El imaginario popular condena a la selva como un sitio no recomendado para viajar. La sola palabra “selva” destila una fuerza temeraria, tan pero tan poderosa que a veces impacta y llena de dudas. Yo voy a ser sincera: no quería ir. Pensar en una semana metida en el monte, a merced de bichos de toda clase y sin comunicación no me terminaba de convencer, y cuando el fantasma de un canadiense recientemente muerto comenzó a invadir todas las conversaciones, mi entusiasmo se enterró como una lombriz en el lodo. Seguí adelante aún contra mis miedos, un poco detrás de la esperada exaltación Villarinesca, y otro tanto rehusándome a la idea de bifurcar caminos así fuera por un par de semanas.

Continuando con el plan dejamos finalmente Guayaquil y nos movimos a Cuenca, desde donde haríamos el enlace radial con la comunidad Tsunki, a la pensábamos llegar. Se suponía que el trámite habría de ser rápido: los salesianos, colonizadores de la nueva era, hacen enlaces diarios que luego son distribuidos por mensajeros shuar que ofician de juglares en oriente. Nos tomamos un día para comprar algunas provisiones y dejar todo listo, y a la hora indicada nos presentamos en la misión. El cuadro fue burlesco: tres curas cuyas edades sumadas se acercaban al milenio intentando hacer funcionar un radiotransmisor con más lucecitas que un árbol de navidad. Naturalmente el resultado fue negativo, por lo que al día siguiente partimos con un equipaje compacto y una foto de un obispo reconocido como estampita protectora.

A las seis de la mañana nos hicimos presente en Puerto Kashpaim, a la margen del Río Mangoziza. Desde allí se viaja hacia las distintas comunidades, y no fue de sorprender que ya a esa hora el sitio estuviera poblado por familias shuar esperando llegar a sus casas. Nuestra presencia causó un impacto predecible, y nos vimos que esforzarnos para romper el hielo que nuestra propia aparición había creado. La sensación de estar en boca de todos nunca es agradable, menos aún cuando esos labios destilan palabras y frases incomprensibles. No queda más que sonreír para disfrazar la inevitable incomodidad, y dejar que las cosas fluyan según su curso. Con esa sonrisa, más unos cuantos nervios nos subimos a la canoa rumbo a Miasal, último puerto del recorrido. Con nosotros unas dos familias desmembradas más un par de madres con sus niños y unos cuantos quintales de arroz y maíz.

El viaje comenzó entonces río arriba alrededor de las siete, con una bruma delgada abriéndose a nuestro paso. Las diferencias pronto cedieron a la curiosidad, y las primeras preguntas llegaron en español. Decir que íbamos como invitados de Pascual, síndico de una comunidad al que habíamos conocido en Cuenca, nos ponía en una categoría superior que la de cualquier simple turista. Aún así no hubo forma de que nos quitaran el rótulo de “gringos”, y hasta tuvimos que insistir con que en Argentina no se habla inglés. Pero el viaje en canoa pronto dejó de ser lo que esperábamos, y el bajo nivel del río se volvió un desafío concreto en el que las botas secas no tenían cabida. Con el conductor manejando el motor y un “puntero” indicado desde el frente el camino a seguir, avanzábamos lentamente contra una corriente veloz que amenazaba constantemente con dar vuelta nuestro bote y arrastrarlo todo. Los gritos histéricos de una mujer que claramente sentaba que no quería morir ahogada, y mucho menos gratis (pretendiendo que le devolvieran los U$D8 de pasaje), alteraban cualquier intento de calma, y el puntero no dudo en hacernos bajar para remontar algunos rápidos sin compañía y volvernos a embarcar un poco más arriba. Dos veces bajamos y subimos, unas cuantas más temblamos y por último Juan y yo optamos por quedarnos a hacer peso y dejar que la mujer y su familia se aventuraran en un terreno no tan conocido para nosotros. Cada rápido se convertía en un rafting involuntario e indeseado, y con las medias llenas de río y el corazón en pleno bungee jumping, decidí que era un buen momento para comunicarme con Dios y pedirle que al menos nos dejara llegar hasta la casa de Pascual. Si antes los bichos y los humanos encabezaban la lista de mis miedos, ahora el río se volvía el principal antagonista y amenazaba con truncar nuestra aventura justo antes de que la pudiéramos empezar. Todo esto rodeaba mi cabeza mientras Juan empujaba la canoa con el agua hasta la cintura y una mujer shuar me tomaba la rodilla y apretaba los ojos con fuerza. “El miedo no sabe de razas”, pensé.

La etnia shuar es conocida, básicamente, por dos hechos singulares: son los jíbaros reductores de cabeza, guerreros temerarios a los que ni los incas ni los españoles lograron someter, y son a la vez, los guardianes milenarios de la ayahuasca, esa planta mágica que los guía y los cura por medio de visiones mágicas. Hoy alcanzan a casi cien mil habitantes distribuidos entre Perú y Ecuador, y aunque mantienen un cierto contacto con el resto de la población, aún conservan no sólo buena parte de sus tradiciones y creencias, sino también la vasta sabiduría que les ha permitido desarrollarse en un medio tan hostil, como es la selva. Lo que uno escucha acerca de esta etnia no siempre es positivo, y los mitos y los miedos se mezclan con la realidad, por lo que tener una idea clara y objetiva antes de visitarlos se vuelve una tarea difícil. Mi miedo principal no era llegar hasta allí, (lo que de hecho se volvió algo de temer), sino más bien el cómo nos recibirían, si seríamos efectivamente bienvenidos. Y cuando supimos que Pascual no se encontraba en la comunidad las dudas fueron aún mucho más reales. Sin embargo, cuando después de nueve horas de intensa navegación finalmente llegamos a Tsunki, lo que nos encontramos no fue un grupo de hostiles esperando con lanzas y flechas, sino una numerosa familia bañándose en el río, que no tardó en ayudarnos a bajar y en darnos la bienvenida. No habían pasado ni cinco minutos que yo ya sentía la calma de estar en un lugar seguro y todas las dudas quedaban atrás.

Unos metros hacia adentro, una enorme cancha de fútbol determina el sitio alrededor del cual se distribuyen las viviendas. Hay algunas chozas de troncos con techo de paja y algunas casas de madera con techo de chapa. En un rincón una escuelita pequeña y detrás unos baños de concreto. Rosana, la mujer de Pascual, nos acompaña hasta una de las cabañas y nos explica que su marido regresará en tres días, y que allí podemos quedarnos a descansar. Lo necesitamos, y tras sacarnos la ropa mojada y armar la carpa, terminamos en una siesta involuntaria que nos consume el resto de la tarde. Llueve con frenesí, y el ruido del agua cayendo sobre la chapa es un sedante efectivo. Nos despertamos con Cristian, el mayor de los hermanos, que nos anuncia que la merienda está lista. Según nos explica, ellos tienen una “casita shuar”, con piso de tierra y espacio reducido, en donde cocinan y comen, y una “casa del gobierno”, igual a la que nos dieron a nosotros, en donde duermen. Con cautela y permiso entramos en la choza, tenuemente iluminada. Hay una pared de troncos que nos impide ver hacia el otro lado, donde presumo Rosana está cocinando. De este lado, un banco de escuela en donde Cristian nos indica que nos sentemos. Rosana aparece tímidamente y nos trae los platos: unas hojas de palmera enormes dentro de las cuales hay palmitos y pollo. Luego, la famosa chicha, bebida típica de la cultura shuar que se fabrica con yuca (mandioca) fermentada. El proceso implica hervir el tubérculo, hacerlo puré y luego mascarlo y escupirlo para que se transforme bajo el efecto de las bacterias de la saliva. Sí, suena asqueroso, pero apoyo esta salivada por su carácter público y conocido. Al fin y al cabo, cuántas cosas peores habremos comido de la mano de los modernos restaurants sin siquiera saberlo… De todas maneras no me llevo bien con las bebidas rituales, y si ya el mate se me complica, el sabor de este equivalente shuar me resulta mucho más antipático. Sabemos que es un desprecio negarnos, y aceptamos, aunque el gusto avinagrado se hace difícil de tragar, mucho más de repetir. Pero lo que más me molesta no es tener que beber chicha, sino este rol de invitados que nos pone en un podio del que me quiero bajar cuanto antes. Así que cuando terminamos de comer atravieso esa frontera invisible de la pared y me siento junto a los niños. No llego a acomodarme cuando todos se levantan súbitamente y se van, y tenemos que convencerlos para que regresen. No hablan mucho, y aún no logro entender si es porque les da vergüenza o porque estamos invadiendo, por lo que decidimos retirarnos enseguida.

No obstante, la soledad no dura demasiado, porque Rosana se presenta en la cabaña con su bebé en brazos, y comienza a conversar sin más. Supongo que este acercamiento es una respuesta a nuestro gesto de la cena, y que quizá debamos respetar sus tiempos. Rosana nos cuenta que tiene ocho hijos, mientras mece al más chico que no deja de sonreír ni por un instante. Todos sus niños tienen dos nombres, uno en español y uno en shuar, que siempre se refiere a la naturaleza: florcitas, ranitas o pajaritos. Ella los enumera, y aunque no conozcamos el significado de todos, su simple sonido es delicado y gracioso, y entiendo que son más coherentes que los arbitrarios nombres nuestros, repetidos, carentes de cualquier significado. Cuando entramos en confianza nos cuenta que en realidad tiene nueve hijos, pero que una se murió “de un vómito” cuando era chiquita “y no había qué hacer ni dónde llevarla”. Rosana baja la mirada entre tristeza y vergüenza. Yo no entiendo el por qué de semejante historia, de tantas cosas para contar, esta tristeza me suena a confesión, y entiendo que tal vez Rosana necesite compartirlo para purgar las penas y las culpas maternas… El bebé sonríe ajeno, y su mamá retoma la charla explicándonos que no tienen más medicamentos que los que la selva provee. No hay un médico que los visite regularmente, ni un centro de salud al que puedan ir por una urgencia. Naturalmente sus hijos nacieron aquí mismo, “con la ayuda de mi marido que los tomó cuando salieron de mí”. Sentados como chinitos bajo el techo de chapa, Rosana habla sin que le preguntemos. Nos aclara, como si fuera algo trascendental, que todos sus hijos están bautizados. Eso me da el pie para consultarle acerca de la influencia de los salesianos en estas comunidades. Mis preguntas son respondidas con respeto y un poco “de memoria”. Pronto comprenderé las maravillas del sincretismo salvaje, en donde Dios y lo sagrado de las cascadas se mezclan con gracia, en este universo tan profundo y particular. La colonización que otros no lograron concretar, la llevaron a cabo los salesianos con su biblia y su rosario. Aunque hoy no se hable del tema, lo cierto es que cuando la religión llegó a estas latitudes tentaron a niños y adolescentes con harinas y caramelos, recluyéndolos de manera voluntaria hacia lo que sería la eliminación cultural nativa de varias generaciones. La historia los juzgó de forma negativa, y nacieron así grupos de curas con consciencia pesada, que dedicaron el resto de sus vidas a revertir lo que ellos mismos habían hecho. Aún así, mucho fue lo que se perdió para siempre, olvidado a fuerza de extorsiones o fusionado con testamentos y espíritus santos.

Rosana habla con respeto de los curas, porque naturalmente no todos han sido nefastos, y parte positiva de la integración shuar a la sociedad se debe a su labor. Su confianza me conforta y disfruto de todo lo que habla por voluntad propia. Siento que esta es la mejor bienvenida que podría haber imaginado. Después de un buen rato ella se retira. Yo me quedo pensando en un millón de cosas hasta que me duermo.

   

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Laura Lazzarino

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