Ir a pie desde Sucre a Potosí por la montaña. Ese era el plan, una odisea villarinesca que me atemorizaba y envalentonaba a la vez. Era el típico miedo a lo desconocido y la ansiedad de lograr lo extravagante, conjugándose a la vez. Pero era inútil, tirada la piedra, tirados los dados. Así que pusimos fecha y en un hermoso acto impulsivo invitamos a Amaru y a Pierino a unirse a nuestra aventura.

No se trataba de un desafío suicida ni mucho menos, era más bien emprender por nuestros medios un camino reservado para turistas gringos, dispuestos a que los lleven de las narices por acá y por allá sin frenarse a contemplar más que lo suficiente para la foto. Nosotros queríamos ir por más, atravesar el sitio en donde vive la comunidad Jalqa, compartir con ellos y dejar que el mismo camino nos marque su impronta. Por eso es necesario salir bien preparados: un abrigo extra es tan importante como una buena lista de palabras en quechua. En el Mercado Campesino de Sucre compramos ropa de invierno de segunda mano, un repuesto para nuestra garrafa y una linterna extra, y con las mochilas llenas de fideos y sopas instantáneas salimos el domingo temprano. A bordo primero de la caja de una camioneta conducida por un sacerdote y luego en un camión destartalado logramos llegar a Chataquilla. Allí se da inicio a un camino inca que una el caserío con su vecino Chaunaca. Tal vez el carácter de los transeúntes haya cambiado radicalmente, no tanto así la utilidad del sendero. No es una escenografía armada para turistas – prueba de ello es que no hay que pagar -, sino una ruta que sigue comunicando a dos comunidades cuyas condiciones de vida no han variado demasiado en muchos años. Algunas inscripciones informan a los curiosos que puedan pasar por allí, mientras el empedrado dibuja sus visibles firuletes en las montañas. Se me hace imposible no pensar en estas piedras, en los secretos y misterios que sus mudos ojos han de conservar bajo nuestras errantes suelas.

Todo el día caminamos cuesta abajo. Por momentos el camino se hace estrecho y a Pieri le da miedo el precipicio, aunque no puede evitar la tentación de mirar hacia abajo: la perfección de esta perpetua arquitectura puede con su curiosidad. Cuando el sol empieza a camuflarse entre las montañas, el camino nos lleva hacia lo que fuera en su momento una posta de descanso y reacomodo de carga para los incas. No podemos pensar en un mejor lugar y decidimos armar nuestras carpas acá. Pronto el cielo se cubre de estrellas y nosotros cenamos unas sopitas chinas instantáneas acurrucados contra la garrafa. Sin edificios, smog ni luces prendidas, la infinidad de puntos titilantes en el cielo parece estar casi sobre nuestras cabezas. Vemos de todo: constelaciones, estrellas fugaces, aviones y hasta luces indescifrables moverse velozmente para perderse en la negrura. Pero no tenemos miedo, estamos acampando en un sitio histórico y en lugar de sentir desamparo de la intemperie sentimos libertad, esa libertad que a alguien se le ocurrió que podía ser peligrosa y decidió hacer que lo creyéramos. Estamos más habituados a las películas de terror que a sentir el frío de la tierra ancestral bajo nuestros huesos, a confiarnos a la seguridad de nuestra casa (en donde podemos consumir más y mejor) que a experimentar los desafíos propios de la naturaleza. Qué terrible que haya gente que elija el Google Earth por sobre la alegría de unas rodillas cansadas pero satisfechas.

Al día siguiente nos despierta el sol matutino. Soy la última en levantarme y no me avergüenzo, hasta la capacidad de disfrutar de dormir en carpa he adquirido. Amaru saluda al sol, Juan escribe un rato y continuamos cuesta abajo.

¡Aillin Punchai, mamita! – saluda Amaru a una señora que se ha asomado al vernos pasar. Nos acercamos a preguntarle el camino y nos invita a pasar al patio de su casa. Los chicos le compran una cerveza y mientras nosotros celebramos la primera etapa del camino concluida, Simeona se sienta junto a una palangana llena de agua a desatar sus trenzas. Las peina con un cuidado y una soltura que parecen incompatibles. No necesita espejo, y mientras habla moja el pequeño peine y vuelve a pasarlo por su cabeza hasta que de pronto, y con total naturalidad, saca un mechón de pelo partido en tres y lo deja a un costado para seguir con su tarea. Misterio develado: las cholitas también usas extensiones! Luego de conversar un poco y de seguir sus indicaciones, continuamos con nuestra marcha con la ilusa de intensión de dormir esa noche en Marawa. Pero bastó tan sólo con dar vuelta a una montaña para ver el río Ravelo y sentir que nos debíamos quedar. Juan, Pierino y Amaru no demoraron en quitarse la ropa y correr hacia el agua. Yo, en cambio, preferí quedarme en la orilla: la sed de mis pies podía traducirse en arena, en necesidad de liberarme del calor y la opresión del calzado, de sentir en la base de mi cuerpo la impresión del lugar sucumbir entre mis dedos y quedarme así por un rato.

No fue difícil ponernos de acuerdo en acampar allí cerca. Aunque aún teníamos todo el día por delante para seguir caminando, la conexión con el lugar es tan fuerte que seguimos nuestro instinto y cruzando por una delgada fila de piedras multicolor, armamos nuestro campamento a la vera del río y cuando cae la noche hacemos una fogata para calentarnos.

Al día siguiente la subida hacia Marawa es inminente y con las mochilas aún cargadas de alimentos emprendemos la cuesta. Pieri y Amaru se alejan enseguida. Nosotros ya nos hemos percatado de que siempre somos los últimos y yo no sé si es por la altura o la falta de costumbre pero tengo que frenar en cada curva a recuperar el aliento. Frente a mis ojos el camino se extiende infinito y con cada paso siento que en vez de avanzar prolongo el andar y con él este sufrimiento. No puedo meter aire dentro de mi cuerpo, no soporto el peso de la mochila, no tengo resistencia. Juan me alienta con algo que se que es cierto: nadie nos apura. Podemos tardar días en hacer lo que a otros les llevaría horas, y no tiene por qué importarnos. Para hacerme sentir mejor me dice: los gringos que lo hacen en cuatro horas no se preocupan por cansarse porque vuelven a sus casas, vos andá despacio, monona, y no te canses, que a nosotros nos esperan todas las montañas del mundo! Yo lloro, siento que no puedo, tengo que obligarme. Los chicos se nos pierden de vista y nosotros tratamos de vencer el desaliento. Las primeras líneas del poema de mi vida resuenan en mi cabeza: “Lo que se pueda de veras es tan poco…” y vuelvo entonces a intentarlo.

Yo, y mi emoción por haber llegado. Detrás, unas de las montañas más lindas que vi en mi vida.

Después de varias horas de sube y descansa, alcanzamos la cima del cerro y llegamos hasta Thuntorga, un pequeño poblado a pocos km. de nuestra meta. Las casas de esparcen por la montaña y nos resulta muy difícil encontrar a alguien. Queremos comprar pan, pero todas las casas parecen estar deshabitadas. Una señora se acerca enojada a los gritos al ver que golpeamos su puerta. No habla español y la molestia que al principio parecía provenir del sólo hecho de que nos hayamos acercado a su vivienda luego se degenera cuando descubre la cámara de fotos que cuelga de una de las mochilas. La señora rezonga en voz alta, y sus palabras se apelotonan en mis oídos una tras de otra, haciéndome imposible descifrar el fin y el comienzo de cada una. Pero de entremedio de ese enjambre de sonidos consonánticos, un “diez bolivianos” emerge a la vez que la señora extiende su mano a cara de perro. “Mana gringo chukani, mamita!” (Yo no soy gringo), explicamos, y la dejamos atrás en lo que presumo una ola de puteadas en quechua, cuyo significado y motivo jamás entenderé.

Más adelante vemos venir una fila de niños que regresan de la escuela. Desprovistos de cualquier prejuicio se acercan a conversar y uno de ellos nos vende algo de maíz y unas habas enormes. Optamos por acampar en unas viejas terrazas de cultivo abandonadas. Mientras armamos nuestras carpas se nos acercan dos niñas curiosas. Hablan mucho, y mientras nos ayudan a juntar leña nos cuentan que viven con su padre “porque nuestra mamá se murió hace mucho, dejó a mi hermanito tomando leche”. La mayor tiene 14 años y es la encargada de la casa, por lo que se debate entre quedarse con nosotros o regresar a preparar la cena antes de que venga su papá. Amaru las conquista haciéndoles un retrato, lo que agradecen trenzándole el pelo antes de despedirse.

Prometen regresar más tarde y así lo hacen, sólo que la hermana del medio trae a la más pequeña, pues la mayor se ha quedado cocinando. Nos traen agua y unas humitas de regalo, y se sientan junto a nosotros que también estamos preparando nuestra comida. La más pequeña es tímida y sólo sonríe. Su hermana, en cambio, parece una radio. Habla con total desenvolvimiento: de lo mucho que le gustaría vivir en la ciudad, de lo que quiere estudiar cuando sea grande “porque la vida en el campo dura es”. Con esa marca que el verbo al final imprime, Josefina se queja de que la comida allí es siempre la misma y que hay que trabajar mucho la tierra para poder conseguirla.

Les preguntamos entonces sobre los incas, y ellas nos cuentan lo siguiente: “Antes cuando estaban los incas no mentían ni tenían envidia. La gente era buena porque si mentían les cortaban la lengua y si robaban, los brazos. Eran altos y muy inteligentes. Marawa era como un Titicaca, pero los incas “hondaron” tanto en la piedra que una de las montañas desapareció y el agua se fue. Pero después vino un sismo que mandó Dios y en la tierra habían agujeros y salía agua como hirviendo. La gente caía dentro y a veces nosotros encontramos sus huesos.

– ¿Pero por qué hizo eso Dios? ¿Estaba enojado?

– No, pero ya habían vivido mucho y era su tiempo. Cuando los incas se fueron llegamos nosotros.

El que no se reconozcan como descendientes de los incas me sorprende, aunque lo que viene después es increíble:

– ¿Y cómo se llamaba ese Dios?

– Juan, pero no estoy muy segura… Él se casó con la virgen y tuvieron un hijo que nació bajo un moye (árbol característico de esta zona). Jesús se llamó, y cuando él regrese será nuestro tiempo, pero falta mucho para eso.

Juan nota el esquema católico de paraíso/castigo/vida terrenal/ nueva vida en todo el relato. Yo sin embargo me quedo sorprendida ante semejante muestra de sincretismo. Cuando llega la hora de la cena, las niñas se retiran educadamente y se comprometen a pasar por nosotros en la mañana para caminar juntos hacia Marawa. Junto al fuego nos quedamos hasta tarde, disfrutando de estos encuentros fortuitos, enriquecedores e inolvidables.

Podés leer la segunda parte de este relato acá.

   

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Laura Lazzarino

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