Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quien doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions

 

campanas1La madeja de historias que se van tejiendo en este viaje tiene inicio, por lo general, en dos actos puntuales: cuando hacemos dedo, o cuando vendemos libros. Los resoplos de fortuna, las piruetas del azar, las acrobacias del camino. Cada historia se gesta como una contingencia casual, y lo que amo, precisamente, es sentarme a mirar hacia atrás y observarme a mí misma pronunciando esos libretos escritos por el destino, siguiendo las veredas indicadas para toparme con ese, que será el próximo personaje del siguiente capítulo. La sensación de tener la llave del futuro y a la vez ignorar la respuesta correcta es lo que me lleva a seguir andando, a sentirme viva, a querer siempre más.

La primer imagen de este capítulo tiene como escenario la Plaza de la Trinidad, de la que hablé en el post anterior. Era la primera noche en que salíamos con Juan a vender libros por Cartagena y no teníamos muy claro aún ni los horarios, ni el mejor recorrido a tomar. Ya casi habíamos cumplido con la expectativa de la noche: un solo libro más vendido y habríamos alcanzado el objetivo que nos habíamos propuesto. La plaza, como aprendería con las noches venideras, estaba repleta de gente, aunque en su mayoría eran locales. No había potenciales lectores a la vista. Juan apostó por una pareja que ni bien nos acercamos empezó a besarse de manera desaforada. Yo fijé mis ojos en un chico de remera a rayas, que sobresalía un poco del grupo de extranjeros que esa noche reinaban en las escaleras de la iglesia. Por su apariencia no era ni un artesano ni un gringo de revistas, así que intuyendo que podíamos al menos entablar una conversación, fuimos hacia él.

Se llamaba Miguel y lo primero que declaró cuando le entregamos el libro fue: ¡Pero yo a ti te conozco! ¡Tú eres el Acróbata del Camino! Sí, no sólo lo conocía, sino que Miguel era amigo personal de Aurora y Antonio, dos viajeros españoles que alojaron a Juan durante su estadía en Madrid, allá por 2006.

Nosotros estábamos en un tren veloz que nos obligaba a renovar la estadía en Colombia antes de que mi mamá llegara. Teníamos dos opciones: o viajábamos a Venezuela, y hacíamos “trampa”, saliendo del país y volviendo a entrar, o pagamos los 75 mil pesos colombianos (unos U$D35) y la renovábamos acá. Habíamos decidido seguir la primera opción. Así que esta noche conversamos con Miguel un buen rato y nos fuimos a dormir, no sin antes aceptar su número de teléfono por cualquier cosa que necesitáramos. Y aquí viene una advertencia a los lectores: a menos que realmente quieran recibirnos, no nos dejen sus números, porque de seguro que nos vamos a abusar de su predisposición… 😉 Quedaban aún unos diez días antes de la llegada de mi mamá, y decidimos quedarnos unos días más en Cartagena para dejar el blog listo antes de seguir. Lo llamamos a Miguel. Esa misma tarde estábamos instalados en su casa a pleno tipeo rítmico.

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Miguel es español y vive junto a María, su compañera de piso. Ambos son becarios que trabajan en la Agencia de Cooperación Española. Esa tarde María estaba particularmente complicada: en vísperas del Bicentenario de independencia de la ciudad, la Embajada Española estaba organizando un concierto de campanas, como parte de la celebración, y ella estaba al mando de todo. Habían convocado a Llorenc Barber y a Monserrat Palacios, famosos a nivel mundial por dirigir este tipo de conciertos, y necesitaba coordinar toda la producción del evento que se llevaría a cabo al día siguiente. Nosotros, por nuestra parte, seguíamos inmersos en el monitor, intentado coordinar una muestra en la biblioteca y preparando algunos artículos sobre los shuar. Pero nuestra atención se desviaba continuamente a la charla sobre el concierto. Y yo me preguntaba: ¿qué tan mágico debe ser ir por la vida haciendo sonar las campanas del mundo en interpretaciones histriónicas que rompan con la monotonía de la ciudad? Nunca se me había ocurrido que algo tan tosco e inaccesible como una campana podía ser usado con ese fin.

Evidentemente Juan estaba en la misma situación que yo, porque ni bien Migue empezó a preguntar “Vosotros no estaríais interesados en…” dijimos que sí. Claro que sí. ¿Cómo perdernos semejante la oportunidad? Por supuesto que no había sido un “sí” muy pensado, porque cuando empezamos a oír de partituras, directores y demáses, volví a tener ese sentimiento que hacía años que no experimentaba: el de estar al frente para dar examen y saber que mi suerte dependía exclusivamente de mi capacidad de improvisación. En la vida tuve contacto personal con la música. No que no me hubiera encantado, pero simplemente no se dio. “Tal vez esta sea mi oportunidad”, me dije, mientras esa misma tarde hacíamos equilibrio en una infinita y desvencijada escalera caracol que nos conducía por un túnel oscuro y tétrico hacia la parte más alta de la iglesia.

campanas_cartagenaAllí arriba el aire de Cartagena se filtraba con soltura por las torres. Eran ya las seis de la tarde y debíamos aprovechar el tiempo. Monserrat repartió guantes y tapones y nos asignó los puestos correspondientes. Juan iría en el equipo de la campana mayor, y a mí me tocaría una lateral, junto a María. Apenas entendí cuales eran los lugares, Monserrat comenzó con las indicaciones y empezamos a hacer los primeros “Clonnnnnnnn”. Yo seguía procesando todo. Antes de esta experiencia, la única imagen mental que tenía de un campanario era la del feliz Quasimodo volando por las aires colgado de una cuerda, así que pensé que mi trabajo sería ese: jalar de una soga pesada cuando me lo indicasen. Ya me imaginaba, inclusive, saltando por el aire agarrada de la amarra. Lo que nos encontramos allí arriba fue mucho menos emocionante. Las campanas estaban a unos centímetros del ras del piso, por lo que había que agacharse y empezar a traer el badajo con ambas manos (así aprendí que se llama la pelota esa que cuelga dentro de la campana y que la hace sonar). Al principio todo parecía fantasía, pero tras diez minutos de ensayo, de estar agachada presa de semejante trozo de metal y de traer hacia mí una bola que pesaba sus buenos kilos, la imagen dejó de ser celestial, y entendí porque el Jorobado es jorobado, porque tiene unos tremendos brazos de gimnasio y porque camina todo torcido. (Lo que no entendí es porque siempre se está riendo). Además del calor, de la caca de paloma circundante y del ejercicio físico, había que andar esquivando cucarachas mientras, con el cuello torcido, seguíamos las indicaciones de la directora que agitaba los brazos desaforadamente para que todos la pudiéramos ver. Y en uno de esos momentos de incómoda posición no tuve mejor idea que querer reemplazar a María y meter mis manos justo cuando ella estaba dándole al badajo con más fuerza. Y sí, me apreté el dedo gordo ni más ni menos que con la campana de la Catedral de Cartagena. Ojo, eso no le pasa a cualquiera.

Cuando el ensayo hubo terminado yo ya tenía más o menos en claro el orden de los golpes que había que dar. Además de hacer sonar los pesados instrumentos, debíamos maniobrar unas varillitas que hacían ruiditos más delicados, unas flautitas de cotillón y soplar también por unos tubos flexibles, de esos que se usan para los cables de la luz. El hombre orquesta, un poroto.

Al día siguiente nos reunimos por la mañana para dar los toques finales en un último ensayo. Monserrat había dejado a cargo a Carolina, una veinteañera con experiencia en coros, que sería su reemplazante. Pero acorde pasaban los minutos, los sonidos se volvían cada vez más desastrosos, la coordinación fallaba por completo y la directora se sumía en una actitud meramente caprichosa de no querer hacer gestos exagerados, de no querer señalar uno por uno, de no querer dejar de mirar la partitura para mirarnos a nosotros. Y pronto un simple ensayo de algo que, a mi modo de ver, era ciento por ciento “disfrutable”, se volvió el culebrón de media tarde, con brujas crueles, falsas cenicientas y el llanto fingido de lágrimas que no querían salir. Por Dios, que lejos estoy de toda esta mamarrachada adolescente… Tan lejos, que sin saber un pito de música, sin ser parte de este grupo que se conoce hace tiempo y sin tener experiencia en dirigir ni el tránsito siquiera, me ofrezcí a tomar las riendas del asunto y hacer sonar las campanas como Dios manda. Llorenc llegó a calmar los ánimos, pidió improvisación, pidió sonrisas, pidió pasión: “tenemos que querer dormir con las campanas, abrazarlas, poner nuestro amor para que suenen distinto a la misa del domingo. Esto es como hacer el amor, hay que empezar primero suave, de a poco, lento, y al final ¡orgasmo! Y darle duro al badajo para que los sonidos viajen a toda la ciudad y podamos gritarle a Cartagena que aquí estamos nosotros, que somos como francotiradores de paz!” Sí, yo también pensé que estaba loco, pero me caía simpático. Soy mujer, no sé como tocar a otra mujer, pero entendí el mensaje y la pasión de este hombre por estos toscos objetos olvidados. Pero mientras yo me deleitaba con la poesía de Llorenc, Carolina entraba en ataque de inmadurez y se quejaba de su incapacidad de salirse de la partitura. No quería improvisar. Lo increíble sucedió cuando, en medio de su ataque infantil, pronunció unas palabras tan ciertas, tan paradógicas, que nos dejaron a todos mudos: “Esto es una cuestión de geografía. Usted viene de España y nos pide improvisación, pero nosotros somos caribeños. ¡Aquí no nos podemos salir del 1, 2, 3 de la salsa! ¡Yo no puedo independizarme de la partitura, ignorar el papel!” Increíble. Increíble. En vísperas del Bicentenrario de la Independencia, esta cartagenera no puede independizarse del papel. Llorenc se rinde y le dice, en otras palabras, que haga lo que quiera, que va a estar bien. Ella busca llamar la atención, amenaza con dejar la dirección, pero nadie entró en pánico. Yo reitero mi oferta. A decir verdad, me moría de ganas de tomar su puesto. ¿Qué me importa si no se leer una nota musical? Me sé más o menos los tiempos, ¿quién se va a dar cuenta?

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Mi campana y yo, durante el último ensayo

Pero no tuve la suerte. A las seis de la tarde nos dimos cita otra vez en el campanario, con energía, y con una Carolina un poco más predispuesta. Al sonido del fuego artificial, comenzamos nuestra tarea. Al principio, con calma. No se veía mucha gente y los ritmos son lentos. El recital duraba 40 minutos, así que mejor no casarse de entrada. Sin embargo, a medida que corren las agujas la alegría se empezó a sentir en el ambiente. Abajo, la gente esforzaba la vista para descubrirnos. Nuestros brazos pesaban, pero seguimos. María alentaba, saltaba, y la directora finalmente se liberó y empezó a dejar fluir los golpes metálicos y sonoros, agitando los brazos, revoleando su cabeza. El dolor de los brazos pronto se volvió adrenalina y sentí más energía que nunca. Le di al badajo con todas mis ganas. En ese momento quería gritarle a la ciudad que era yo la que estaba ahí creando música, que era gracias a mí que esa campana no sonaba ni por misa ni por muerte, sonaba por la vida, por la vida de una sociedad y por la vida mía que se enriquecía con cada golpe de badajo.

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Toda esa gente nos estaba escuchando!

Cuando el cronómetro marca el final el campanario sabe a vestuario y a victoria. No sólo lo hemos conseguido, sino que lo hicimos juntos, y superamos la prueba. Estamos sudados, exhaustos, pero sonrientes. Y si John Doone estaba en lo cierto, si la muerte de cada hombre es también en parte mi muerte, yo hoy siento que la vida de un pueblo es también la mía, que no me importa ser entranjera, ni viajera, ni momentánea. El grito de la vida es también mi grito, la gloria de este pueblo no me es ajena. Hoy, cuando la noche termina y el concierto es historia, se que cada vez que a lo lejos oiga el burdo sonido, inevitablemente pensaré en Cartagena. Y cada vez que me pregunte quién está detrás de esa nota huérfana, por quién suenan las campanas, podré decir con seguridad: las campanas suenan por mí. 

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Querida Laura, este momento lo compartimos y lo recordaré siempre, gracias por vuestra colaboración, gracias por la ayuda, gracias por los momentos de truco y pocha y gracias por ser los nómadas que pasaron a alegrar las noches de Cartagena con sus historias y su buen rollo. Os echamos de menos, como los padres que ven partir a los hijos, nos preocupamos si llueve y si hace calor, si estaréis bien y qué nuevas historias os esperan. Un abrazo fuerte y que os acompañe la buena estrella. ¡¡¡Cada vez que oigamos una campana pensaremos es ustedes!!!

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