Estoy entre dos caminos. O me confieso, salvaje, brutal y desmedidamente, y cuento lo que me pesan los pies por momentos, lo que me está costando escribir, la falta de inercia que rodea mi cuerpo; o me dedico a hacer un lindo post sobre la semana que pasamos en Choroní, en una playa de postal, viviendo en una finca de flores en la montaña con nuestra nueva compañera de viajes. (Sí, es probable que por un tiempo seamos tres en la ruta). Aquí voy, y que salga lo que salga.

 Choroní

Para ser sincera, desde antes del primer intento de visitar Venezuela, yo ya venía medio estática. Nunca había viajado por más de tres meses, y después de un año de estar en la ruta, el exceso de banquina se empezó a sentir. No importa cuánto se esfuerce la tenconología por hacernos creer que las distancias ya no existen; no hay ninguna ilusión cibernética que me acorte la nostalgia de un asado en la casa de mi papá un domingo. Y la verdad es que extraño.

Lo curioso es que estos ataques de nostalgia aleatorios no se traducen en impulsos de volver, o de acortar la marcha. Contradictoriamente, me llevan a permanecer más tiempo en cada lugar en donde hallo un halo de hogar, donde instauro una nueva rutina. Es inconsciente, pero se me ha vuelto una constante contra la que hemos tomado ciertas medidas. Para empezar, sin compus con nosotros las horas en internet se redujeron drásticamente, y eso me obligó a conectar mis suelas con el espacio y tiempo. Abandoné un poco el blog, desaparecí de Facebook y empecé a escribir más en mi diario de papel. Nos pusimos metas, también, sobre el tiempo de permanencia, y nos prometimos estar en casa a más tardar en mayo (cosa que ya se que va a ser imposible).

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Entramos en Venezuela renovados. Dejamos en Bucaramanga mi mochila nueva con el proyector, ropa y la compu, para no tentar al destino, y metimos todo en La Maga: algunas mudas de ropa, las herramientas para armar libros, la carpa y las bolsas de dormir. Andar con una mochila de mano me refrescó el espíritu. (Creo que volver a cargar las dos me va a costar un montón!). Y llegamos a Caracas más calmos, sin pretensiones más que las de reconectar con el viaje y vivir el viaje. Y tras un par de días de vida citadina nos fuimos para Choroní.

niñas venezolanas

Ahora viajo liviana, como el agua de la lluvia que cae en Choroní…

Como comenté al principio, mis ganas de estar en Argentina me llevaron a plantear una breve pasada por Venezuela. “Veinte días y nos vamos”, le dije a Juan. Pero me bastó con poner un pie en la playa para revertir mi veredicto y empezar, disimuladamente, a agregar más y más destinos en el itinerario, hasta transformarlo en un recorrido casi idéntico al que teníamos pensado la primera vez que vinimos, antes de la desaparición de mis cosas. Y Juan, que me ama con una paciencia que admiro, accedió a mis cambios cuasi hormonales y me dio libertad para ir armando el rompecabezas. Y con poquísimo dinero en el bolsillo partimos hacia Choroní con la idea de reabastecer el chanchito y seguir viaje.

pueblos antiguos

Choroní es un pueblito colonial, de calles hiper angostas con casitas pintadas como para postal. Allí nos encontramos con Ana, una artista plástica que a veces cocina, a veces teje, y a veces hace de artesana para ganarse los kilómetros de su ruta. A Ana la habíamos conocido en Montañita, una mañana lluviosa en que todos buscábamos camping y terminamos acampando parcela de por medio. Según me había comentado, Ana andaba buscando un poco de argentinidad para reprimir las cataratas de nostalgia de quien lleva más de un año viajando sola. “Tomemos unos mates y viajemos un tramo juntos”, me había propuesto un tiempo atrás. Viajar de a tres podía ser una aventura, y si el destino nos había puesto otra vez en sendas pares, decidimos atender el llamado y unirnos en caravana.

Anaclara Montani

Ana y su parche

Nos encontramos en el único camping del pueblo y no nos gustó. El lugar tenía una energía indescriptible, y bastó cruzar miradas para darnos a entender que había que salir de allí. Pagamos la primer noche y nos fuimos a caminar por el malecón a ver qué se nos ocurría. No se en qué momento Leander entró en escena, pero lo cierto es que repentinamente nos encontramos hablando con este joven entusiasta que nos contaba de su finca de flores y de las ganas que tenía de recibir viajeros en su “rancho”. La forma en que describía su tierra, las comodidades de su casa, el aire verde pacífico del lugar, plantaba una imagen idílica de la que seguramente terminaría distando la realidad. No encontraba, sin embargo, ninguna doble intensión en su propuesta. Y cuando reafirmó que no nos cobraría con dinero sino más bien con un intercambio de ayuda, no tuvimos excusa para no mudarnos. Efectivamente, la casa en sí no tenía grandes lujos, pero el sitio en donde se encontraba era el lujo. A media hora de la playa, y subiendo unos cinco minutos por la montaña, la casa de Leander se volvía un paraíso verde del que costaba salir. Rodeado de plátanos, limoneros, paltas y flores (muchas flores), era el sitio perfecto para escribir, tejer, o simplemente no hacer nada.

hacer artesanías

Creando en la casa de Leander…

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Me costaba mucho dormir, como se aprecia en la foto…

Así pasamos una semana, de la casa a la playa y de la playa a la casa. En Venezuela los artesanos están considerados patrimonio cultural, por lo que se puede vender libremente sin temor a que te deporten. Esto me pareció un dato interesante, ya que si bien no somos artesanos, los libros y las fotos que armamos se han vuelto nuestro pan de cada día. Para ser sincera (otra vez), antes de emprender el viaje, jamás me había imaginado que sería capaz de ganarme el sustento vendiendo de esta manera. Porque una cosa es ser vendedora con un escritorio como escudo y otra muy distinta es poner el espíritu sobre el asador, contar una historia esperar que la gente entienda que uno no está loco (o mejor, sí, está loco y vale la pena), y se entusiasme con el libro o la postal. Sin embargo, ahora que ya tengo antigüedad, confieso que me encanta este estilo. Aunque de vez en cuando algún vinagre te saque a los gritos o te trate según sus prejuicios, casi siempre la experiencia es buena, y uno conoce muchísima gente.

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Cuando nos acercamos con el libro, una de ellas dijo al ver la tapa: “esta foto la bajé de internet, la tengo en mi Facebook. Para mí es la imagen perfecta”. Tardó dos segundos en darse cuenta de que el de la foto era Juan, con el pelo más largo. Y flasheamos los cuatro.

playas de Venezuela

Sonrisa de playa I

choroní

Sonrisa de playa II

Nuestra experiencia en Choroní fue excelente. Comimos muchísimo, cocinamos como a mí me gusta, ayudamos a Leander a planificar su posada.  Miramos mapas de Venezuela entre flores y cilantro. Y sonreímos mucho después de tanto tiempo.

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Laura Lazzarino

15 ComentariosDejar un comentario

  • Soy venezolana y ahorita leerte me inspiras, mucho mas como estan las cosas aqui! me encanta tu manera de escribir… tu y juan son lo maximo… por ustedes siento que estoy conociendo el mundo

  • Sus experiencias inspiran, y estoy agradecido por poder leer cada una de sus aventuras. Si alguna vez se plantean volver a Venezuela, sepan que cuentan con posada en Barquisimeto, Estado Lara. Aquí en la tierra musical de Venezuela sería un honor recibirles y ayudarles en cualquiera que sea su próximo paso en esta gran aventura llamada vida.
    PD: Eso si no he agarrado mi mochila y me he ido a ver el mundo siguiendo sus huellas invisibles.

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