El bus bordea la sierra con una elegancia propia de quien lleva años de práctica. Es un viejo vehículo norteamericano, de esos que se usan para llevar a los niños a la escuela, y que aquí lo han acondicionado para uso interurbano. Yo esquivo los precipicios con mi mirada, buscando concentrarme en la madeja de mis propios pensamientos. Anoche se murió el Flaco Spinetta. Salió en todos los diarios, se lamentó en todas las redes sociales, le hicieron tributo en las emisoras. En el altoparlante de nuestro vehículo se oye a todo decibel: “No te hagas la santa /yo se que te encanta/ cuando nos rozamos, mami, a mí se me levanta”. A nuestro alrededor, y casi de manera automática, las niñas y adolescentes menean sus caderas sin moverse del asiento. Sólo a mí parece incomodarme el volumen de la música. El duelo por la muerte del poeta músico de nuestro rock nacional, con esta burda cortina de fondo, me pesa el doble. Tengo casi veintisiete años y todavía me siento una adolescente cuando escucho Muchacha ojos de papel. La nostalgia forma parte de mi vida. Nunca podría escuchar reggaetón.

Hace unas semanas, con la ley SOPA en boca de todos, un amigo escribió en su muro de Facebook:  “Si nos van a meter presos a todos por bajar temas de Internet, por lo menos que nos agrupen según el género musical”. A muchos nos causó gracia la ocurrencia, y no faltaron los agraviados de siempre que no perdieron la ocasión para acusarlo de discriminador y aleccionarlo en tolerancia. Mientras yo recuerdo este episodio dentro del bus discoteca, el cantante prosigue con sus versos explícitos, con sus letras de cama y sus deseos a flor de piel. Junto a mí, una chica alza sus brazos, en notorio contraste con mi inmovilidad. Me pregunta a los gritos si me gustaba bailar (apenas podemos escucharnos), y asiento sonriendo. Cuando el supuesto artista entona algo así como “Ven, mami, quiero tu calor/ gózate en mi cama/ eres mi único amor”, mi compañera de asiento suspira y me grita entusiasmada “Él es muy romántico”. En mi mente, la muchacha pechos de miel se corta las venas con cada golpe de tambor. No tiene nada de malo bailar y divertirse con música barata, pero que estas letras vulgares sean tomadas como dulces declaraciones de amor me parece más triste que la muerte de cien artistas.

Estamos en la era del twitter y la virtualidad, donde todo tiene que resumirse en 140 caracteres y la simpatía se expresa cliqueando un “Me gusta”, donde escribir una carta de puño y letra es un arcaísmo y donde los libros de poesía son una especie en extinción. Sentarse a elaborar una metáfora singular, y tomarse el tiempo para entenderla, parece implicar demasiado esfuerzo. Es una pena. Recuerdo a Llorenç Barber, el director de orquesta con quien tocamos campanas en Cartagena. Subidos a la torre de la Catedral, Llorenç acariciaba el viejo bronce y decía sonriendo: “Las campanas son como mujeres: si sabes acariciarlas, si puedes oírlas con atención y tratarlas con amor, verás la bella música que llevan dentro”. Estaba hablando de las campanas más viejas y sucias que había visto en mi vida, y aún así, el hombre hacía que sus palabras y su forma de ver aquellos roídos objetos nos enamoraran a todos. Eso es romántico.

Descreo completamente que la belleza de la mujer se encuentre en lo bien que puede bailar el perreo (un término que se me hace tan caníbal, tan básico, que me cuesta definirlo) o en lo sobresaliente de su escote. Lo explicito llevado a su máximo nivel no hace sino destruir el encanto, adelantar el misterio hasta anularlo completamente, convirtiéndolo todo en un simple acto fisiológico desnudo, despojado de magia, idéntico a cualquier otro, meramente animal. Puede que alguien desee argumentar que al fin y al cabo el sexo por el sexo en sí es natural, que todo lo demás es hipocresía. Y puede que en cierto punto tenga razón, pero sigo prefiriendo lo afrodisíaco del rodeo, la sutil belleza de la conquista, el toque único del amor que se encuentra precisamente en la poesía.

Hay una etérea diferencia entre lo erótico y lo pornográfico: el poder de la imaginación. La imaginación es la barrera entre lo que es y lo que podría ser, y es parte fundamental del amor. Descubrir que todo es como lo habíamos vislumbrado en nuestros pensamientos -o no- es lo que define el éxito de una relación. Cada vez que una mujer se reduce a un pedazo de carne expuesto en la pantalla televisiva, a una estrofa reggaetonera entonada por un latin lover-macho sexual, a un exuberante implante mamario que rebalsa los escotes, entonces el poder de la imaginación es aniquilado. Enseñarle el perreo a una bebé que apenas puede mantenerse en pie (hecho del que fui testigo días atrás), no es ni gracioso ni un acto menor. Es una triste perpetuación.

En cierto modo me siento agradecida de haber nacido en la época de las máquinas de escribir, del cartero como transportador de lejanas noticias; y de tener al lado a alguien que no sabe bailar ni un poco pero que sabe escribir muy bien. Imagino que seremos muchos más los que encarnemos esta silenciosa resistencia de televisores apagados a la hora de Tinelli, de pechos pequeños orgullosamente naturales y de poesías escritas en servilletas de papel. 

Foto: Sana Mente

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Laura Lazzarino

16 ComentariosDejar un comentario

    • BUENISIMO. Me inspiraste e inicie mi proyecto aúlico amigos postales. Recuperar las cartas, y todo lo lindo que es ese ritual implica, y que mis alumnos no la vivieron, necesito que lo conozcan.
      BESOS

  • Laura no sé porque acabe aquí, este artículo tiene unos cuantos años pero bueno tenía que comentar.

    Tus palabras inspiran, elocuentes, con un ritmo armonioso y describiendo con un gran contraste esa situación tan peculiar que cada vez y por desgracia es más frecuente entre los jóvenes de hoy en día.

    Sigue escribiendo ” poesía ” y contándonos tus viajes con esa delicadez y sutileza.

    Un abrazo

  • Hola Laura

    En mi caso, nací y crecí en México, por lo que descubrí el legado del Flaco mucho después, un año antes de que falleciera. Y aun sigo descubriendo su obra. Por ejemplo en Vilcabamba, Ecuador me encontré un poemario de él que me regaló una señora que intercambia libros y arrendaba la habitación donde me hospedaba. Te compartiría unos versos, pero como sabrás, todo fluye y doné el texto a la biblioteca de una comunidad en la selva amazónica del Perú.

    Yo no me comparo con Spinetta pero comparto la excentricidad de construir armonías y otorgarles una voz con palabras más precisas que pueda encontrar en los rincones de mi imaginarium. https://soundcloud.com/musicoviajero

    Gracias por tus palabras, tu reflexión y por preservar esas manifestaciones de la vida, dotadas de una inusual belleza que llamamos poesía.

    Buen camino

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