cabeza a cabeza. Llegamos a la casa de Ricky en medio de una batalla celestial. No estábamos, ni remotamente, en la zona más linda de San Félix. El ranchito era de chapa y estaba minado de baldes que luchaban contra las goteras. Nuestro anfitrión parecía feliz de tenernos en su casa, pero ni bien pusimos pie dentro, su señora largó el llanto y empezó a insultar en inglés. Sobre nuestras cabezas, una viñeta silenciosa nos cubría a los tres: “¿Qué hacemos acá?”. Del inglés rebuscado lo único que lograba captar era un “Estoy harta de tus amigos”, y mientras la mujer lloraba a moco tendido, Ricky fingía que todo estaba ok. Afuera, el cielo rebalsaba. Si toda la escena surrealista ya fue demasiado, y decidís salir airoso excusándote con que olvidaste que tenías turno en el dentista, aprovechá ahora que todavía hay luz. Si la lluvia te intimida y la curiosidad es más fuerte…ya sabés qué hacer.

San Félix Venezuela

Para este momento, el ataque de llanto estaba controlado…

Nos sentamos donde pudimos y cómo pudimos, tratando de que nuestros bultos ocuparan el menor espacio posible. La señora entró, nos miró con malicia, y casi obligada por un insistente marido que se comportaba como un padre, nos tendió la mano. Nuestra incomodidad era evidente, y sin reparo alguno, Ricky nos comenzó a intimar de manera repetitiva. Con un tono de zombi depresivo, y en un español masticado, el jefe de familia interrumpía cualquier pensamiento o diálogo con frases como: “Áaaaanaaaá, ¿estás arrecha conmigo?” “¿Por qué estás triste, Láaaauraaaaá?”. Si hubiera podido ser honesta, le hubiera dicho que sí, pero siendo tarde, con una lluvia voraz y sin lugar donde ir, la casa de Ricky parecía lo más conveniente. Nos presentó a sus hijos, y cuando la mujer se amigó con la idea de nosotros y empezó a sonreír, el guyanés nos invitó a comprar una cerveza. Su señora sólo asentía cuando la mirábamos, porque sus diez años viviendo en Venezuela no habían sido suficiente escuela para aprender español. Una vez en el almacén, parecíamos todos amigos. Ricky pagó una ronda y me agasajó con dos paquetes de gomitas Mogul, manjar 100% argento al que alguna vez supe ser adicta. Intenté convidarle a la mujer, en afán de ganarme su simpatía, pero al mirarme a los ojos pareció recordar que después de allí iríamos todos a su casa, y su ceño se frunció de nuevo. Ya no quiso ni gomitas, ni cerveza, ni nada… Si querés intentar conquistar la simpatía de esta mujer inentendible, bienvenido. Por favor tirame recursos. Si, en cambio, te das por vencido y decidís ignorarla en lo que resta de la historia, pasá al siguiente párrafo.

La conversación giraba en torno a Guyana, a su vida en Venezuela como vendedor de pescado, y a las maravillas que Alá tiene preparadas en el más allá. Todos los caminos conducían a la Meca. Por un lado, esto era como una especie de introducción a la cultura que estábamos por visitar en unas semanas, pero a la vez sus palabras de fe y su amor al Corán no coincidían en nada con la botella de ron que llevaba bajo el brazo, ni con la venezolana costumbre con que su señora destilaba colores y mostraba sus piernas. Ricky insistía en que Alá había mandado la lluvia para que nosotros llegásemos a su camino, y en medio de una disertación cuasi dominical,  mis ojos se desviaron hacia dos niñas que pasaron luciendo sus saris a pocos metros de nosotros. ¿India al sur de Venezuela? Nuestro anfitrión percibió mi interés y comenzamos a caminar en la misma dirección que las jóvenes, hasta dar con un templo Hare Krishna llamado “Tierra de Brisas”. Dejamos a Ricky, a Alá y a su señora bipolar en la vereda, y quitándonos los zapatos nos sentamos en un rincón, dentro del templo. Lo que había allí era un auténtico oratorio hindú. Un Ganesh enorme sobresalía de los dibujos de Shiva y de Lakshmi, y otras deidades coloridas adornaban las paredes. Aunque todos giraron para vernos, el señor de barba que tocaba los tambores y dirigía los cánticos, no silenció sus plegarias. Cinco minutos después, los tres cantábamos algo que no entendíamos en lo más mínimo, pero que era muy fácil de memorizar. Por el rabillo del ojo la vi a Ana completamente compenetrada con el canto fonético y a Juan en el mismo viaje, alabando o maldiciendo (jamás saberlo) a alguna de las figuras colorinches de altar,  y tuve que hacer un esfuerzo sobrenatural para no estallar de la risa. ¡¡¡¡¿¿¿¿Qué estamos haciendo acá????!!!! Hace unas horas intelectualizábamos en pleno tour de arte contemporáneo, acabamos de salir de las garras de Alá ¿y ahora estamos convertidos en Krishnas? Pensé en cosas serias, cerré los ojos y fruncí la carcajada. Pero el transe era demasiado bueno para ser cierto, y como un espectro hambriento de turistas, Ricky volvió en escena y nos hizo salir. Mientas nos poníamos las zapatillas, una señora se acercó a darnos la bienvenida y a invitarnos a quedarnos, pero el guyanés dejó en claro que éramos SUS invitados. Si querés mandar al carajo a Ricky y su señora, y quedarte con los krishnas, que además de simpáticos y racionales te acaban de tentar con un banquete vegetariano totalmente gratis, decile chau a las arepas y, ¡por favor!, no desperdicies esta oportunidad. Si sentís un cierto compromiso con el personaje que te abrió las puertas de su casa, en donde además, están tus mochilas, rechazá con dolor la oferta, y volvete a la casa del horror con una sonrisa.

Volvimos a la casa en seguida. La mujer se metió en la cocina y pronto se cortó la luz. Pensamos en maneras de matar el tiempo y reducir la brecha de irritación que empapaba el ambiente. Ricky no nos dio tiempo: él tenía la solución. Sin que nadie se lo pidiera, tomó un micrófono que estaba junto al equipo de música y comenzó a desentonar cuanto hit ochentoso se le vino a la mente. De Phill Collins a Celine Dion, no se salvo nadie. Y de repente el mal genio de la doña quedó tapado de oscuridad, y mientras Ricky jugaba al Latinamerican Idol de las tinieblas, nosotros aprovechábamos la falta de luz para desencadenar la risa sin piedad. Ya no me importaba ni que lloviera, ni que estuviéramos en la casa de un simpático desquiciado, ni que Juan casi perdiera el alma en los cánticos del yoga. Todas mis carcajadas subversivas se libertaron bajo ese manto negro, y me reí sin límites. Si querés que Ricky se quede en la Academia, mandá VOT al 2020 y bajate los ringtones del canturreo guyanés a tu celular. Si querés que cambiemos de pista, hacete cargo de la situación y seguí leyendo.

karaoke Venezuela

Cuando volvió la electricidad, el Karaoke no se interrumpió. Envalentonado por nuestro buen ánimo, el vendedor de pescado devenido a cantante enchufó los parlantes. Viéndonos las caras, no era momento de recular, así que Ana tomó el micrófono cual coordinadora de Bariloche, y alentadas por Ricky, empezamos a cantar, siempre con un vasito de ron inconfesablemente barato en mano. Y en el tren bizarro que venía descarriando desde el mediodía, terminamos haciendo un mini pogo con un CD de “Variados” que entre cumbia y reggae había metido un hit de Soda. “De música ligera” coronó el bailongo en la casa de Ricky. Pero como todo lo que sube tiene que bajar, el ritmo de la fiesta empezó a decaer, y siempre sin dejar la botella de ron, el guyanés empezó a ponerse mimoso, y de los mimos llegó a la depresión. Con sus tres invitados sentados en el sofá, Ricky empezó a contar, mitad en inglés, mitad en español, sobre una tía que tenía viviendo en Londres, y lo doloroso que había sido cuando ella se había vuelto a su casa, tras una visita. Previsiblemente, vino un pedido de que nos quedáramos un día más. Si te querés quedar a vivir con esta adorable familia, be my guest. Si preferís minimizar tu negativa haciendo uso de tu nulo conocimiento del Corán y de los caminos que Alá nos tiene designados en esta vida terrenal, acompañame en la odisea.

elige tu propia aventura

La delgada línea entre la hospitalidad, el mimoseo y la nostalgia verborrágica…

Le explicamos que no podíamos, pero Ricky comenzó a golpearse en pecho como un orangután en celo, a la vez que decía: “Ustedes se van, mi corazón vacío… La casa va a quedar vacía sin ustedes…” Juan no aportaba, Ana estaba desconcertada, entonces yo tomé la posta. “Bueno Ricky, pero hay que disfrutar el momento, tuvimos suerte de conocernos, Alá nos puso en el mismo camino por algo y hay que estar contentos.” Pero sin importar el recurso que utilizara, el dramón se iba extendiendo, el aire se ponía espeso, y el ánimo de Ricky iba en caída libre. “¿Pero dónde voy a conseguir amigos como ustedes? ¡Ustedes son los mejores amigos! ¡Yo quiero que se queden a vivir en mi casa!” Y dicho esto, su mujer tuvo una iluminación de la Real Academia Española, porque de repente entendió lo que su marido decía y comenzó a fruncir el seño en señal de horror. Y si su espanto no era suficiente para decorar el momento absurdo, Ricky comenzó a llorar desconsoladamente y tuvo que intervenir su hijo y hacerle entender que no podíamos quedarnos. Mientras todo esto sucedía en simultáneo, nosotros tres seguíamos preguntándonos en silencio “¿Qué corno estamos haciendo acá?”

Después de cenar, llegó el momento de acomodarse para dormir. No era necesario dar mucho rodeo para entender que no había forma posible de que todos durmiéramos cómodamente en esa casa, y la única opción viable era tirar las bolsas entre los sillones. Pero a pesar de su insoportable dolor por nuestra partida, Ricky tomó las riendas de su hogar nuevamente y dispuso que en su habitación dormiríamos Juan y yo (porque el matrimonio es sagrado para Alá), en el cuarto de sus hijos Ana y su mujer, y él se acomodaría en el living junto a los chicos, “porque el sacrificio de esta noche es una prueba, y cuando yo llegue a rendir cuentas a Alá, él me premiará por esto”. Las veces que intentamos convencerlo de que nosotros tres podíamos dormir en su cama fueron en vano. Explicó sus cuestiones religiosas, que cómo Juan iba a dormir con una mujer que no era la suya en la misma cama. Sin otra salida, nos dividimos. Pero ni bien nos metimos la pieza, la señora se dio por enterada de los planes de su esposo, y cayó en un ataque de nervios. Dos veces entró al cuarto y salió despavorida al verla a Ana en la bolsa de dormir, y sólo accedió a compartir la cama cuando Ricky (que para ese entonces se había olvidado del Corán, de lo sagrado del matrimonio y de a tristeza por la partida) se acostó junto a ella. Así que mientras de un lado de la pared yo seguía la novela con preocupación, del otro lado Ana se escudaba con su bolsa de dormir, mientras el guyanés se desplegaba a sus anchas con dos mujeres a su lado. Si querés cumplir tu sueño de ser un superhéroe y entrar a rescatar a la pobre damicela (que envuelta en su bolsa parece más bien una oruga decapitada), esta es la posibilidad de tu vida. Si pensás que Ana está grande y que cualquier cosa va a gritar por auxilio, seguí esta historia por la pantalla de Los Viajes de Nena.

Claro que yo de esto me enteré al día siguiente, cuando a las cinco de la mañana sentí que Ricky salía del cuarto contiguo dispuesto a comenzar su día. Nosotros nos levantamos también temprano, y aprovechando el sol radiante huimos con la excusa de que debíamos recuperar los km. que no habíamos podido hacer el día anterior. No sin antes prometer, claro, que volveríamos a Venezuela y que volveríamos a visitarlo, porque aunque había roncado como un chancho toda la noche, parece ser que la pena venía enserio y no se le había olvidado.

De camino a la ruta, y solos los tres por primera vez desde la espera en la panadería, soltamos todos los pensamientos que habíamos acumulado la tarde anterior en una catarata desesperada por compartir las imágenes exclusivas que habían quedado en nuestra memoria, y que serían alimento de ratos aburridos en el resto del viaje. “Áaaanaaaaaaaaá……”

FIN

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Laura Lazzarino

14 ComentariosDejar un comentario

  • JAJAJAJAJAJA ayyy no no muy genial.

    Qué bronca la cantidad de cosas que uno se pierde por “compromiso” que ni siquiera estaba en planes en un principio, pero bueno.

    Y lo de la catarata de catarsis…JAJA me hiciste reir porque es tal cual. En esas situaciones te la pasás con miradas cómplices y ni bien ponés un pie afuera sale todo lo acumulado jajajaja

    Ay más más más historiassssss, queremos más.

    Genia Lau

  • Sólo en Venezuela, pues. xD
    Me encantó esta historia, siempre pienso en las locuras que pueden pasar por andar viajando y me olvido que en mi propio país pasan cosas demasiado bizarras.
    Un saludo Lau, cuidate. 🙂

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