Entre los puntos indiscutibles que Juan y yo habíamos seleccionado para nuestro paso por Bolivia, la recientemente popular “Ruta del Che” no terminaba de ganarse un lugar definido y no podíamos siquiera ponernos de acuerdo en los motivos. A mí personalmente el ícono de su rostro con la estrella de fondo siempre me despertó contradicciones y fue quizá ese el motivo por el cual me rehusé siquiera a leer su historia.

Una barrera estúpida y personal, lo reconozco, pero barrera al fin. Sucede que en mi casa jamás hubo demasiado interés en el tema y mi primer contacto con su retrato sonriente vino de la mano de una de las familias vecinas de mi barrio, tan vecinas como capitalistas. Era chica, pero no lo suficiente como para dejar entender que ya desde el comienzo había ciertas contradicciones en esa gente que adornaba sus casas con fotos y cuadros del Comandante, pero era incapaz de compartir siquiera un bidón de leche con mi mamá (porque claro, el lechero tenía preferencia por los profesionales y ellos aclamaban que ya la habían reservado con anticipación). Desde ese pequeño ejemplo en adelante, todos mis encuentros con el personaje fueron idénticos: los compañeros de colegio privadísimo forrando carpetas con su rostro y sus frases y maltratando a las mucamas paraguayas, los compañeros de facultad entendiendo la revolución como fumar tanta marihuana como fuese posible para luego agitar la remera en cualquier recital de rock con el mismo énfasis con el que alguna vez La Sole revoleó el poncho. De esta manera, como si fueran tres fotografías cronológicas, puedo explicar por qué nunca me había interesado la historia. Supongo que tal vez temía que si me interiorizaba y llegaba a atraparme no podría luego expresar mi parecer por miedo a que me confundieran con todos esos, a quien siempre he considerado “ignorantes levanta banderas”.

Pero estando aquí, tan cerca de este ícono histórico, resolvimos que valía la pena seguir el gringo trail (aunque con nuestro estilo, como siempre) y ver con qué nos encontrábamos. Desde Samaipata partimos entonces rumbo a Vallegrande, primera estación. Aunque ésta debería ser el punto final, puesto que aquí es donde se exhibió el cadáver de Ernesto Guevara a la prensa, las rutas están dispuestas para que sea la primer visita y entonces empezamos el cuento de atrás para adelante. No está mal para mí, y hasta quizá tenga sentido…

El encargado de acercarnos el primer gran trecho es Jaime, un camionero de rasgos tallados como si su rostro fuera de noble madera. En la puerta de su camión la emblemática imagen del Che, mirada hacia el infinito y estrella de fondo. Pero esta vez no se trata de alguien que lleva su estampa con la misma actitud que me he cansado de presenciar. Jaime luce orgulloso su tatuaje de la hoz y el martillo en su hombro y comparte bastante de la ideología revolucionaria como para justificar su comunista decoración. Haciendo honor a esta ideología se apresura en aclarar que no piensa cobrarnos, y ya una vez a bordo nos cuenta de su vida. Jaime está conforme con el gobierno de Evo “porque hay más trabajo y más educación para todos”. Impredeciblemente este hombre tiene mucha experiencia viviendo como inmigrante en Europa del este, ni más ni menos que desempeñándose como mecánico de barcos (insólito para alguien que proviene de un país sin costa). Pero tras años de trabajo prefirió volver a su Bolivia natal “porque nosotros somos como pajaritos, necesitamos estar libres, y en Europa viven todos enjaulados”. Me cae simpática la metáfora…

Jaime nos deja en el cruce de Mataral. Allí una simpática cholita nos intenta convencer de que es más conveniente que almorcemos en el comedor frente al cual tiene su puesto a seguir comprándole paquetes de galletitas. Pero nosotros insistimos y con unas cuantas Club Social en la mochila nos subimos al siguiente camión que lentamente nos acerca hasta Vallegrande. Desde la distancia el pueblito se ve como un montón de tejados rojos dispuestos sobre la montaña, que se van abriendo a medida que avanzamos con nuestras mochilas. En la plaza central los diarios de viaje de Che de despliegan sobre mesas junto a libros del Kamasutra, Paulo Cohelo y Agatha Christie. Y aunque nuestra atención viene muy focalizada pronto se desvía frente a una situación insólita. Si ya habíamos hablado de la situación cambas – collas, en Vallegrande parece existir otra estirpe de categoría. Y es que por razones aún no descubiertas la ciudad tiene un fuerte convencimiento de ser descendiente de mejicanos. Rancheras en la radio, sombreros amplios y bigotes poblados todos amparados bajo la confusión de que los conquistadores que llegaron a esa zona bolivina venían en parte de México; por ende se fusionaron las culturas y sangre mariachi corre por sus venas. Por si las dudas una cholita me ofrece refresco de tamarindo… 😐

Dividiendo nuestra curiosidad entre los últimos días del Che y esta extraña historia pasamos nuestro tiempo en Vallegrande intentando develar el misterio. Más allá de cualquier relato algo quedaba muy claro: allí no había habido demasiado mestizaje con los pueblos aborígenes. Pieles tersas y blancas, ojos claros y una fuerte marca española dejaba entrever parte del pasado, aunque los genes mejicanos no estaban demasiado esclarecidos. Las historias de colonizadores con burritos y tacos no era muy convincente, pero preguntando logramos dar con alguien quién con honestidad logró aclararnos las dudas, confesando que aunque a la ciudad se la conozca como Mejico Chico, ninguna lazo real la une a la cabecera latinoamericana, sino más bien simples coincidencias. Los instrumentos musicales similares comenzaron la falsa leyenda y la necesidad de diferenciarse acrecentó el deseo y el mito que los lleva hoy a copiar vestimentas y canciones.

Esclarecido el asunto retornamos nosotros a lo nuestro, y como visita obligada vamos hasta el hospital en donde se encuentra la famosa “Lavandería”, sitio en donde el cuerpo fallecido del famoso revolucionario fue mostrado con orgullo propio de un cazador a la prensa mundial. Como bien dije, nunca fui devota de este santo popular, aunque confieso que al ver este sito se me puso la piel de gallina. Imposible no reconocer este cuarto, y más imposible aún permanecer indiferente ante los cientos de leyendas que decoran el pequeño santuario montado en el lugar. (Sonrío con soltura al encontrar al rosarino Pochormiga entre los grafittis).

 

Este me gusta por la sinceridad:

Aquí lo exhibieron como si de un trofeo se tratase. Se dice que algunas mujeres locales lo encontraron parecido a Cristo y le cortaron mechones de pelo como símbolos de protección. Se dice también que una maldición cayó sobre los asesinos, que murieron al poco tiempo de cumplir la ejecución. Lo que no se dijo durante mucho tiempo fue el sitio en donde sus restos habían sido enterrados, y recién en el año 1997 médicos cubanos lograron rescatarlo y se lo llevaron a Cuba, único lugar en donde su revolución tuvo éxito.

En Vallegrande la relevancia del monumento pareciera no ser de importancia y de hecho si uno no viene bien informado hasta se podría decir que el sitio pasa desapercibido. Apenas algunos turistas sacan fotos mientras un grupo de hombres juega al fútbol junto a la lavandería, completamente ajeno al hito histórico.

Nosotros seguimos camino, esta vez con destino a Pucará, pueblo de paso obligado para visitar La Higuera, punto de la ejecución. No me atrae, a decir verdad, pasear por el lugar en donde alguien fue ejecutado, pero hacia allá vamos. El sinuoso camino de montaña pone a prueba cualquier sensación de vértigo y a medida que ascendemos entre nubes y verdes campos la temperatura desciende abruptamente. Pucará es apenas una plaza y algunas calles aledañas.

Ya es tarde y tendremos que esperar hasta mañana para seguir. El frío humedece los huesos y un mal cálculo en el cambio nos obliga a cuidar nuestro dinero, impidiéndonos pagar por los recientemente improvisados hoteles. Buscando refugio nos sentamos en “Varadero”, un pequeño bar-comedor cuya calidez resalta notoriamente. Allí somos recibidos por Yuma, su dueña, quién no tarda en interesarse por este par de mochileros. A ella le contamos nuestra historia mientras nos prepara un té y sus hijas juegan alrededor de las mesas. Yuma nos trae las tazas calientes y dos humitas de regalo “porque yo sé lo que es andar con los bolsillos apretados”. Uno pequeño bocado de maíz, un gran gesto de humanidad. Era justo el mimo que mi alma andaba necesitando. Sonrío con alivio, la calidez que se desprendía de la puerta de este lugar era real. Yuma se queda encantada con la historia, viendo nuestros recortes y fotos. Pregunta entusiasmada, se nota que este pueblo le queda chico. Cuando llega la hora de la cena pedimos un plato para compartir y al momento de pagar nadie quiere venir a cobrarnos. Es más, recibimos hasta unas disculpas por no poder alojarnos en su casa. Agradecemos semejante gesto obsequiando una de nuestras fotos, mis manos de la India se quedan junto a retratos del Che y yo me siento feliz.

Cuando es momento de dormir el frío se hace fuerte e intentamos probar suerte con una pequeña pensión que, según el consejo de Yuma, podría bajarnos el precio a la mitad. Su dueño se disculpa por no tener más cuartos disponibles, pero nos deja acampar en la recepción y nos trae unas cuantas frazadas. Más hospitalidad bienvenida.

El día siguiente nos recibe con una espesa neblina cubriéndolo todo, pero aún así decidimos emprender marcha hacia La Higuera. Sin embargo, en una de esas vueltas inciertas, los planes cambian repentinamente. Buscando donde comprar agua para el viaje descubrimos la puerta de una humilde casa abierta de par en par, en cuya pared de fondo reluce un pequeño santuario al Che. Se trata del hogar de Conrado, un hombre muy educado que no tarda en invitarnos a pasar.

El hogar de este hombre tiene techos bajos y paredes de adobe, con una puerta en la que se distinguen las iniciales de su suegra, quien les dejó la casa. Conrado empieza su historia contándonos que cuando Ernesto Guevara vino por estas remotas tierras nadie lo conocía y todos le desconfiaban. Se atribuye, sin embargo, haber tenido fe desde el comienzo en ese desconocido de barba que venía a liberarlos de una opresión de la que no se sentían víctimas. Confiesa haber querido unirse a sus tropas, y se lamenta de su infortunio, que habiéndolo dejado huérfano de padre y responsable de madre y hermanas le impidió cualquier cosa que no fuera trabajar para mantener a la familia. Dice que por eso no estudió, aunque su forma expresarse pareciera demostrar lo contrario. Conrado habla sin prisa, con la mirada fija y profunda, y mientras me deleito con los murales y los recortes que cuelgan de su pared, nos relata su versión de los hechos. Cuenta que era muy joven cuando las tropas despobladas del Che se acercaron a su tierra. Él quería unirse en su lucha, pero Pucará estaba sitiada, y nadie podía salir ni entrar sin ser visto por los soldados. Así que esperó. Las noticias se mezclaban con los rumores y “advertencias-amenazas” por parte del ejército, que les aseguraba a los campesinos que los guerrilleros venían a matarlos y a quitarles sus tierras. Cuando se corrió la voz de que finalmente habían matado al Comandante, Conrado no quiso hacer caso, hasta que vio los cuerpos de los otros guerrilleros pasar destrozados a lomo de mula. Ahí supo que las cosas andaban mal, y poco después lo confirmó cuando un helicóptero cruzó el cielo llevando el cuerpo de Ernesto Guevara.. Aún hoy su voz transmite pena. Dice que el Che fue inteligente y que se entregó porque sabía que la pena máxima eran treinta años, no la muerte, pero que los soldados bolivianos fueron traicioneros y lo mataron igual. Conrado menea su cabeza en señal de desaprobación y se lamenta imaginándose lo distinto que todo sería si la revolución hubiera tenido éxito, aunque presiente que eso habría sido casi imposible. No estaban dadas ni las condiciones sociales, puesto que los campesinos pobres estaban conformes con su situación y una revolución requiere de disconformidad y deseo de cambio. Además los dos mil hombres que en teoría iban a esperarlo de pronto se redujeron a sesenta y así la situación fue de mal en peor. Aunque en las últimas entradas de su diario el Che aún afirmara que todo iba en camino, hoy pareciera que esa declaración fuese más una sentencia de esperanza que una aseveración concreta…

Cuando la historia llega a su fin Conrado vuelve a lamentarse de la idiotez del gobierno boliviano que en lugar de hacer un mausoleo como correspondía y dejar en paz a los resto del Che en su lugar de muerte, regaló el cuerpo a los médicos cubanos perdiéndose la oportunidad de albergar ícono histórico tal y de recibir más visitantes en esas tierras. Luego se aleja por una pequeña puerta y regresa con una caja llena de papeles desordenados. Hay sobres de todo el mundo: Rusia, España, Italia. Son otros viajeros como nosotros que se han quedado encantados con este hombre y le envían fotos y cartas. Son muchos y es impresionante ver cómo el muro se mantiene intacto con el correr de los años, visibles a través de las arrugas que fotos tras foto van poblando el rostro de este noble hombre. Revisando con respeto su correspondencia nos quedamos conversando con él el resto de la mañana y pronto descubrimos que seguir hasta La Higuera había perdido sentido. Vale más el testimonio de este hombre que una foto a paredes mudas y a un monumento armado para el turista. Nos sentimos satisfechos con haber podido compartir con él sus memorias en el resguardo de su casa. Nosotros nos despedimos con un fuerte abrazo, no sin antes prometerle que también le mandaríamos nuestras fotos. “Si no estoy vivo, aunque sea para mis hijos, que ellos puedan tener ese recuerdo noble de mí”.

Dejamos Pucará contentos con el descubrimiento. Yo particularmente no me aventuro aún a imaginarme como sería esta realidad si el pasado hubiera sido distinto. Lo que sí puedo asegurar es que me falta aún mucho por aprender, y que poco a poco, con gente como Jaime y Conrado, mis barreras y prejuicios van cayendo para dejarme ver otros horizontes.

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Laura Lazzarino

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