No se precisamente de dónde surgió la primer pasión que tuve en mi vida. No hablo de viajar – eso vino después, quizá hasta como una consecuencia lógica. Hablo de leer, esa añeja costumbre que parece estar en desuso. En mi casa jamás hubo una biblioteca respetable. Mi mamá no es lo que se dice una ávida lectora y mi papá orientó su vida hacia los números y los cálculos. Yo aprendí a leer de muy (pero muy) chica, incentivada por padres jóvenes y estudiantes que debían saciar mi rápido aburrimiento y mi eterna etapa de porqués.

Para mí, abrir un libro es un ritual. Uno toma entre sus manos un millón de palabras que forman un mundo, y ese mundo es conocido por cientos de personas que ya han leído esa misma historia, pero es virgen a la vez: para la imaginación propia, ese universo está a punto de descubrirse. Y uno levanta un velo y se encuentra con personajes y aprende a quererlos, o los deja pasar, o los olvida. Pero el tiempo en que dura la lectura, se tiene en las manos un boleto hacia lo impensado, y no hay nada más lindo que los viajes relámpagos de la vida urbana al castillo imaginario, a la historia de amor, o a la rutina inventada por una pluma.

Así fue la relación que tuve con Cien Años de Soledad, un libro que llegó a mí a la vuelta de mi viaje a India, y que estuvo en mi cartera muchas mañanas de subte y mediodías de almuerzos apretados. Macondo era mi vía de escape, el pueblo en donde transcurría la historia de los Buendía, cargadas de magia y desventura, y en donde yo me refugiaba cada minuto libre que Buenos Aires me regalaba en su atorbellinada rutina.

Cuando supe que nuestra ruta pasaría cerca de Aracataca, el pueblo en donde nació García Márquez y que lo inspiró para crear el mítico Macondo, no quise perderme la oportunidad de vagar por sus calles. No era mi intensión ir a buscarlo, porque aunque sabía que en esas esquinas estaba el corazón real del pueblo del libro, lo cierto es que prefería quedarme con la imagen mental que me había ido creando con el correr de cada página. Aún así orientamos nuestra brújula con dirección sur, y luego de una semana de trabajo y playa en Taganga, nos fuimos hacia allá.

Aracataca

Bajamos en medio de una ruta perdida. No habíamos cruzado ni la primera esquina, cuando nos sorprendió un grupo callejero de vallenato y nos invitó a sentarnos con ellos. Una señora se apresuró a comprarnos unas bebidas frías y un hombre ebrio sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Se trataba de Lucho Ajames, otro de los personajes célebres del pueblo, quien aún entregado al vicio se rehúsa a perder el talento. Hizo un retrato de Gabo y después otro de Juan, y habiendo escuchado algo de nuestra historia nos los entregó con un firme: “Del puño de Lucho, dos grandes escritores”. Me quedé esperando que pidiera dinero a cambio, pero el hombre me dio una palmada en el hombro y balbuceando me dijo: “aquí usted va a encontrar amigos, nada de gentes interesadas. Esto es sólo una bienvenida!” Agradecimos el buen momento y seguimos caminando. Para ser el comienzo, este recibimiento no había estado nada mal.

dibujo García Marquez

Caminamos por una calle aledaña a las vías, captando las primeras imágenes de este pequeño lugar. En una esquina, sentadita sobre una pequeña silla de madera, una nena cabizbaja nos seguía con la mirada. Tenía los deditos metidos en la boca, y no pude evitar pensar en Rebeca, ese personaje que de pequeña acostumbraba a comer tierra cuando nadie la veía. Saludé a la niña con la mano y me respondió tímidamente, sin sonreír. Era evidente que los viajeros no llegaban muy a menudo por aquí, pues todavía la gente nos miraba extrañada, mezcla de curiosidad y simpatía. De sólo mirar alrededor, podía imaginarme muchas cosas que podrían hacerse para revitalizar un sitio tan importante en la historia de la literatura colombiana. Pero ahí estaban sus calles dormidas, fundidas por el calor, viendo pasar el tiempo.

The Gypsy Residence

Caminamos por donde nos indicaron y llegamos así a “The Gypsy Residence”, el único alojamiento turístico del lugar. Allí vive desde hace unos años Tim Aan’t Goor, o Tim Buendía, como insiste en que lo llamen, un visionario que tuvo los mismos pensamientos que yo al entrar en el pueblo. Motivado por la obra de Gabo y con una visión clara de sus objetivos, Tim se asentó en Aracataca proponiéndose a sí mismo “sembrar esas semillas que García Márquez cosechó”. A diferencia de mucho cataqueros que se quejan de que el Nobel jamás hizo nada por su tierra (esperando que construyera escuelas, o mandara dinero para alguna obra pública), Tim asegura que el legado del escritor está vivo en Aracataca y que sólo hay que trabajar para sacarle provecho. Con ese fin llegó aquí dispuesto a abrir la primera residencia para mochileros, y tras varios intentos fallidos logró alquilar una vieja casona, que acondicionó como un hostal temático. Pero no se conformó. Tim se ha integrado a la comunidad proponiendo no sólo proyectos relacionados con la obra del escritor, sino participando de iniciativas varias que lleven a mejorar la comunidad. Escucharlo hablar con tanta pasión, contagia. Nos habían hablado de él en Taganga, calificándolo de “loco total y soñador”, riéndose de su iniciativa. Que está loco, es algo que uno puede pensar sobre este neerlandés que dejó su país próspero para asentarse en estas calles olvidadas y calurosas. Que es un soñador, de eso no me caben dudas.

Nos quedamos invitados en el hostal. Como dije antes, no puedo imaginármela a Úrsula Iguarán caminado por estas calles, ni a Melquíades llegando con sus inventos y su feria gitana. Sin embargo, los detalles que Tim aporta en cada paseo (es un caminante incurable) enriquecen la historia. Nos habla de las plantaciones de palma africana; del tren de 139 vagones que pasa dos veces al día, dejando al pueblo interrumpido por varios minutos; de las penas de Lucho ; y del hombre más fuerte del mundo, un músico local que tiene una treintena de hijos con varias mujeres del pueblo. Entonces ese realismo mágico con que los gitanos alquilaban sus alfombras voladoras en Macondo, de a poco va tomando color en la misma Aracataca.

hombre mas fuerte del mundo

Este es el hombre más fuerte del mundo! Foto por Tím Buendía

Para refrescarnos del clima sofocante, Tim nos invita a bañarnos en el río, en un paseo que forma parte de las excursiones que él les ofrece a los visitantes. Caminamos descalzos por un suelo fangoso, bajo los enormes árboles importados. Si antes fueron las bananeras las que trajeron las desgracias a esta parte del mundo, la United Fruit Company pareciera reencarnar en esta nueva versión de progreso, en donde cientos de familias son desplazadas para sembrar palma africana en sus tierras, con las que luego se fabricará biodiesel de exportación…

río aracataca

Este es el río el día de año nuevo. Normalmente el agua es más transparente… Foto por Tím Buendía

Mientas recuerdo la famosa masacre de las bananeras de la década del ‘20, que fue considerada un capítulo más del realismo mágico antes de saberse que era una denuncia real, nos sumergirnos en un río helado de suelo arenoso. Nos dejamos llevar por la corriente, flotando en paz, hasta llegar al puente donde muchas mujeres locales lavan la ropa. Estamos apenas a poco más de una hora de la costa colombiana, pero aquí el decoro de pueblo tradicional sigue reinando: nadie se bañaría en bikini o con el torso descubierto, y a pesar del calor las mujeres llevan gruesas camisetas manga corta y pantalones hasta las rodillas. Pasamos flotando como barquitos de papel en la corriente y luego volvemos a almorzar a la residencia.

Museo Macondo

El calor no afloja hasta pasadas las cinco. Nosotros salimos un rato antes y visitamos la Casa del Telegrafista, donde trabajaba el papá de Gabo y luego la Casa Museo. Ésta es una réplica de la que alguna vez fuera la casa familiar del escritor. A mi modo de ver, la falta de alma del lugar no radica solamente en el aspecto acartonado de la construcción, tan pulcra como irreal; sino en la falta total de atención por parte de la administración. No hay nadie que explique absolutamente nada, y si uno no conoce mucho sobre la vida familiar, o sobre Cien Años de Soledad, se hace difícil poder sacarle algo de provecho (es como si la casa estuviera dedicada exclusivamente a esa novela, y como si fuera obligación de uno saber cuántas tías tenía García Márquez, cómo se llamaban, y demás).Creo que el mismo paseo, con alguien que introdujera al visitante en la historia de Gabo, sería mucho más provechoso. Pero como dudo que algo vaya a cambiar pronto, recomiendo informarse un poco antes de ir. (Pero ir, Aracataca vale la pena).

Tranquilina-Iguarán

Esta es una estatua en honor a Tranquilina Iguarán, la abuela de Gabo, en la Casa del Telegrafista.

Museo-Gabriel-García-Marquez

 El comedor de la Casa Museo. 

 Los pescaditos de oro del Coronel Aureliano Buendía. El abuelo de García Marquez también los fabricaba. Me parecieron tan hermosos, que tuve un impulso desmesurado de meterme uno en el bolsillo, pero resistí la tentación.

Las tres noches que dormimos allí vuelvo a releer la novela, buscando los capítulos que más me atraparon, recordando las mariposas amarillas que enamoraban a Meme y los rencores de Amaranta, mi personaje preferido. Y con los párrafos más frescos, disfruto Aracataca el doble, porque si bien no quiero encontrar a Macondo cada rincón, puedo sentir que está ahí, escondido a la vuelta de la esquina, que su semblante reluce en las calurosas veredas que queman bajo el sol.

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Laura Lazzarino

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