En uno de esos nudos interesantes que tiene la vida, resultó ser que a bordo del buque que nos llevó a la Antártida viajaba otro bicho raro como estos mochileros, proveniente de Paraguay. Adolfo compartió con nosotros los sacudones del Drake violento y quizá, en una especie de hermandad que se formó entre los hispanoparlantes de aquella travesía, resolvimos visitarlo ni bien llegáramos a Asunción. Unos días antes de entrar en su país nos sorprendió con un interesante regalo: saldríamos de excursión por el interior del Paraguay a bordo de una tour llamado “200 años de historia en 2 días”. Un muy buen gesto de su parte, sabiendo que estábamos interesados en poder conocer más en detalle la historia de su país, especialmente en vísperas del Bicentenario. Aunque no es nuestro estilo contratar paseos de este tipo, de más está decir que nos predispusimos a disfrutar. Además me interesaba en lo personal experimentar un poco la actividad del sector en este país, tan esquivado de los circuitos mochileros y con una cultura tan viva.

Para comenzar el tour el punto de reunión fue la misma agencia, un sábado de madrugada. Como era de esperarse la mayor parte del público era local, lo que fue una sorpresa agradable pues no es muy común que la propia gente se interese por su historia. Nos subimos al micro con los primeros rayos del sol y partimos. Dado que fuimos los últimos en abordar nos tocaron los asientos de atrás, lo que hizo que fuera algo difícil escuchar lo que se hablaba por el micrófono. Sin embargo a unos veinte minutos de haber iniciado el viaje escuché lo siguiente de manera clara: “Bueno, como los que siempre nos acompañan saben, nosotros no tenemos ningún guía encargado” En ese momento me incorporé en mi asiento, pues se sabe que las aclaraciones de vital importancia se suelen hacer ni bien comienza el tour, y podía ser que esta fuera una de ellas. El guía prosiguió: “Por eso antes de cada viaje nos encomendamos al Único guía, al Supremo y único responsable de todo: DIOS. Así que vamos a pedirle que guíe a estos choferes por el camino indicado, que bendiga la información que le damos a estos pasajeros, que nos lleve por la ruta correcta de ida y de vuelta, que bendiga este autobús y sus neumáticos y que podamos hacer todas las excursiones detalladas en el programa. Amén.” 😐 Bien, eso sí que nunca me había pasado. ¿No será que Dios tiene asuntos más importantes que indicarle el camino a los choferes de ida y de vuelta? (De última a la ida te lo muestro y a la vuelta acordatelo!) ¿Escuchó usted hablar de los mapas carreteros? En fin, aceptamos las bendiciones y con llantas celestialmente aseguradas seguimos viaje.

A nuestro paso los caminos de tierra colorada se abren como serpientes encendidas en medio de un manto verde. Los paisajes naturales exhiben su belleza y yo sigo preguntándome por qué será que el turismo no se desarrolla en este país. Mientras tanto se van presentando los guías, entre ellos profesores y licenciados en historia que enriquecerían nuestro paseo.

La primera parada es Yaguarón, una ciudad que fue núcleo de las misiones franciscanas. Suspendida en el tiempo y en su candor, el centro de este pequeño poblado es la iglesia San Buenaventura, austera en su apariencia pero con importantes decoraciones en su interior que datan de la época de las misiones, como los ángeles con facciones guaraníes o sus antiguos confesionarios. Siguiendo por calles de irregulares adoquines visitamos también el Museo del Dr. Francia, personaje ilustre en la historia del Paraguay y que a juzgar por las encarnizadas discusiones entre los guías, fue objeto también de interminables polémicas. Lo que queda claro es que fue su política proteccionista la que llevó al país a una prosperidad sin precedentes. De todas formas, aunque todo el contingente está principalmente interesado en estos atractivos nosotros disfrutamos del ambiente colonial, los árboles frutales y el empedrado antiguo.

El paseo sigue por otros sitios en donde se combatió por la Guerra de la Triple Alianza. En las explicaciones los argentinos somos los malos de la película. Aunque la historia en este caso nos deja como victimarios, el resentimiento con el que hablan los exime de cualquier culpa o responsabilidad. Por momentos pareciera que hablan de algo que pasó ayer, discutiendo con el mismo fervor con que otros hablan de fútbol.

En la parada para almorzar notamos que nuestra presencia ya había despertado curiosidad, y fue entonces cuando uno de los guías se acercó a preguntar sobre nosotros. Cuando le dije que había vivido en Rosario, su cara se iluminó como un arbolito de navidad. “¡¡¡Rosario!!! ¡¡¡La tierra del más grande de todos!!! ¡¡¡Ídolo de toda la historia!!!” Mientras me palmeaba la espalda percibí que estaba esperando mi complicidad, aunque honestamente no sabía a quién se estaba refiriendo. Pensemos: por la euforia de sus comentarios dudo que hablara Antonio Berni… A mi Fito me gusta mucho, pero de ahí al más grande de todos…Me la jugué por el clásico héroe latinoamericano:

– Ah sí, el Che nació en Rosario

– ¡¿Eh?! ¿Qué Che? ¡El Negro Olmedo!

Ahí su risa volvió a gobernar su rostro y como si fuéramos viejos compinches empezó a rememorar grandes épocas des Capitán Piluso o del Manosanta. Intenté explicarle que yo tenía sólo tres años cuando Olmedo le hizo ico caballito a un balcón, pero eso no pareció importarle. Allá siguió él con sus recuerdos de la adolescencia. Otro de los guías, tal vez viendo mi cara de imparcialidad, acotó que a él el humorista argentino nunca le había gustado, que no lo comprendía, tal vez porque sus chistes eran muy de la cultura nuestra. Un poco ofendido por tal acusación el presidente del club de fans del Negro exclamó:

¡Pero de qué diferencia cultural me estás hablando! ¡Una teta es una teta acá, en Argentina y en todos lados!

Y así proseguimos nuestro curso, con alguna mirada pícara del guía de vez en cuando, vaya uno a saber en memoria de qué chiste de No Toca Botón.

El paseo prosiguió por la ciudad de Sapucai, en donde se encontraban los talleres ferroviarios. Aunque los trenes dejaron de funcionar hace más de diez años, bajo este tinglado las máquinas reposan como si se hubiesen detenido ayer. Si los mochileros alucinan con el cementerio de trenes de Uyuni, en Bolivia, es porque no conocen este lugar. Tan abandonado está que hasta descubrimos un viejo mueble con órdenes de compra del año 75, recibos de sueldo y los números de la rifa de una vaquillona. Nostálgicamente hermoso.

Seguimos con destino Ybycuí, en donde se hallan las ruinas de La Rosadita, una antigua central de fundición de hierro en donde se fabricaban desde ollas hasta las balas de la guerra.

Finalmente y después de algunos otros paseos menores llegamos al hotel en donde además de comer un asado excelente nos hacen entrega de un diploma que certifica la asistencia a este tour. Por lo que hemos hablado con los guías, en materia turística el país carece tanto de infraestructura como de política gubernamental, por lo que todo se hace a pulmón. Yo veo a Paraguay como un diamante en bruto, con todas las riquezas listas para ser pulidas y ofrecidas. Un país con una cultura viva, que mantiene su lengua originaria, con una gastronomía diferenciada y gente tan amigable no puede ser esquivado tan groseramente. La falta de infraestructura no es una excusa: en países como Nicaragua o El Salvador las condiciones no son más óptimas y sin embargo se ven mochilas sueltas por todas partes. ¡Qué trabajo de campo se podría hacer con este lugar! ¡Tanto para ofrecer y tan poco desarrollo!

El día siguiente transcurre entre sitios de batallas y monumentos de la Guerra de la Triple Alianza, en donde Paraguay solito le puso le puso el pecho a Brasil, Argentina y Uruguay. Con intereses sajones comandando la jugada, en las últimas fases de la batalla mujeres y niños con bigotes dibujados enfrentaban a los enemigos con machetes, botellas rotas y agua hirviendo como único armamento. Para cuando finalizó el conflicto el país estaba tan devastado que quedaba un solo hombre por cada doce mujeres. Nuevamente los villanos se visten de celeste y blanco. Lo curioso igualmente es el tono que toma el relato. No se habla de algo que pasó hace más de cien años, sino de las hipótesis de cómo hubieran sido las cosas si se tomaba tal o cual decisión. Se debate no sobre la realidad actual producto de los hechos del pasado sino de cuan grandes podrían haber sido. El nosotros es inclusivo. Relatan como si ellos hubieran combatido y analizan los hechos en profundidad sin tener en cuenta quizá la ventaja que poseen: conocen el futuro que vino después. Llegamos a la conclusión de que en ese discurso hay una secreta voluntad de cambiar las cosas, como quien mira una película por segunda vez esperanzado de que el final sea menos triste. Y es entendible.

Lo bizarro del segundo día sucede, sin embargo, cuando estamos ya a punto de regresar. El bus arranca y vuelve a frenarse a las pocas cuadras. Bajamos pensando que algo se había roto pero pronto entendemos que en realidad había que seguir camino a pie. ¿Hacia dónde? Jamás saberlo. Avanzamos mucho por un camino angosto de tierra, entre quintas y árboles de pomelo y cuando ya estoy a punto de darme por vencida, llegamos. Resulta que el destino final era el mausoleo del Gral. Díaz, el mayor estratega del gobierno del Pte. López. Lo que nos encontramos es una pequeña pieza con paredes de adobe, techo de paja y sin puertas. Algunos viejos carteles indican el área destinada a recreo o juegos para niños, pero por la altura de los pastos es evidente que hace mucho que nadie pasa por aquí y apenas si se distingue la boca de un cañón en medio de los yuyos. Hace mucho calor y honestamente no tengo interés en entrar a un espacio tan reducido a ver un mausoleo, hasta que uno de los guías anuncia en voz alta que el cajón se puede abrir. ¿Eh? Impulsados por un morbo que no conoce de banderas todos nos metemos en la salita con una euforia jamás vista. Yo no puedo creer que sea cierto que vayamos a ver el esqueleto, pero cuando veo la tapa del cajón elevarse en brazos de un valiente me quedo estupefacta. Esto no puede ser cierto. El vidrio de la tapa se cae rompiendo el silencio y mientras unos huyen a los gritos alguien se encarga de abarajarlo por los aires. Me acerco cuando el tumulto se dispersa para ver el interior del cajón y me encuentro con un busto de metal que ostenta unos engruesados bigotes. ¿Y el cuerpo? ¿Y los huesos? ¿Y Candela? Ah no, el Sr. descasa en el Panteón de los Héroes en la plaza central de Asunción. Ajam…y seré curiosa, ¡¿para qué caminamos entonces 3km con calor y mosquitos en un país donde reina el dengue?! ¡Para ver el cajón! Porque resulta que el señor muerto era muy previsivo y mandó a comprar un hermoso ataúd donde pasar sus días eternos, pero cuando lo fueron a enterrar era tan pero tan lindo el féretro que les dio pena meterlo bajo tierra, así que cambiaron al difunto de sarcófago y este lo trajeron acá a su casa natal para exhibirlo…pasa que bueno, hace tantos años que está acá que ahora luce como un pedazo de madera negra desvencijada…¡pero qué hermoso que debe haber sido! 😐

En fin, regresamos al bus que nos conduce nuevamente a Asunción. Al margen de lo cómico de ciertos episodios, y analizando luego la situación turística del país, remarco la intención de la agencia. Dar a conocer su historia a pesar de no contar con la mejor infraestructura, llevar expertos para enriquecer la experiencia e interesarse por mostrar algo que roza el límite del olvido es de destacar, principalmente en una fecha en donde recordar la historia no viene nada mal. Nosotros agradecemos a Adolfo y nos quedamos pensando en qué distinto que serían algunas cosas si en vez de luchar unos contra otros los países vecinos tiráramos para el mismo lado…

Acá les dejo el enlace a la web de FINANTUR, la empresa con la que hicimos el recorrido. No es una web muy atractiva, pero les aseguro que prestan un buen servicio. Además, están haciendo algo para incentivar el turismo en un país en donde eso es como luchar contra la corriente. Eso es un mérito que hay que reconocer!

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Laura Lazzarino

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