El 08 de junio empieza nuestra carrera. Impulsados por la prisa y por el compromiso que habíamos asumido con el Movimiento por la Salud de los Pueblos, emprendemos la osadía que nos llevará ni más ni menos que a cruzar Perú en tiempo record. Una prolongada protesta contra la minera en Puno nos impide tomar el camino más sencillo y debemos entonces sumar a Chile en nuestro circuito.

Abandonamos Potosí con los dedos congelados y las mochilas calando en la espalda. Pronto estamos en la ruta nuevamente, con el trazado de la Panamericana en la mira. Tras dormir en Bolivia por última vez, zarpamos rumbo a Chile en una mañana de intenso sol. Con la belleza del altiplano como cortina de fondo, y acomodados en la caja de un camión que compartimos junto a una mamita y su wawa, nos vamos despidiendo de este hermoso país, confesándonos las ganas de seguir recorriendo.

Algunas casitas se esparcen en la infinidad horizontal y haciendo trasbordo a otro camión logramos llegar a la frontera. Del lado Boliviano, un caos de homogeneidad: todos los camiones son exactamente iguales y la imposibilidad de reconocer aquél del que hemos bajado nos obliga a buscar nuevo conductor. No avanzamos mucho, pues la enorme fila de espera abre un surco a mitad de camino y comprendemos que lo que sigue es cruzar a pie y volver a pedir ayuda. Los casi cien vehículos que aguardan con resignación forman un agigantando ciempiés que descansa a orillas del Lago Chungará. Como si ya de por sí la escena no fuera bella, el Volcán Parinacota y su espléndido vestido blanco imponen su magnitud ante la vista, y pronto uno olvida los trajines de cualquier trámite fronterizo. Caminamos por la banquina a paso lento. La altura pesa en la espalda y el lejano puesto de migraciones pareciera ser imposible de alcanzar.

Agitados pero firmes, llegamos. El trámite se hace rápido, y con la infaltable ayuda de los Carabineros Chilenos –nunca han perdido oportunidad de ponerse a nuestro servicio- pronto volvemos a estar sobre ruedas. Luis, nuestro chofer, alimenta nuestras ansias de calor advirtiendo que de aquí en más le daremos la espalda a las montañas en un vertiginoso camino de descenso hacia el mar. Cuando cae la noche hacemos buen uso de la cabina de este vehículo, un modelo americano que más que un camión parece un departamento en el que Juan entra de pie. Bajo el mismo metálico techo dormimos los tres, aunque antes de que el sol despierte ya estamos otra vez en movimiento. Efectivamente va empezando a hacer calor.

Cuando llegamos a Arica, Luis se despide y nosotros volvemos a nuestra misión. Habernos levantado temprano nos pone en ventaja, y es así como a bordo de un par de autos (entre los que nuevamente se encuentra uno de los Carabineros), llegamos a la frontera. El paisaje desértico parece salir de otro universo. No hay verde, sólo dunas de arena que se funden con el rosa del cielo. Ante mi fascinación el conductor de turno me desalienta: “Toda la Panamericana es igual, ya te vas a cansar”. A mí no me importa, sigo perdida con los ojos en la ventanilla.

Una vez en Tacna y luego de saborear una papa rellena versión peruana, retomamos el ritmo. Un coche con tres policías civiles y algo de quórum nos suben. Viajamos atrás a alta velocidad, y la falta de conversación más el desgano de nuestro compañero de asiento trasero me ponen nerviosa. En una curva en donde ni los pájaros se asoman siento un poco de temor por la desolación. Como leyendo mis pensamientos el auto frena súbitamente y a mí se me congela el corazón. Este es el escenario de la típica película de sicarios. Estamos indefensos. El conductor se baja súbitamente y sin omitir sonido se dirige hacia la puerta donde está Juan. “Ya está – pienso- acá nos dejan pelados en medio del desierto”. Se me congela el corazón cuando siguiendo mi línea de imaginación y en otro movimiento violento el chofer abre la puerta trasera. Juan no reacciona, pero en el acto menos pensado del mundo, el hombre le pide a Juan que se incline hacia adelante y removiendo la luneta del auto saca un enorme bidón de agua y cruza la ruta. En frente, y casi imperceptible, un pequeño santuario de una Virgen anónima. El hombre re reclina, hecha agua encima de la pequeña estatua, y se queda allí rezando. Mi corazón no da respiro y mientas intento calmarme trato de procesar lo que veo… ¡¡¡ está regando una Virgen en el fucking desierto!!! Y no se trata de una Difunta Correa desorientada, porque no hay botellas alrededor. Cuando termina de vaciar el contenido del bidón, regresa al auto y seguimos viaje antes de que María germine.

Unos pocos km. más adelante bajamos en el peaje. Con un calor que ahora sí se siente, compramos lo único que se ofrece por ahí: paltas maduras, pan y sobrecitos de sal, y nos hacemos los mejores sanguches del viaje. Con la ayuda del policía del peaje, logramos embarcar en un viejo camión blanco. Haber madrugado, sumado a los cambios de horario, hace que este día se nos haga eterno pero a la vez rendidor. Nuestro chofer es un hombre bajito, moreno, de nariz prominente y cabello moteado. Se vale de unos cuantos almohadones y a veces necesita pararse sobre los pedales para poder apretarlos bien. Sin embargo los parámetros de normalidad no se ven tan alterados por su aspecto en sí, sino más bien por su actitud indescifrable. Ni bien nos subimos tomo la puerta, pero antes de que pueda cerrarla el hombre de exalta: “¡¡¡¡Cuidado!!!! Es que llevo dinamita y puede explotar en cualquier momento.” 😐 A menos que se trate de algún experimento de villano de historieta y los explosivos fueran invisibles, me atrevo a decir que este fue el primer indicio de locura que este señor nos dio: bastó con mirar el espejo retrovisor para confirmar que su camión venía vacío. Aún así sus pocos metros de altura me dejan tranquila y más que ponerme nerviosa me dediqué a evitar reírme en el resto del viaje. En especial cuando luego de que una veloz ave defecara sobre el parabrisas el hombre se sobresaltara al grito de: “¡Pelícano cagó! ¡Pelícano cagó!”

Nuestro próximo viaje nos lleva hasta la ciudad de Arequipa, sitio que desde mi primer viaje ansiaba conocer. Allí llegamos de la mano de Wilson, camionero de mi edad que transporta alcachofas (alcauciles) a una velocidad mínima. Mientras escuchamos rancheras mejicanas de fondo, mascamos caña de azúcar pelada y oímos la historia de este joven que espera poder casarse a fin de año. Cuando pasamos por un sitio desértico, Wilson nos cuenta que allí, bajo tierra, entrena el ejército peruano y hasta nos da ciertos detalles de cómo evitan ser espiados. En Arequipa nos quedamos dos días para descansar y conocer un poco la ciudad.

Seguimos viaje un domingo, con un ritmo ya establecido, aunque deseando aún alcanzar siquiera la mitad del camino. Vamos pasándonos como si fuéramos una posta entre vehículo y vehículo. La extensa Panamericana serpentea frente a nosotros; a veces larga como una cinta que se pierde en la lejanía, otras veces zigzagueante desafiando los acantilados frente al mar.

Cuando casi está cayendo el sol, llegamos a Camaná, luego de compartir el viaje con un camionero y sus gallos. Intentamos frenar algún vehículo pero la luz nos juega en contra y no queda más remedio que frenar. Buscamos algún comedor donde cenar algo y luego de terminar Juan hace un último intento con un chofer que ha frenado a comer. “Yo también he andado a la aventura”, nos dice, y nos hace señas para que subamos. 60 km. después frenamos en Ocaña, un sitio en donde todos los camioneros descansan vigilados por un simpático sereno que recorre el lugar en su bicicleta. Nuestro chofer le informa de nuestra presencia, y armamos la carpa en el chasis del camión, entre placas de cobre y lonas. De madrugada arrancamos nuevamente y mientras yo aprovecho la cama, Juan y José Luis conversan sobre el camino. El calor aumenta a la par de mis sonrisas, y el frío potosino parece ahora sólo un lejano recuerdo. Y es que lo vivido en los últimos días es tanto y tan variado, que la velocidad del tiempo no refleja en absoluto lo que nosotros lo hemos aprovechado. Cerca de las 8 de la mañana nos detenemos en otro pueblo y somos invitados a desayunar. Nada de tostadas ni café en el menú, lo que nos espera es aún más sabroso: ceviche fresco. Este plato es tan importante en Perú que se lo considera Patrimonio Cultural de la Nación, y existen diferentes maneras de servirlo. Básicamente el ceviche consiste en carne marina (ya sea pescado, mariscos o ambos), macerada con limón. Sí, técnicamente está cruda, pero nada de arrugar la cara y sacar la lengua, porque puedo asegurar que si nadie me lo decía, no me daba cuenta. El sabor es riquísimo. En este caso nuestro ceviche es mixto: pulpo, pejerrey y calamar, y está servido sobre una hoja de lechuga, acompañado con cebolla, una rodaja de camote y cancha (maíz asado). Excelente.

Seguimos viaje conversando. En Chaviña volvemos a frenar, pues José Luis ha divisado a dos de sus compañeros de ruta que han parado a desayunar. En un bodegón están estos dos hombres panzones comiendo pescado con arroz y papas fritas. Ni siquiera nos consultan y antes de notarlo ya tengo enfrente un plato con una porción. La comida va pasando entre charlas y risas y como es de esperarse llega el momento de las preguntas familiares. Si estamos casados, si tenemos familia, si nuestros padres viven, si están de acuerdo con lo que hacemos. Uno de ellos le pregunta a Juan:

– ¿Bebes?

– Sí, cerveza a veces…

– ¡No, m’ijo, te pregunto si tienes wawas!

Ahora en caravana retomamos camino. El sol sale y pica. José Luis, quien está notoriamente alegre por nuestra compañía, oficia de guía turístico y nos va contando acerca de las regiones que vamos atravesando. Cuando pasamos por Nazca vemos algunas líneas desde la ruta. En el cielo las avionetas sobrevuelan y algunos turistas hacen extensas filas por subir a un mirador. Ya será nuestro turno cuando volvamos. Nuevamente nos detenernos y mientras ellos se duchan nos insisten para que almorcemos. Yo ya no puedo más, pero nos enchufan un plato de prepo para que compartamos. Hasta aquí no nos han dejado pagar ni un centavo. La amabilidad de estos tres supera cualquier expectativa. El viaje sigue y así también nuestra charla. De cada sitio aprendemos algo. Pienso en esta experiencia en contraposición al mismo recorrido en bus. Mientras que viajar en colectivo es aburrido, silencioso y monótono, nosotros vamos conversando de lo más entretenidos. Luego de todo un día de avanzar hacia el norte, nos detenemos cuando faltan sólo 80 km. para llegar a Lima. José Luis nos cede su cama y se acomoda en el camión de su amigo, que maneja uno de esos modelos americanos que ya hemos tenido el lujo de experimentar. Al día siguiente nos despedimos, agradeciendo infinitamente por la hospitalidad y la gran ventaja que nos han permitido sacarle al tiempo.

En Lima somos recibidos por Rafael, excéntrico amigo de Juan, quien nos atiende con toda la amabilidad que le es posible. Rafael es artista. Pinta, dibuja y opina con arte. Es una de esas personas con quien se puede empezar hablando de las propiedades de la zanahoria y concluir en la relevancia arquitectónica de los edificios en Lima, todo en una misma tarde, con la misma profundidad de análisis. Junto a Cintia, su pareja, dirigen una escuela de idiomas y de animación, por lo que el departamento oficia de vivienda y estudio a la vez. Los tres son vegetarianos, y no me equivoco de número, porque esta familia integra también a Virgilio, un fox terrier que se desquita mordiendo un pollo de plástico que abandona luego para saborear un rico puré de papas. Tres días nos quedamos aquí, poniéndonos al corriente con internet, el descanso y la limpieza. Lima amenaza con llover constantemente, pero siempre se termina quedando igual, nublada y húmeda.

Con la promesa de regresar pronto partimos nuevamente hacia el norte. Ya nos queda poco, lo podemos sentir. Salir de Lima fue un caos completo que involucró un taxista y más de una hora a bordo de una buseta con cumbia a todo volumen, bocinazos y los gritos deseperados de la mujer de la puerta que para alentar a la gente a subir alza su voz al tiempo que golpea una chapa contra el vehículo. Nos queda la cabeza aturdida. En Chimbote hacemos nuestra próxima escala, recibidos por Juan Pablo quien nos ofrece un sitio en la casa de su familia.

Al día siguiente acompañamos a Juan Pablo en una recorrida por la ciudad. Ferviente miembro de la iglesia católica está trabajando en una alfombra de flores, costumbre típica para estas fechas. Además de buscar los elementos para su tarea, aprovechamos para pasear por el puerto y el centro. Al mediodía la mamá nos está esperando con ceviche, y con la panza llena y contenta emprendemos otra vez rumbo. Ya estamos cerca.

En dos días más logramos cruzar la frontera. Tras pasar el día del padre con Jerry (un simpático camionero) y su familia y de dormir en carpa en una calurosa Mancora, vemos el cartel que nos da la bienvenida y con la fecha justa entramos en Ecuador. Hemos logrado subir por la columna vertebral del Perú y llegar invictos. Ha sido pesado, pero recuerdo ahora los comentarios negativos que nos habían hecho respecto a viajar en este país, sus peligros y sobre todo la dificultad de hacer dedo, y sonrío. Los camioneros nos han tratado con la misma cordialidad que en otros países, y nunca nos ha faltado una ayuda.

Gracias Perú por este paso fugaz pero efectivo. Ya vendremos a pasearte como corresponde.

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Laura Lazzarino

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