Al día siguiente la historia se repite. Con compañía en esta ocasión, Amaru y Pieri se nos adelantan y nosotros los perdemos con facilidad, para volver a recuperarlos en cada curva. Es un trecho corto y no tan sufrido como el de ayer, por lo que pronto llegamos a la recta. El desnudo horizonte se viste de dorado, y el trigo meciéndose con suavidad cubre el paisaje enmarcado por bajos muros de piedras. Algunos niños nos alcanzan apurados por llegar a horario a la escuela. Nosotros nos sentamos en la entrada del pueblo, con el majestuoso cráter como audiencia, y saboreamos los choclos asados que han quedado de la noche.

El aroma al maíz dulce fundido con el humo sabe a gloriosa exquisitez, y mientras me dejo atrapar por este profundo sabor andino no puedo evitar recordar las dudas con las que cargamos nuestras mochilas de insulsos fideos y sopitas para armar. Es verdad, no es fácil encontrar quién cocine, pero sí qué cocinar –y sabe mucho, pero mucho más rico que cualquier cosa comprada en el supermercado-.

Sin prisa recorremos lo que parece ser el centro del pueblo, tan solitario como descascarado, y presos de esta belleza de paisaje decidimos pasar el día en este lugar. Cuando el hambre llama, buscamos aquí un lugar donde comprar comida, y damos entonces con la casa de Faustina, típica cholita con largas trenzas e indescifrable edad. Al entrar en su humilde casa una enorme planta de marihuana nos da la bienvenida y nos quedamos perplejos. En su patio y sobre escalones de adobe nos sirve un enorme plato de atún, papas, mote y cebolla. Cuando hemos acabado, Faustina se acerca a conversar. Vencido por su curiosidad, Pierino consulta:

– Oiga mamita, hemos visto que usted tiene una plantita ahí en la entrada, muy bonita…

– Ah sí, es marihuana, pero ya la he vendido todita.

Wow, una mamita dealer, eso sí que no me lo esperaba. Nosotros nos reímos de su suelta declaración y ella se ríe de nuestra inocencia. Y ya animada por nuestra confianza, se atreve a preguntarnos cómo es que a nuestra edad aún no tengamos “wawas”, y nos pide por favor la receta. Aquí comienza entonces algo aún más desopilante: una clase de educación sexual improvisada, en donde no hay tabúes (ni conocimientos previos, al parecer). Le contamos que ambas tomamos pastillas anticonceptivas, aunque se nos hace difícil que comprenda el funcionamiento detallado en el aire. Aún así cuando entiende que debe tomarla todos los meses, se desanima. El ciclo menstrual parece conocerlo. Entonces Pieri, (quien podríamos decir salió sorteado entre los cuatro), intenta explicarle el funcionamiento de un preservativo, botella de cerveza en mano oficiando de miembro. “Es una bolsita que se pone en el pene para que no pase el esperma”. Faustina mira como si estuviéramos hablando en japonés. Aclaro: “si el hombre se pone la bolsita, el liquido no llega a tu panza y no se forma el bebé”. Ella sonríe con naturalidad, aunque se queja de que no todos los hombres quieran cuidarse, y teme que si le propone eso a su pareja él piense que ella lo esté engañando. Entonces recurro al católico y muy falible método del calendario, opción que la deja más tranquila, pues es ella quien tiene el control. Aunque a pocos metros de su casa hay un moderno centro de salud, es evidente que nadie nunca habló con ella al respecto. La salita es fácil de reconocer: tiene los únicos muros de ladrillos de todo el pueblo y más que un sitio de salubridad parece un búnker, con portones ciegos y candados. ¿Tan difícil es hacer que las pastillas lleguen gratuitamente a esta gente? Dentro del centro de salud –que tuvimos oportunidad de conocer antes de este episodio- los afiches de prevención y educación sexual empapelan y tapan la descascaradas paredes. ¿De qué sirven escondidos? No sé si se trata de pereza o más bien de disfrazar un clásico tabú, como si los campesinos no necesitaran información o no tuvieran derecho a saber cómo controlar su natalidad y cuidar su cuerpo.

Después de una tarde de ocio nos dirigimos hacia la escuela en donde estudian todos los niños de la zona, nuestras recientes amigas incluidas. Nos desilusionamos un poco al notar que sienten vergüenza de nosotros, y aunque no entendemos bien el idioma nos damos cuenta de que sus compañeros se burlan de ellas por tener amigos gringos. Así que las saludamos desde lejos y seguimos nuestro camino. Una niña nos ofrece llevarnos, pues su casa queda en esa misma dirección y pronto nos vemos envueltos en una caravana infantil, por momentos tierna, por momentos amenazadora. La constante insistencia por querer vendernos algo, y nuestro constante rechazo genera roces. Cualquier cosa es un posible producto de venta: desde caracoles fosilizados hasta piedras que levantan del mismo camino en el que vamos, incluso a veces junto a nuestros zapatos, todo quieren comercializar. Cuando llegamos a un lugar en donde acampar le indicamos a la niña que allí nos quedaremos. Como si tuviese un taxímetro incorporado, extiende su mano y reclama: entonces denme 5 bolivianos. Su rostro y gestos amigables quedan atrás y ahora nos encontramos allí, rodeados de una horda de infantes exigentes y a la vez provocadores que al ver nuestra negativa comienzan a pegarle a nuestras mochilas y a alborotarse incontrolablemente. Pierino le explica que no tenemos dinero, que no somos gringos, y le ofrece una de sus pulseras a la niña, que la examina con asco y tras meterla en su bolsillo nos dedica una mirada maldita y se marcha. Sus amigos se quedan vigilando un rato, lo que genera un clima tenso, inclusive entre nosotros, que tomamos diferentes actitudes frente a la misma situación. Mientras que Amaru no termina de creer lo que está sucediendo e intenta justificar a los niños por todos los medios, Pierino y yo no ponemos alertas, olvidándonos de edades. Es una situación complicada… Estas son las consecuencias del turismo que son tan difíciles de medir. Es normal que la idiosincrasia europea acepte regalar monedas (de escaso valor para el extranjero, no así para el local) a niños descalzos y morenos. Ese acto simple genera una mala costumbre y fomenta la idea equivocada de que el extranjero está obligado a dar, porque es el que más tiene. Involuntariamente se generan dos roles tiranos, de los cuales ciertos pueblos parecen no poder desprenderse. Y cuando aparecen foráneos como nosotros que se rehúsan a seguir alimentando este modelo, entonces la violencia, la indignación.

Nos quedamos sentados en un barranco y cuando finalmente se cansan de nosotros y se retiran, emprendemos el descenso siguiendo el lecho seco de un río. Bajo las ramas de un árbol plantamos las carpas nuevamente y nos vamos a dormir con sabor algo amargo.

Al día siguiente retomar el camino se hace más complicado. Ya no hay rutas sino más bien desdibujados senderos que se pierden y se bifurcan en la montaña, y el único indicio de estar siguiendo la dirección correcta son unas piedras pintadas de blanco, que también se hace difícil encontrar. En la cima de la primera cuesta nos sentamos a admirar Marawa por última vez. A pesar de disentir en algunos aspectos, el valor agregado que estar compartiendo esta aventura con Pieri y Amaru es incalculable. Me cuesta imaginar esta misma historia de a dos. Elegir compañeros de ruta nunca es algo simple, y uno termina siempre apostando o siguiendo sus instintos, y en este caso no nos equivocamos.

Lo que sigue de aquí en más es la parte más hermosa de todo el camino. Los colores de las montañas se enfurecen y el violeta intenso se transforma en rojo y más tarde en verde. Los caminos de piedra quedan atrás, y ahora es cuando hay que tener más cuidado que nunca de no resbalar. Luego de cruzar un diminuto arroyo cambiamos de montaña y entonces son los campos de trigo los que iluminan la tierra. Aprovechamos la simpatía de un hombre que deja su trabajo para saludarnos con el brazo en alto, y le compramos más maíz para la noche. El hombre habla un quechua pausado y podemos entenderle algo. Antes de irnos nos pide “pastillas” con algo de vergüenza. Ahora recuerdo que entre las cosas que Josefina mencionaba como ventajas de vivir en la ciudad, era la posibilidad de comprar dulces. De haberlo sabido hubiéramos traído algo de caramelos con nosotros. Corto un pedazo de chocolate que nos ha sobrado y se lo extiendo. Hubiera esperado que lo comiera en este instante, pero el hombre saca un pañuelo de su bolsillo, lo abre con delicadeza y coloca el trozo de cacao en el centro para luego envolverlo. Nos devuelve una sonrisa de agradecimiento y continúa su labor.

De vez en cuando alguna cholita pasa con sus animales y nosotros nos cercioramos de estar yendo en dirección correcta. Cuando nos desviamos, alguien sale de alguna casita perdida para indicarnos el camino. Cerca del mediodía nos frenamos bajo una frondosa sombra. De algún lugar misterioso aparece un hombre de sonrisa amplia: “Soy Ceríaco, gerente de dinosaurios”. Acto seguido nos invita a su casa, en donde tras ofrecernos un económico almuerzo le pide a su mujer que nos hierva las habas. Junto a nosotros hay tres holandeses sentados, que en un escaso español entienden cuando le decimos a Ceríaco que hace cinco días que estamos caminando. Sus ojos de sorpresa se abren, sin entender si lo hacemos de gusto o porque hemos tenido algún problema. Ellos salieron de Sucre ayer mismo. La sorpresa ahora es mía. ¿Qué pudieron aprender en dos días…?

A nuestra mesa se suma un vecino de nuestro anfitrión, que ha venido a enseñarnos su trabajo. Los Jalq’as se caracterizan por un tejido de finas y rebuscadas figuras geométricas, normalmente en colores rojo y negro tejidos por las mujeres. Los hombres tienen la facultad de usar vívidos colores que hacen aún más atractiva la trama.

Luego de almorzar conversamos un poco con Ciríaco, quien nos cuenta acera de su pueblo de los y de los problemas que enfrentan en la actualidad con el gobierno. Si bien tienen una constitución que los declara soberanos de los recursos naturales de su comunidad, parece ser que el mismo gobierno pretende abrir una sucursal de Fancesa, la cementera nacional, en Marawa. Además de coartarles la reciente afluente turística de la que ya están sacando provecho, este emprendimiento contaminaría tanto el suelo como el agua, con lo cual se verían dificultados todos los recursos que la comunidad tiene para sobrevivir. Por esta razón, nuestro amigo se proclama en contra de Evo y a favor de su ayllu y de todo lo que le corresponde: “tierra, suelo, flora, fauna, aire, cielo y estrellas”. Después de esta charla nos acompaña a lo que podríamos llamar su oficina: una ladera de la montaña en donde yacen enormes huellas de varios dinosaurios. Descubiertas recién en el año 2008, tienen más de 140 millones de años, y Ciríaco nos cuenta de que antes de que vinieran los paleontólogos la gente del lugar creía que eran huellas de flamencos. Hoy, tras el análisis de científicos argentinos se sabe que son las huellas más antiguas halladas en Sudamércia y que en la escena había al menos tres especies: una herbívora con sus crías, un carnívoro y otro acorazado. A pesar de que las preguntas que tenemos son muchas, Ciríaco no sabe cómo responderlas, y optamos por no abrumarlo y disfrutar de la posibilidad de poner un pie junto al sitio donde alguna vez gigantes animales lo hicieron.

  

El camino sigue ya sin tanto colorido, y antes de caer la noche volvemos a procurar un sitio donde dormir. Esta será nuestra última noche, y aunque tengo ganas de bañarme y de dormir en un colchón, conectar con esa necesidad básica de procurar donde pasar la noche y leña para poder encender el fuego y alimentarnos ha sido gratificante. Una semana sin internet, luz eléctrica, gentío ni ciudad, se siente refrescante. Pienso en el desafío superado, en lo mucho que he crecido. Ir al baño en la naturaleza, aguantar días sin ducharme, caminar incesantemente y sobreponerme a las varias incomodidades sin perder el norte no ha sido tan sencillo como lo es escribirlo, pero me alegra enormemente haberlo podido cumplir, porque definitivamente valió la pena.

Al día siguiente todos amanecen picados por pulgas excepto yo, y entonces optamos por regresar a Sucre cuanto antes. Caminamos a paso firme hacia Potolo, nuevamente divididos en dos grupos. Las mochilas ya están mucho más livianas, y mientras todos avanzan yo voy a paso lento comiendo granola que nos ha sobrado. Cuando me cruzo con un hombre a quien le pregunto si el camino es correcto, no dudo en compartir mi festín. Le indico al hombre quien se quita su sombrero y lo extiende a modo de plato. Le sirvo una buena cantidad, y nuevamente la reacción me sorprende: con un equilibrio envidiable, el hombre vuelve a colocarse el sombrero sin derramar siquiera un grano de cereal, me sonríe y continúa su caminata con la granola sobre la cabeza.

Al llegar a Potolo las picaduras han hecho estragos y no dudamos en tomarnos un micro rumbo a Sucre. Cargado de gente y de polvo, el chofer juega a la montaña rusa y llegamos a la capital en tiempo record, con gente comentando el trayecto y niños gritando al compás del vértigo. Nuestra mugre es directamente proporcional a nuestra felicidad.

  • Para leer la primera parte de este reato, hacé clic acá
  • Para  una versión menos “autogestionada”, siguiendo este enlace podés leer la experiencia de Nati Bainotti quien, a falta de carpa y de buenos mapas, hizo el tour desde Sucre.

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Laura Lazzarino

8 ComentariosDejar un comentario

  • Laura hace meses que viajo contigo y me encanta ver tus fotos y leer tus relatos. Te felicito por tus montañas!!! Subirlas no es sólo el esfuerzo físico sino también sicológico.
    Buen viaje 🙂

  • Hola muy bueno el relato, en el verano estuve de mochilero entre otros lugares por Bolivia, no sabia nada de este lugar si no hubiese ido 🙁 igual me queda pendiente para la próxima.
    Me encantan tus relatos. Un saludo muy grande!

  • Que lindos relatos…soy Boliviano…de Cochabamba….se que mi pais tiene cosas malas pero que pais no lo tiene? que lindo que haya gente que aprecia las cosas lindas de cada pais 🙂 Un saludo!

  • Me encantó el relato, como siempre 🙂 Ya en Caminos Invisibles me quedó marcada esta aventura, y creo que ya se me metió en la cabeza que algún día haré esta ruta. Sin embargo, tengo que sincerarme diciendo que eso de la ‘idiosincrasia europea’ es muy difícil de catalogar… No sólo es que la diversidad cultural es gigante entre los países (e incluso dentro de ellos) sino que creo que el hecho de dar limosna depende exclusivamente de valores personales. ¡Un abrazo!

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