1. Zoológico mercado

Desde el aireado balcón de Servio, se oyen tumultuosos los gritos de la vereda. El paisaje natural del río Guayas corriendo lento a pocos metros de nuestra morada contrasta salvajemente con la jungla humana enclavada tan solo dos pisos más abajo. Se trata de “La Bahía”, una especie de mercado laberíntico en el que se puede comprar ropa, electrodomésticos y productos de limpieza, a un precio inferior. Los bocinazos continuos se mezclan con la versos repetidos de los pregoneros siglo veintiuno: “Agua, agua, agua”, “Camisas, camperas, chombas” y hasta el curioso “Bote las piedras, bote las piedras” el hombre que, jarra en mano, vende un diurético mágico para eliminar los cálculos de manera natural. Asomada al balcón, medio cuerpo fuera, observo este enjambre humano moverse a ritmos improvisados, en una coreografía difícil de seguir. Pero desde arriba la percepción global no cala la piel, como cuando uno se adentra por esos pasillos estrechos que se pierden a la vuelta de la esquina. Allí el aliento de la ferocidad comercial resopla en la nuca a cada paso. Ahora, que ya llevamos veinte días en Guayaquil, las caras y las voces de este sitio ya no me afectan. No dejo igualmente de recordar aquél primer mediodía en que me atreví a cruzar este túnel extrínseco, sola. A marcha firme y siempre con la mirada hacia el frente debí esquivar las decenas de brazos anónimos extendidos que buscaban mi tentación con ofertas y promesas que se perdían a mi paso. Logré mirar con odio a un desalmado que me persiguió con un lorito atado a su dedo, mientras con la otra mano me imponía una diminuta tortuga que llegó a rozarme la nariz. No quise detenerme, pero tampoco perderme las impresiones del paisaje propio de este mercado, en el que vendedores de ropa falsa conviven a diario con las más variadas situaciones de este “centro comercial” (i)legal, que recauda extraoficialmente millones de dólares diarios.

2. De árboles y cacao o La casa de Servio

Convengamos que no es lo que uno pretende encontrarse al abrir la puerta de su casa. Desde los anchos pasillos del departamento de nuestro anfitrión, comprendo igualmente su decisión de alquilar en este sitio, y pronto entiendo que quizá no es tan incómodo como parece. Después de todo, a las siete de la tarde las cortinas metálicas se bajan y la jungla se convierte en desierto hasta la mañana siguiente. Y se duerme bien, de eso no me caben dudas.

Servio ocupa el rol del amigo de un amigo, por lo que cuando nuestro amigo en primera instancia nos avisó de que podíamos quedarnos en esta casa guayaca, nos trasladamos desde nuestra antigua morada sin dudar. Todo lo que sabíamos era que dormiríamos en casa de un pintor, y sentí emoción de poder agregar esta nueva figurita a mi álbum. Creo haberlo dicho antes, pero mi ausencia total de aptitudes pictóricas me lleva a admirar profundamente a aquellas personas que saben cómo hacer para poner los colores a su favor. La escena, igualmente, en que Servio nos abre la puerta de su casa, fue mucho más allá (o tal vez mucho más acá) de cualquier estereotipo. Cuando a uno le dicen que va a convivir la próxima semana con un pintor y en su propia casa, las ideas que se cruzan por la mente son confusas. Puede que se trate de un artista regular, quizá frustrado, que guarda sus obras con recelo mientras intenta motivar a escolares distraídos; o puede que sea tal vez un artista empecinado con salir adelante, que se apega a su propia versión de sí mismo para conseguir éxito. Rara vez uno espera encontrarse con alguien consagrado, y quizá por eso mi curiosidad iba en aumento a medida que subíamos las pesadas escaleras. Servio nos abrió la puerta con amabilidad. Lo primero que vi fueron los pies. Yo no soy de esas personas que fijan sus ojos precisamente en el calzado, defiendo por el contrario la comodidad en primer lugar, y si ésta viene en chancletas, mucho mejor aún. Pero en el caso de Servio, unos dedos ultra reales descansaban sobre sus zapatos, y debí mirar dos veces para entender que se trataba de unos pies pintados sobre la tela. Sobre sus bermudas y su camisa desabrochada, un delantal de carnicero pincelado de verde: lo interrumpimos en pleno trabajo.

Dejamos nuestras mochilas en la nueva habitación y siento el placer de la acogida de este departamento. Amo los edificios antiguos, los techos altos refuerzan mi idea de que puedo elevarme sin límites y la amplitud de los espacios me ensancha el espíritu. Mientras mi yo imaginario se remonta sin pudor en las alturas, mi yo corporal se detiene frente al sitio en donde nuestro anfitrión sigue trabajando. Un gran atril, una mesa con acrílicos y una silla giratoria de oficina, que se luce a sus anchas sin un escritorio que la ensombrezca. En las paredes, paletas viejas cuelgan como prueba del trabajo pasado mientras varios cuadros reposan sobre el piso, que Servio ha plastificado con nylon negro. En una semana se inaugura Xocolatl, la muestra que está preparando sobre el cacao. No soy una entendida, pero comprendo que su trabajo es bueno. Contengo fervorosamente la tentación se rascar la pintura con la yema de mis dedos. Es demasiado real. En todas las obras los árboles acaparan el centro, algunos a lo lejos, otros en primer plano, y ni aún acercando mis ojos hasta perder la dimensión logro adivinar las pinceladas. Lo repito: admiro a los artistas. De fondo, Sabina carraspea en alto volumen, y Servio abandona momentáneamente su labor para invitarnos a almorzar al Malecón, que se encuentra tan solo cruzando la calle. Esa es una de las palabras que uno incorpora cuando sube por el continente: lo que en mi pampeano vocabulario sería “costanera”, por estos lares se le llama malecón, y se diferencia básicamente por la preponderancia de cemento. No puedo decir que es feo, pero extraño simplemente la amalgama natural del río y el pasto. El concreto se me hace simplemente desubicado, forzado. Esta pasarela donde a diario desfilan familias tipo y que de noche cierra sus puertas conforma un recreo ajeno, en cierto sentido, a la realidad guayaca. Aquí los vendedores ambulantes no tienen cabida y los peatones siempre ganan frente a la batalla cotidiana que liberan contra los autos: en el malecón sólo circulan carritos de juguete. Eso sí, al calor no se lo evita, y por mi parte no hay disgustos.

3. Las calles de Las Peñas

Este prolijo y moderno terraplén tiene su contraparte precisamente en su desembocadura. Allí en el Cerro Santa Ana, el barrio Las Peñas mira la costa desde arriba. Sus casitas de colores son como un arcoíris en el que viven cientos de personas de distintas realidades, y está en uno quedarse con la imagen – postal del sitio, o dejarse fluir por sus pasillos y esquinas. La calle principal bordeada de farolas y bares alienta a los transeúntes a desafiar las rodillas y el aliento, y subir los cuatrocientos cuarenta y cuatro escalones hasta la cima.

Así lo hacemos, y aunque la vista panorámica y la iglesia valen la pena, a nosotros el encanto nos captura mucho más abajo, en un pasillo angosto, donde dos hombres toman cerveza. Son del barrio, se nota. La invitación está implícita en su saludo, y no tardamos en sentarnos. Uno de los hombres se presenta como José, y me extiende la mano con una enorme sonrisa, mientras yo me siento a su lado. Para abrir el juego del diálogo, José me halaga diciendo que nunca ha conversado con una dama argentina y que le da gusto este encuentro. Es muy educado y habla bajo, pero se las ingenia para que entre pausa y pausa, sus labios abran un paréntesis hacia el cielo “porque uno siempre debe de encontrar los motivos para estar feliz”. El hombre frente a nosotros justifica su aspecto desalineado a que aún no regresa de la farra de anoche. “Soy músico. Salí anoche de mi casa con mi guitarra y mi celular, y cuando volvía me di cuenta que no sabía donde los había dejado… y aquí estoy, aún no regreso a la casa”. Se presenta como Napo, y nos cuenta que sus padres eran argentinos.

Le contamos sobre nuestro viaje, y en oposición a su compañero de bebida, Napo comienza a hablar ligero, a lanzar nombres de sitios y personas a las que deberíamos visitar, mientras Juan intenta seguirle el ritmo con la lapicera. El músico habla con una cadencia personal, y yo no puedo quitar mis ojos del exagerado vaso plástico de cerveza, que se agita sobre su rodilla, bailando al compás del movimiento de su pierna. El dorado elixir se balancea de lado a lado, se afirma de algún modo misterioso y consigue mantenerse en pie. El hombre no le presta atención y continúa. Imagino que quizá existe un acuerdo tácito entre ambos, que hace que la cerveza luche por mantener su equilibrio y su lealtad. Napo habla con despreocupación, pero cuando la gente comienza a hacer fila en la puerta de al lado, interrumpe la conversación para asegurarse su parte. Un brazo se extiende detrás de la reja, y con el plato de fritada en mano Napo continua su charla y nos anima a probar la delicia barrial, que comemos con los dedos. José ya se siente más en confianza y me empieza a hablar con amor, Jesús de por medio, deseándonos buenos caminos y buena gente como compañía.

Las personas que pasa por el lugar se detienen especialmente para saludar a Napo, quien no se priva de las radiografías oculares que le dedica a todas y a cada una de las chicas que cruzan la calle. Es tan evidente que causa gracia, y las víctimas momentáneas sonríen y menean la cabeza con ternura. Cuando captan el piropo que Napo desliza al vuelo, la sonrisa aumenta y alguna hasta se ruboriza, pero nadie se ofende. Más tarde lo acompañamos a su casa, unos cuantos escalones arriba, y nos despedimos con la gratitud de semejante compañía. Intuyo que nuestra ignorancia nos permitió disfrutar con más naturalidad el encuentro, si hubiéramos sabido que estábamos frente a una leyenda viva de la música guayaca, tal vez el recuerdo sería otro. El mío personal está adornado con la sorpresa de nuestros amigos, al escucharnos relatar con inocencia que habíamos estado almorzando con un señor llamado Napo, que decía ser músico…

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Laura Lazzarino

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