Los rayos del sol golpeando contra las paredes fue la primer imagen encandiladora que tuve de Sucre. Y no hablo de un sol fuerte que me hubiera robado la visión por unos instantes, hablo de un sol tenue, suave que iluminaba los muros bajos que parecían serpentear arrítmicamente hacia ambos lados. En la puerta de la casa de Wolf, viejo amigo de Juan que nos recibió en nuestra primera noche, quise detenerme a contemplarlo todo. Nos había costado llegar, y por ende no vacilé en tomarme lo que fuera necesario para disfrutarla. Hacia abajo, es decir, hacia el centro de la ciudad, se encontraba todo aquello por lo que habíamos venido, y por eso emprendimos la marcha a paso lento. Desde lo alto, Sucre se percibe como un conglomerado de techitos coloniales uniformes que lo cubren todo. Como si fuera un tesoro envuelto a cada cuadra que avanzamos el espacio entre cada tejado se despeja un poco más y de a poco se deja entrever eso que Sucre atesora y que nosotros venimos a ver: campanarios, balcones y portales. Todo envuelto en una blanquecina atmósfera cuidadosamente mantenida. Y es que no es sólo la pintura lo que importa, es el tiempo que parece haberse detenido, la sombra de una época cuya estética da carácter a esta ciudad. No se trata de discutir los estragos de la colonia –cuyas secuelas se perciben aún hoy en esta zona -, sino de dejarse suspender por la elegancia de sus tenaces edificios que se mantienen en pie a pesar del tiempo. Para el momento en que logramos dejar la esquina de nuestro amigo atrás, yo ya me siento entregada. Y es que pocas veces siento ese amor a primera vista con una ciudad, pero esta vez recién llegamos y yo ya sé que nos vamos a quedar un buen tiempo. La balaustrada de piedra de la catedral sobresale imponente en una esquina. Podría decir que ese es mi primer recuerdo de la plaza central de Sucre. Alrededor, algunos edificios gubernamentales llamativos, aunque sin lugar a dudas la presencia reinante de los campanarios y torres imperan el ambiente.

Para nosotros es hora de mudarnos de nuestra repentina –y atrasada- visita a casa de Wolf, quien también está partiendo de viaje. Por eso vamos en busca de Kim y Dries, dos belgas voluntarios que afortunadamente viven a pocas cuadras de la plaza y que serán nuestro anfitriones por estos días. En su casa vive también Franz, ingeniero austríaco que trabaja en la ciudad, y Pierino y Amaru, viajeros chilenos que se acaban de mudar hoy. En este ambiente de hostel nos instalamos, con ganas de descansar, relajarnos y explorar la ciudad.

Mi calidad de cronista de la revista Buen Viaje nos vale un pase libre a todos los museos de la ciudad, que son muchos y costosos. Después de unos días a pura imprenta artesanal y venta de libros, salimos a las calles con hambre de historia, dispuestos a empacharnos. De los museos religiosos que abundan en la ciudad, lo que nos deja boquiabiertos es la famosa Virgen de Guadalupe, conocida por ser la Virgen más rica del continente. Nuevamente me abstengo de caer en comentarios obvios acerca de la riqueza eclesiástica versus la pobreza circundante y me sumerjo en la infinidad de perlas y demás piedras preciosas que decoran esta imagen que data de 1610, y que de tanto peso debió ser enchapada en plata y oro para sostener las joyas. El resto de los altares podemos decir que tienen su belleza, aunque lo que a mí más me atrapa es la vista desde los techos más que el propio interior.

Estas mismas calles, que vistas desde el cielo asemejan a una prolija maqueta de estudiante, contempladas desde abajo se funden en un simpático laberinto de subidas y bajadas, veredas angostas y finos balcones de madera que maquillan cada esquina. Poco a poco vamos ganando terreno en la ciudad, que se nos hace familiar con el correr de los días, hasta transformarse en nuestra Ushuaia boliviana, sitio en donde también estuvimos a punto de ser llamados residentes.

El no tener apuro tiene un dulce sabor que sabemos disfrutar, y así intercalamos paseos de turistas con largas charlas hogareñas, especialmente con Pieri y Amaru, con quienes aunamos ganas de cambiar el mundo y fantaseamos cada vez más con huir a las poblaciones vecinas de Sucre. Porque aunque esta sea una ciudad colonial, no deja de ser Bolivia, rica en cultura, folklore y tradición. Por eso decidimos dejar un poco de lado las visitas religiosas y pasamos una tarde en el Musef (Museo de Etnografía y Folklore) en donde una rotunda colección de máscaras, expuestas de manera interesante, despliega la variedad y la historia de los carnavales del país. Hay todo tipo de máscaras expuestas en la oscuridad sobre paños negros, con luces focalizadas de manera que algunas hasta dan miedo…

Después de unos cuantos días nuestros planes de caminata van tomando forma, pero los próximos festejos del Primer Grito Libertario de América nos invitan a quedarnos, y no oponemos mucha resistencia…

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Laura Lazzarino

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