Entrando por una ruta que no es la del típico cruce La Quiaca-Villazón, la impresión que Bolivia me ofrece dista un poco del recuerdo colorido de mi primer viaje, en donde un enorme cartel me daba la bienvenida al país, mientras cholitas y empleados hormigas corrían de aquí para allá cargando enormes bolsas de mercadería. Aquí no hay cartel, ni cholitas, ni bienvenida. Las sonrisas del oficial de migraciones tienen prohibido asomarse a la puerta y casi apretando los dientes mientras nos analizan como si fuéramos aliens, nos dan 90 días en nuestros pasaportes. No corre la misma suerte el chileno que se encuentra detrás nuestro, a quien le restan una semana por cada rasta que cuelga en su cabeza. Siendo obligado a mostrar sus tarjetas de crédito, dólares y demás pertenencias como prueba de inocencia migratoria, consigue apenas 30 días de visado sellados con muy mala gana. A simple vista tiene más dinero que nosotros, pero mucha menos presencia… Me cuesta reprimir los primeros pensamientos que me vienen a la mente frente a esta situación: he visto este tipo de situaciones en fronteras de países ricos en donde son iguales de molestas, sólo que en este caso en particular no puedo dejar de pensar en los millones de bolivianos que viven ilegalmente en los países que vecinos y a quienes nadie les exige demostrar sus ingresos ni abandonar volverse a su casa al mes de su entrada. Me da pena por el chileno que decepcionado nos cuenta que pensaba quedarse hasta el solsticio del Titicaca, en dos meses. Que se entienda: no tengo nada en contra de los inmigrantes, al contrario, lo que me molesta en todo caso es la no-reciprocidad.

A bordo de un bus que de muy mala gana nos alzó sólo porque se lo pidieron los policías, se nos informa que nos van a dejar en Villamontes. No pagamos boleto, pero el chofer se encarga de revolcarnos bien las mochilas por la tierra antes de irse… La amargura dura poco, igualmente. Nos sentamos en un pequeño comedor a almorzar y redescubro aquello que mi mente ya casi tomaba como una antigua percepción nublada. En Bolivia comer no es un placer, es un derecho.

Mientras que los argentinos aceptamos silenciosos que los precios de los alimentos sean astronómicos, mirando dos veces el código de barras antes de agarrar el producto de la góndola, en Bolivia se puede comer un plato rico y nutritivo por apenas $6 (pesos argentinos, no dólares). La noción de restaurante como servicio de lujo queda relegada a aquellos establecimientos destinados a turistas. En este país cualquiera puede comer fuera de casa, en el mercado o en comedores, a veces compartiendo la mesa con comensales de otra clase social, sin prejuicios. La necesidad básica de alimentación nos hermana. Podremos no tener el mismo par de zapatos, pero todos tenemos la misma hambre. Y esta costumbre de la mesa frente a la cocinera, a la vez vendedora y camarera, es un gran alivio para quienes detestamos comer solos. Es verdad, acá no existe ni bromatología, ni AFIP, ni DGI. Pero no se hasta que punto la existencia de esas siglas elegantes y a la vez indeseadas justifican que para comer algo fuera de la oficina o lejos de casa, uno tenga que dejar el 2% o el 3% de su sueldo en cada plato, o pensarlo dos veces… Por eso nos sentamos gustosos y por apenas unas monedas nos sirven un ají de lengua excelente.

 

Ya con la panza llena y el corazón igual de contento, emprendemos nuestro paso hacia el peaje (o “tranca”, como los llaman aquí) en busca de nuestro próximo corcel. La idea es llegar hasta Santa Cruz, pero por la hora que se ha hecho nos conformamos con llegar hasta Camiri, próxima ciudad en el mapa. Desde la fila de vehículos un camionero nos hace señas y nos invita a acompañarlo. No es el típico boliviano que la CNN nos muestra en cada noticia, con sus rasgos indígenas socavados por el tiempo y la mirada esquiva bajo el infaltable sombrero de ala. Esta es la otra Bolivia, la del oriente, menos popular. Eso sí, no falta ese pequeño detalle que nos confirma a cada inhalación que estamos pisando suelo boliviano: el aromático bolo de coca. Con una sonrisa grande nuestro chofer habla a la vez que se las arregla para manejar y gesticular a la vez. Es “camba de pura cepa”, como se define, haciendo referencia a su origen santacruceño. No llevamos ni un día en este país y ya afloran esas diferencias que este gobierno plurinacional se ha encargado de remarcar una y otra vez. La rivalidad Santa Cruz vs. Altiplano tiene, a primera vista, un fuerte fundamento económico: lo que se produce en la región alimenta al resto del país. Pero el dinero no lo es todo. Mientras que el estereotipo de Bolivia que es vendido al mundo es el de la famosa cholita, con sus largas trenzas negras, polleras acampanadas y sombrero masculino; la Bolivia oriental nada tiene que ver con la aborigen del altiplano y por ende la identificación es nula. No es difícil descubrir una cierto desaire hacia los indígenas, en parte percibiendo sus rasgos diferenciales como un ataque a la identidad oriental, en parte fruto de la incomprensión cultural.

 

Nuestro conductor habla con soltura, con palabras y oraciones que parecieran haber sido reprimidas a lo largo de todo un viaje solitario y que ahora se pelean por llegar a nuestros oídos. Se mofa de los collas, de la increíble capacidad de trabajo que tienen algunos contrapuesta a su incapacidad de progresar (entendiendo el progreso como la compra compulsiva de todo tipo de artículos de mercado). En su discurso pareciera distinguir a dos tipos de ellos: los que emigran en busca de oportunidades y aquellos que se sientan a esperar que el Estado les provea. Algunas partes de su oratoria son cómicas, otras se me hacen tendenciosas y otras parecen simples quejas a una versión boliviana de peronismo que puedo comprender a la perfección. De todas formas no deja de ser un fiel reflejo de la sociedad a la que estamos por visitar, y de la problemática reinante de hoy en día. Su descripción de Evo Morales es simple: es el mayor narcotraficante de Sudamérica. Lo dice sin miedo ni rodeos, y hasta riéndose de las estrategias que según él los medios tienen para disfrazar la situación.

Cuando el monólogo político pareciera agotarse nuestro interlocutor, bolo de coca en la boca y cigarrillo en mano, se mueve hacia otro campo de la historia nacional para hablar ni más ni menos que del Che Guevara. Supongo que quizá habrá esperado que siendo argentinos tuviéramos una opinión bien formada al respecto. No la teníamos hasta entonces, pero en caso de haberlo hecho no hubiese importado demasiado: su discurso también era contundente y bastante similar al de todos los que hemos oído hasta ahora: tenía buenas intenciones, pero con eso no le alcanzó; el gobierno sabía mejor que él lo que estaba haciendo. Según este conductor “venía a querer liberar campesinos que no se sentían esclavos de nada, y entonces lo miraban desconfiados, sin saber quién era”. Claro que en un punto la puja con la gente del campo retomó su curso y la historia concluyo con un “es que no se puede confiar en ellos, te van a traicionar, y eso fue lo que hicieron con él, porque no son hombres de palabra”.

Con todo este hervidero de ideas nos bajamos en Camiri minutos antes de que se escondiera el sol. Pienso en los mochileros que cruzamos en el bus de la mañana y no entiendo cómo pueden transportarse pasivamente, de aquí para allá, y perderse discursos como el de recién. No me digan que viajar a dedo es aburrido…

Ansiosos por una ducha y una cama llegamos al Residencial Londres, a pocos metros de la plaza principal. Casualidad o destino, esta fue la bienvenida que recibimos:

Y nos vamos a dormir, felices de ya estar en Bolivia.

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Bolivia tiene muchos lugares muy hermosos que ofrecer y sé que un viajero como tú los podría disfrutar aun más. La gente Boliviana (donde hay buenas y malas personas como en todo lado), sabe vivir sobre las diferencias de cambas y collas, gracias a Dios somos más las buenas gentes que disfrutamos cuando alguien de afuera se maravilla con lo que nuestro país puede ofrecer, espero puedas regresar y disfrutar de todo lo que Bolivia puede ofrecer a quien la visita

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