Habiendo cumplido nuestro objetivo personal en la Ruta del Che, emprendimos el camino a Sucre desde el pequeño pueblo Pucará. Con dos posibilidades sobre la mesa –seguir rumbo sur o dar toda una vuelta por el norte – optamos por el camino nuevo y nos propusimos hacer dedo hacia Villa Serrano. Pero pronto descubrimos que debido a las lluvias el paso estaba casi intransitable, y cambiamos de planes.

Tras varias horas de esperar en vano, la ansiedad nos ganó y rompiendo con nuestras propias reglas decidimos tomar un bus hasta la ciudad de Vallegrande. Sentados en el último asiento, el relax de estar en movimiento no duró demasiado: mientras la ruta empantanada nos hacía marchar lento, yo me preguntaba por qué cuernos el conductor iba siempre por el carril contrario en vez de apegarse a la montaña. No tuve tiempo de averiguarlo, de un momento al otro vi desde mi ventanilla como el plano se inclinaba, las ruedas bajo mi asiento patinaban y el fondo del precipicio se abría a mi izquierda. Me paré de un salto y sin que nadie me lo pidiera busqué bajarme del micro a toda costa con el resto de los pasajeros luchando por lo mismo. Abajo, toneladas de barro suelto se pegaban en mis suelas. Los inexpertos choferes y ayudantes trataban de salvar el bus de la caída y el resto de la gente se abría paso en el camino, adelantándose. A paso lento, avanzamos todos en fila india unos cuantos metros hasta que vimos a nuestro vehículo acercarse, nuevamente al filo de la montaña. No hubo tiempo para intentar subir, otra vez el bus amagó con rodar barranco abajo. En esta oportunidad no pude persuadir a Juan de seguir al resto en su marcha pantanosa y oyéndolo repetir nerviosamente “Se va a caer, se va a ir a la mierda”, me quedé yo también mirando. El cuadro era desalentador.

El chofer hacía fuerza desde su asiento y tres ayudantes luchaban por desenterrar las llantas viendo como medio cuerpo del bus asomaba al vacío. A esa altura sólo podía pensar en la complicación de perder nuestro equipaje en aquellas circunstancias. Recurrí al viejo y hasta ahora infalible método de mi abuela, e invoqué al Padre Santo (palabras que utilizamos en casos extremos, como si fuera un Abracadabra evangélico con poderes de sanación). Con el corazón queriendo escaparse del cuerpo y el aliento también retenido, sufrí unos cuantos minutos al lado de Juan hasta que finalmente el bus retomó su inestable camino y todos se volvieron a subir como si nada hubiese pasado. Nosotros ya habíamos tomado la decisión, si los demás querían jugar al equilibrista a bordo de una máquina vieja conducida por un casi adolescente, allá ellos. Nosotros seguiríamos a pie hasta y acamparíamos. Cuando recuperé mi mochila una parte de mi volvió a mi cuerpo. Indignados nos rehusamos a pagar el boleto (lo cual es una forma de decir, porque no existe papel tal), y se ve que la pereza del chofer pudo más que sus ganas de cobrar, porque no quiso bajar a seguir peleando y se alejó. Nosotros hicimos lo mismo, con los nervios aún en la nuca, los pies helados y las mochilas encima todo el tiempo. Con la tranquilidad de tener agua, carpa y comida, seguimos nuestro paso lento pero firme. El episodio recién vivido había sido extremo, pero nada novedoso. Algunos choferes bolivianos y los peruanos se caracterizan por ese ego “supermaniano”, que hace que conduzcan como si fueran invencibles y ganadores. Así es común ver en los diarios que tal o cual micro desbarrancó, al punto que las noticias ya pasan casi desapercibidas. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza siempre con la misma piedra… Nosotros procuraremos no volver a hacerlo. Porque aunque se tratara de un caso común, también lo vivimos como una advertencia hacia nosotros, que nos prometimos no volver a romper las reglas nunca más. Al fin y al cabo el universo nos había dado ya suficientes pruebas de que siempre, siempre, algo sucede para bien. Y apegándonos a esto caminamos tranquilos, hasta que desde lejos el ruido de un motor nos provocó una mirada cómplice. No fue necesario hacer demasiadas señas, tal vez sorprendido por nuestra presencia, el hombre frenó y nos invitó a subir. Que el vehículo fuera más pequeño y su conductor más mayor nos dio más seguridad que el bus y pronto estuvimos en la ruta. Nos acompañaba una tímida chica a la que se le unieron dos borrachos que treparon dificultosamente a la caja. Tambaleantes por el camino y por su propia circunstancia, uno de ellos se lamentaba en voz alta que su mujer lo iba a matar, pues lo había mandado a comprar papas y regresaba a la casa sin siquiera una (no hacía falta preguntar por qué…) El otro, que se reía de la pena de su amigo, le aconsejaba que le dijera a su señora que simplemente no quedaban más papas en el pueblo. Aunque el alcohol había hecho lo suyo, el hombre estaba cuerdo como para concluir que su mujer descubriría pronto la mentira, y que decirle que se había ido a ver las vacas era también increíble, teniendo en cuenta el barro y la espesa neblina. “¡Qué vacas voy a ver, compadre, si ni la punta de mis zapatos veo con esta niebla! ¡Mi mujer es una bruja, pero no es tan tonta como para creerme, y me va a matar!”. Más tarde pinchamos una rueda, y mientras uno le gritaba al chofer que girara la llave a la izquierda el otro hacía esfuerzos para mantenerse en pie y contradecía enfáticamente a su amigo. Los resoplidos del paciente conductor luchando con la cubierta en el barro lo decían todo. Cuando nos pusimos nuevamente en marcha uno de ellos le preguntó a Juan si yo estaba en venta, “No nos importa que sea flaquita porque no la queremos para abrigo, la queremos para que nos cocine, porque mi mujer no sabe cocinar”. El chiste ya no me hizo tanta gracia, y apiadándose de la otra pobre chica que se la veía venir, Juan salió en defensa de ambas y los borrachos se calmaron, tal vez al sentirse avergonzados o quizá porque de la embriaguez que tenían lo vieron doble a Juan y pensaron que era grandote…o terriblemente alto!

En Vallegrande hicimos noche, y al día siguiente retomamos camino. Costó esquivar el desfile de taxis, pero finalmente una pareja de Santa Cruz nos alcanzó hasta el cruce de Mataral. Con las curvas no me llevo nada bien, pero el estado en el que me bajé del auto iba más allá de los violentos y recientes volantazos. Nauseas, frío, dolor de panza y un temblor en el cuerpo que sencillamente no podía controlar. Sabía que debíamos seguir, pero simplemente no podía. Viéndome en ese estado, la pareja del auto regresó pronto con antigripales y agua caliente. Mucha gente se acercó a verme, pero me sentí más un espectáculo que otra cosa, porque bastó que Juan pidiera ayuda para que el publico de disipara y nos quedáramos nuevamente solos. Esta vez el problema no era el tiempo, sino el dinero. Habíamos calculado mal los tramos y ahora nos encontrábamos con tan solo 80 bolivianos. Mi estado de desesperación por meterme en un cama no logró conmover a la dueña del único hospedaje que a regañadientes nos rebajó unos pocos pesos el cuarto, invirtiendo así la mitad de nuestro dinero en dormir. Juan estaba preocupado. Yo, que ya me conozco bien, estaba segura de que sólo necesitaba un día de sueño, porque esta fiebre y tembleque no eran más que resultado del frío y los nervios del día anterior. Así me dormí toda la tarde, mientras Juan me ponía paños fríos y me cuidaba desde la cama contigua.

Al día siguiente no quedaba más remedio que salir. Aunque no me había recuperado del todo tenías energías suficientes como para seguir avanzando, por lo que nos apostamos esperanzados en el peaje. A diferencia de lo que esperábamos, las horas pasaban sin suerte. Y no precisamente porque no hubiera transito. Sucede que en Bolivia, el favor con favor se paga, siendo este último traducido a términos económicos. Por lo tanto, desfilan camiones delante nuestro, algunos con carga, otros vacíos, que simplemente se rehúsan a llevarnos de manera gratuita. Hay quien argumenta que llevándonos a nosotros tienen más gasto de combustible, otro que se ofrece a llevarnos al cajero. Los 20 bolivianos que tenemos en el bolsillo ni siquiera alcanzan para pagar lo que los choferes nos piden y a mi malestar general se suma la bronca de verlo a Juan pedir por favor y que los vehículos sigan de largo hasta Sucre con total indiferencia. ¿Dónde quedó el sentido de hospitalidad en este país? Escucho comentarios errados, y tengo que salir a defender mi nacionalidad explicando que NO somos gringos, que Argentina es tan sudamericana como Bolivia y que en caso de ser gringos también merecemos ayuda. Es que claro, somos muy blanquitos para no tener dinero…

Así pasan las horas, mirando una remake patético de Karate Kid, desde un pequeño TV de la caseta de peaje. Quiero salir de ese maldito cruce. Juan se va en busca de un camión que acaba de frenar en un comedor y desde allá me hace señas. Primero nos dicen que nos llevan hasta Sucre, para luego enredarse en sus propias palabras y hacernos creer que entendimos mal (algo tan típico en los arrepentidos discursos de esta gente), y que nos dejan en Aiquile, a mitad de camino. Sin dinero, no estamos en posición de negociar. Me trepo a la caja del camión con esfuerzo y mientras Juan carga con todo el equipaje veo venir corriendo a la misma cholita que a la ida nos había vendido las galletitas. Nos estira la mano y nos dice “Para que al menos puedan almorzar”. Nos da unos paquetes de Club Social, y entre medio dobladito un billete de 10 bolivianos. No podemos aceptar el dinero, pero agradecemos las galletas tanto como el gesto. Estos giros inesperados son los que hacen tambalear las ideas: cómo es posible que un camionero no quiera dar ayuda que no tiene costo para él y a la vez una mamita para quien 10 bolivianos es mucho dinero no dude en darnos una mano….

Las bolsas de azúcar oficiron de colchón, y mientras Juan disfrutaba del casi estático paisaje (una tropa de caracoles hubiera más veloz que nuestro desvencijado camión), yo me metí bajo las bolsas de dormir a esperar que el tiempo pasara. No volvimos a tener contacto con los choferes, que se bajaron a cenar y a comprar cosas en repetidas ocasiones sin acordarse de nosotros. Cuando llegamos a Aiquile nos anuncian la llegada con un golpe en la caja y ni bien bajamos continúan su camino a Sucre. Nosotros ya en la civilización tomamos un hotel y al día siguiente volvemos a cambiar dinero. Ya con menos enfermedad y más tranquilidad apuramos el paso hacia nuestra tan ansiada Sucre, pero nos damos cuenta de que sin importar lo temprano que salgamos, el panorama se repite. Los traxis zumban como moscas sobre la miel y hartos de bocinazos insistentes le gritamos a uno que pasó por tercera vez, que simplemente ¡NO tenemos dinero!. A veces me pregunto si nos se me verán los brazos. ¿Pensarán que soy manca? ¿Qué si quiero un taxi no puedo levantar la mano? El taxista frena, y nos extiende 20 bolivianos. Le explicamos que no tenemos dinero para pagar el taxi, pero que estamos bien, y cuando le damos el billete de vuelta se rehúsa a aceptar, acelera y ya no vuelve a pasar. A esta altura, no entiendo nada. Dos veces la misma secuencia en menos de 24 hs, contrarrestando la falta de hospitalidad espontánea del resto de la gente…

Nuestro rescatista esta vez fue un Testigo de Jehová francés, que nos dejó en una camino de tierra, con unas cuantas Atalaya! para entretenernos. Nos recogió un camionero de acento pausado que ante nuestra historia sonríe y nos asegura que Sucre sólo está un poco más allá. Pero cuando al doblar una curva nos topamos con un ciempiés de camiones varados, ese “más allá” otra vez se hace eterno. ¿Será que Sucre se está haciendo desear más de la cuenta? El motín igualmente llega a su final pronto, y con una palmada en la espalda un dirigente nos alienta “No se preocupen gringuitos que ya llegan”… Evidentemente cargamos con portación de cara.

Cuando de noche el camión se acerca a nuestro destino, descubrimos un colchón de estrellas bajo nuestros pies. La ciudad resplandece como diamantes sobre un manto negro. A nuestra derecha, un tiranosaurio nos muestra sus dientes de yeso y yo respondo el saludo. Finalmente hemos llegado.

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Laura Lazzarino

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