Antes, no hace tanto tiempo, había un lugar en la costa de Ecuador al que todos se referían como “un paraíso perdido”. Era un pequeño poblado de calles de arena, con construcciones de caña y un ambiente relajado continuo. En el hogar que los surfers habían descubierto al pie de unas montañas bramaban olas gigantes y una liberación sin precedentes. No había familias, no había internet ni celulares, y fumar marihuana en la vereda no causaba sensación ni escándalo. Era el flower power sudaca en la mitad del mundo: hippies y locales conviviendo en paz, arena blanca, clima perfecto. Así era, o al menos así cuentan con nostalgia quienes tienen tiempo en el lugar y han vivido la transformación que Montañita sufrió en los últimos años. Hoy esa noción de refugio natural aislado es un secreto a voces que se utiliza para promocionar “el sitio obligado para todo mochilero que pase por Ecuador”.

Nosotros pusimos un pie en el pueblo después de recorrer unos cuantos kilómetros bañados de sol, buscando el punto exacto “entre Manglaralto y Olón” que da lugar a Montañita. Esa es, de hecho, toda la referencia que alguien puede conseguir si quiere llegar al pueblo por sus propios medios. No hay señal en ningún mapa, ni siquiera en el de Lonely Planet, que de indicios de la existencia de este lugar. No importa; hoy por hoy todo el mundo sabe en dónde queda. Nos bajamos de la caja de una camioneta y muy pronto estamos en la calle central. Hacia ambos lados, artesanos con sus parches y el infaltable macramé. Un mate amargo salta de mano en mano, chicas níveas caminan en bikini, una maraña de rastas rubias corre escondida detrás de una enorme tabla de surf. “Che, boludo” es lo primero que escucho, aunque no lo necesite para adivinar la familiar nacionalidad de todos los barbudos detrás de los paños repletos de collares. Tengo la impresión de estar dentro de un set de grabación. Todos jóvenes, todos bonitos, todos extranjeros. ¿Es esto Ecuador? A ambos lados de la calle, hoteles, bares y restaurantes estéticamente decorados conforman una escenografía de prolijidad desconocida a lo largo de la costa. Pienso en Villa Gesell, pienso en Playa del Carmen. No, esto es otra cosa. El ambiente no es el de un centro vacacional de temporada, sino más bien el de una pequeña comunidad mitad hippie mitad viajera que extiende el verano doce meses al año.

Nos quedamos una semana, primero vacacionando, husmeando el lugar, luego trabajando con los libros. La costumbre nos lleva a pedir permiso a los encargados de los bares para vender, quienes resultan ser todos argentinos y se sorprenden ante nuestra iniciativa (no la de vender, sino la de pedir autorización). Este parece ser una especie de paraíso fiscal mochilero. De día la gente se dispersa entre la ciudad y la playa. Algunos experimentados se lucen sobre su tabla de surf, otros lo intentan o simplemente se quedan disfrutando del mar. De noche todos se acumulan en la única calle central en donde se puede sentarse en un bar, volver a ver las mismas artesanías de la mañana o beber un cóctel de algunos de los muchos carritos que se amontonan cerca de la costa. Mientras la gente gira despreocupada, un grupo de artistas callejeros despliega un pequeño número de acrobacias y percusión. Una dupla chileno-argentina ofrece empanadas al paso, mientras que un chico italiano les hace la competencia desde enfrente con un letrero que reza: “La verdadera pizza italiana. También novio italiano disponible.” Así transcurre la vigilia en paz, mientras todos los que intentamos obtener nuestras ganancias conversamos sobre los próximos planes de viaje. Sólo dos indicios nocturnos nos pueden sugerir el día de la semana en que estamos: si la calle está por demás de saturada de gringos y ecuatorianos, entonces es sábado; si las cocteleras están cerradas y la gente esconde su cerveza bajo la mesa del bar mientras un patrullero interrumpe a los peatones con cara de amargura, entonces es domingo – la careta de ley de veda alcohólica dominical también alcanza estos turísticos confines.

Después de dos o tres días paseando por las mismas esquinas, las cinco o seis calles que comprenden el pueblo son fáciles de memorizar; los rostros de sus viajeros habitué, también. Tal vez sea por los libros, o porque somos argentos, o porque ya hemos excedido el tiempo de estadía vacacional. El “cuando” no lo sé a ciencia cierta, pero en un punto determinado dejamos de ser turistas y pasamos a formar parte de esta pequeña comunidad de mozos/cocineros/ artesanos y malabaristas viajeros. Ya nadie nos ofrece macramé, ni pan relleno, ni empanadas, sino más bien un saludo, seguido de la clásica “¿Y, como fueron las ventas anoche?” No tardamos tampoco en hacer amigos. Y creo que fue por esa sumatoria de cosas, que Montañita empezó a idealizarse en mi imaginario, mucho más que cualquier otro lugar.

A Jonathan, un ecuatoriano que sonríe con facilidad, lo conocimos también vendiendo libros. Tiene más o menos nuestra misma edad y se desempeña como relacionista público de un boliche, contrario a lo que cualquiera podría suponer, con algo de pesar. Ya quiere irse de “Montaña”, como él le dice. Se ve que la simpatía del diminutivo ya no le resulta cierta. Y es que los años en el pueblo se le han ido estirando, y evidentemente no está conforme con la metamorfosis continua que sufre el lugar. “A ustedes les hubiera encantado este sitio hace cinco años”, nos asegura. “No había pavimento, ni funcionaban los celulares y si llovía, la gente feliz de caminar en el lodo. Ahora la quieren convertir en la Ibiza de Sudamérica, y eso no es bonito”. No hace falta prestar mucha atención para darse cuenta que lo que dice Jonathan es verdad. Mientras que las construcciones de hace unos años fusionan paredes de colores con techos de paja, y conservan el estilo, los hoteles por venir imitan una línea asiática de falsos templos hindúes completamente fuera de lugar. Creo que de a poco el cemento se va a ir comiendo la arena, a caña y el alma del lugar. Pienso otra vez en el concepto de “paraíso perdido” y en la dualidad de esas palabras. Si antes Montañita lo era porque nadie la había encontrado, de a poco dejará de serlo precisamente porque todo el mundo la encontró, haciendo que se deteriore su condición de edén.

Lo cierto es que por el momento, Montañita fue el primer lugar de Ecuador que logró robarme una enorme sonrisa y hacer que de algún modo extraño lograse sentirme como en casa. Nos fuimos después de una semana, pero nos las ingeniamos para regresar un tiempo después, aunque fuera por un par de días. Y mi espíritu se torno cóncavo de felicidad. Si es o no un paraíso perdido, creo que por el momento depende del corte celestial que uno esté buscando. En lo personal, amo Montañita así tal cual está ahora, con sus aires palermitanos, sus luces de colores y la gente despreocupada de acá para allá.

(Yo también)

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Laura Lazzarino

12 ComentariosDejar un comentario

  • Ciertamente es uno de los muchos lugares hermosos para viajar en Ecuador. Hace no mucho viaje con mis amigos a montañita y la verdad es bastante interesante (una locura jeje), puedes conocer a todo tipo de personas y las playas son bastante bonitas, un destino bastante recomendable. En fin buen articulo, espero poder ver mas de Ecuador , me encantaría viajar a otros lugares que no conozca. Saludos y sigue asi

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