A las siete de la mañana y con un sol que secó buena parte de lo que se mojó ayer, Cristian nos viene a buscar para desayunar. Sobre nuestra mesa, lo mismo que habíamos comido la noche anterior. Ya con la luz del día es más fácil distinguir cada rostro de los nenes. Sin preocupación ni TV, corretean por todas partes, inventando juegos, riendo sonora y sanamente. Antes de que podamos planificar nada, Cristian nos invita a una cascada con él e iniciamos así nuestra primera caminata por la selva. Bordeamos el río, pero rápido empezamos a subir por el monte y pronto un verde espeso e impenetrable rodea nuestros pasos. Me siento tranquila con Cristian al mando. Al principio el único gesto que expresa viene de la mano del largo machete que él manipula con consistencia. A veces, para abrir paso, otras simplemente para comunicar nuestro andar a la selva. Con pocas palabras de tanto en tanto nos da alguna indicación y al pasar por un enorme árbol de pomelos, Cristian se trepa con agilidad y nos baja un par para el camino.

No quiero pensar en arañas venenosas, hormigas grandilocuentes ni víboras multicolor, e imito la confianza con que nuestro líder se mueve, alejando con mis pensamientos cualquier fauna no deseada. La timidez poco a poco va cediendo, y a medida que avanzamos Cristian nos muestra la planta que se usa para los techos de las casas, la que da palmitos, la que sirve para pescar, la que cura dolores de cabeza. Cuando paramos para descansar, nos habla sobre la ayahuasca. Busca las palabras más apropiadas para que entendamos, nos explica la importancia de la planta que les permite comunicarse con sus dioses y con naturalidad nos cuenta que todos la toman desde niños. Según la tradición shuar, antes de tomarla es necesario ayunar un día y luego caminar unas nueve horas hasta una cascada grande, en donde beberla y luego dormir. La mitología shuar tiene a Arutam como máximo Dios, una suerte de Pachamama selvática, presente en todos los seres de la naturaleza, y especialmente en las cascadas. Por eso son sagradas, y es natural que sea ese el sitio escogido para entrar en contacto con los dioses. Cuando después de una hora de caminata finalmente llegamos, Cristian se persigna sincréticamente, se quita las botas, y se tira a nadar.

Desde el agua nos dice que aquí habita una enorme boa, lo que nos hace retroceder. Pero Cristian sonríe y se explica: es el espíritu de una boa el que mora en la cascada, y quien logra visualizarlo se queda con su poder. La soltura con la que nuestro amigo se desenvuelve me parece simplemente hermosa. Es tan natural, tan rutinaria para él toda esta travesía 4×4 que me siento inferior en capacidad y conocimiento. Y es que esos mismos títulos que en la sociedad nos otorgan rango y status se vuelven completamente obsoletos e irrelevantes lejos del cemento y la tecnología. Claro que vivir en la selva no es sencillo, pero qué triste sería que toda este conocimiento se perdiera en manos de la ciudad… Aquí la independencia que cada persona alcanza es tal, que algunos códigos que damos por sentados se vuelven superfluos. No hay división internacional del trabajo, aquí todos pescan, todos recogen frutos, todos saben armar una canoa y construir una cabaña. ¿Acaso hace falta más? Nada de lo que aprendí en la escuela ni en los libros me sirve para defenderme acá. Me siento muy inútil…. De fondo, las sonrisas más inocentes de los nenes resuenan como una orquesta bochinchera, y al mirarlos a los ojos descubro pupilas vírgenes de TV.

¿Cómo no van a creer en la Madre Naturaleza si la selva es su patio trasero? Este increíble universo de mariposas, ríos, árboles y tierra que se me hace tan asombroso lleva años existiendo de forma más armónica y eficaz que cualquier ciudad, aunque corre riesgo de desaparecer en nombre del progreso. Qué ironía que con el correr de los siglos no se le haya ocurrido al hombre nombrar a la destrucción de una forma más convincente: ya todos sabemos que el “progreso” no hace más que demoler todo lo que toca. Hoy madereras y mineras tienen el ojo sobre las tierras shuar, y por más increíble que suene, aún hay gente intentando convencernos de que talar los árboles y contaminarlo todo es el único y mejor camino hacia el desarrollo. Los colonos ignorantes juzgan a los shuar de holgazanes por no talar la selva y cultivar las tierras. ¿Holgazanes? Sería interesante verlos sobrevivir durante un tiempo aquí sin ayuda. Me pregunto qué pasaría si todo esto desapareciera. ¿Iniciaríamos un plan para recuperarlo en unos cincuenta años, tal como los sacerdotes arrepentidos de la evangelización colonizadora? ¿A dónde iría toda esta sabiduría esparcida por la tierra?

Al día siguiente una nueva invitación nos espera, sólo que esta vez es a bañarnos en el río. Tras un corto trecho de selva tupida llegamos a la orilla. El río bajo corre con fuerza. Cristian nos pregunta con picardía si nos animamos a cruzar, y sin esperar una respuesta nos toma de la mano y mete sus botas entre las piedras. Tengo miedo, otra vez. Recuerdo el mensaje ingenuo que le dejé a mi papá antes de salir: “quedate tranquilo que no pretendo abrir el camino a machetazos ni cazar ninguna anaconda”. Y ahora aquí, aferrada a los brazos y a la confianza de un adolescente, estoy cruzando el río sólo por el placer de llegar a una playa mejor. Lo logramos. Yo me quedo en la orilla descansando, mientras Juan y Cristian cruzan a la otra orilla. Después de un rato de nadar, nuestro amigo se sumerge con una pequeña varilla de metal con punta, y unas antiparras. Tras cada zambullida se va formando un brochette de peces pescados, que seguramente estarán en nuestra mesa esta noche. La vuelta se hace más fácil, y una vez sobre tierra firme Cristian sonríe y nos cuenta de que en los remolinos del río hay anacondas. Cuando Juan le pregunta si alguna mató a alguien, él nos dice que a su tío, que se cayó al agua cuando un remolino viró su canoa. “A veces sueño con mi tío y me dice que todavía vive en el remolino, y que sufre…” Igual, nos aclara que él no tiene miedo de bañarse porque conoce en dónde viven las anacondas.

Cuando regresamos descansamos un poco, y enseguida nos llaman para avisarnos que Pascual ha llegado. Me sorprende la efusividad de su saludo, que noto sincero. Aunque no habíamos podido avisarle de nuestra llegada, él nos dice que sabía que veníamos porque “lo había visto en sueños”, y que está muy feliz, que es “como si hubiesen llegado mis hermanos”. Tiene un brillo en los ojos que me emociona. Nos dice que “esta es su familia”, abriendo los brazos hacia sus hijos y su mujer que yacen sentados en el piso. “Yo los traje al mundo con mis manos, a todos, y les he educado para que sepan tratar a una mujer, amar a una mujer y ser abiertos con los amigos. Aquí pueden sentirse como en su casa, lo que tenemos, que no es mucho, lo compartimos. Pueden tomar fotos a mi familia, no hay problema, tienen mi confianza”. Pascual no deja de repetir lo orgulloso que está de nuestra visita, y mientras él y Juan hablan sobre la latente amenaza de mineras y madereras, noto que sus hijos han percibido la confianza de su padre, y dos de ellos, Pascual y Manolo, se acercan a mí con cuanto dibujo y cuaderno encuentran en el camino. Siento la gloria cuando los nenes me muestran un libro de primario en shuar, con un dibujo de un español conquistador, y Manolo lo señala y me dice: ¡payaso! con toda su sonrisa.

Cada uno de los hijos de Pascual se presenta ante nosotros de una manera distinta. De entre ellos, sin embargo, Manolo sobresale por su picardía. Siempre, siempre está sonriendo, correteando, planeando una travesura. De vez en cuando nos persigue con algún bicho que acaba de capturar, con los pantalones a medio subir, y un brillo en los ojos que hace imposible no sonreír junto a él.

Aquí, los ocho  hijos de Pascual:

Cristian, 16 años. Quiere poder seguir estudiando para volver a la selva y ayudar a su comunidad.

Jimena, 15 años. Las fotos le gustan, pero le da vergüenza. No es sencillo retratarla.

Tania, 13 años. Es la más extrovertida. Aprende rápido a usar mi cámara, lo cual es de mucha ayuda.

Yomara, 10 años. Tan bonita como escurridiza, siempre cuesta encontrarla.

Pascual, 7 años. Es el más tímido, pero el más cariñoso. Nunca nos suelta de la mano.

Manolo, 5 años. Aquí muestra con orgullo uno de sus últimos tesoros.

Marzeti, 3 años. Nunca sonríe, siempre observa con atención.

Henry, 6 meses. Se muere por aprender a caminar.

La familia de Pascual nos adopta en cierta forma, con el aval del padre, que no deja de llamarnos Laurita y Juanito, agradeciéndonos la visita. Nuestro anfitrión está preocupado por los suyos, por el futuro de la tierra que recibió de manos de sus padres, por la lealtad de su pueblo hacia su mismo pueblo… Y nosotros queremos ayudar.

      

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Laura Lazzarino

1 ComentarioDejar un comentario

  • LAURA, cuanta ternura que tienen en sus rostros esos chicos…la verdad hermosos !!!!…muy lindo todo lo que decis, la verdad no tengo palabras para decirte lo que siente mi corazon cuando contas esas historias….un beso y buen viaje !!!

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