Escénicamente, el cruce del río que divide la frontera entre nuestro país y Paraguay no tiene nada de especial. El agua es oscura y enormes nubes flotantes de camalotes reposan sobre las corrientes. Sin embargo algo en mí se siente feliz. Bien podríamos estar en Ecuador, Brasil o Perú. Yo siento que hoy empieza realmente el viaje.

A través del tejido que oficia de pared en la embarcación vemos alejarse la costa argentina. Varios hombres cargan cebollas sobre sus hombros. Cada vez se ven más pequeños. Como es de esperarse, la zona de frontera no es linda. Aún así ya se vislumbran los primeros carteles comerciales que nos indican que estamos fuera de suelo patrio. La compañía de celulares Tigo parece ser el nuevo colonizador, y los carteles en azul decoran desde las almacenes hasta las farmacias aledañas al puesto de migración. El gendarme hace lo suyo revisando y sellando nuestros pasaportes. En la radio, un locutor con voz impostada traduce en simultaneo “Hotel California” al guaraní. Nuestro contacto en Asunción es Víctor, un lector que en seguida nos pasa a buscar para llevarnos hasta su casa. Allí somos recibidos por su familia, mitad argentina mitad paraguaya, quienes nos hospedan durante casi una semana en la que nos hacen sentir realmente muy bien.

Nosotros aprovechamos para pasear. A bordo del 27, o “aerolíneas 27”, como lo llaman aquí por la alta velocidad en la que viaja, llegamos hasta el centro. En la atmósfera de la ciudad no se respiran aires capitalinos. A la hora de la siesta el sol inunda las calles y apenas si se vislumbran algunos policías tomando tereré. La importancia de esta bebida es tal que nuestro carácter de extranjeros se ve evidenciado por la falta de ese enorme termo de más de 2 litros bajo el brazo. Pareciera como si la población local dependiera exclusivamente de este ritual para sobrevivir a las condiciones de esta atmósfera, tan ponderosa como sofocante.

 

Hasta en los bancos y casas de cambio la formalidad de los empleados se ve quebrantada entre sorbo y sorbo. Mi olfato enemigo de la yerba mate me indica que tengo las de perder: los litros que cada habitante bebe son incalculables. Si ya de por sí en Argentina soy bicho raro, explicarle a un paraguayo que toma tereré con yuyo para la digestión que mi estómago tiene preferencias particulares y distintas, es tarea difícil. Un policía se nos acerca a ofrecernos un sorbo a la vez que nos indica por qué calle nos conviene recorrer. El caos, la prisa y el tránsito son vocablos que quedan fuera de los límites de esta ciudad que avanza a paso tranquilo. Cuesta creer que alguna vez éste fue el país más próspero de todo el subcontinente. Aquí se creó la primer línea de ferrocarriles de Sudamérica, acorde a una industria creciente y a una población cuyos índices de analfabetismo eran menores que los de la propia Europa. Como testigo de aquél entonces se erige en el centro de la ciudad la Primera Estación de Trenes, tan muda como fantasmal. La cascada de elogios que la gente tiene para con aquella época da cuenta de la nostalgia de un pueblo que se refiere a su pasado como un tesoro perdido. Y fue ese mismo tesoro el que llegó a quitarle el sueño a la nación inglesa, autora intelectual de la masacre conocida como Guerra de la Triple Alianza, que en pocos años disminuyó la población de 1.300.000 a sólo 200.000, de los cuales sólo el 10% eran hombres, contando ancianos y niños. De aquél entonces data la idea de la poligamia en el país, único medio de volver a poblar su devastada tierra, pero que en la actualidad, para el pesar de muchos, sólo permanece en el recuerdo. Lo que sí subsiste es la conciencia de la mujer como sostén de la nación, cómo protagonista y luchadora par en los procesos de cambio del país. Las mujeres paraguayas se presumen fuertes y esa misma identidad genera en mí una mezcla de curiosidad y de orgullo de género. Ya tendremos oportunidades de comprobar este hecho.

En estas fechas la ciudad se viste de Bicentenario con largas telas rojas, blancas y azules que decoran los edificios históricos. La justicia, la paz y la libertad que los mismos evocan parecieran no afectar a todos los habitantes de esta tierra por igual. Y es que si Argentina fue un crisol de razas a principios de siglo, Paraguay tomó el puesto de sucesor. Menonitas, japoneses, aborígenes y criollos conviven en estos 406.750 km2, aunque como es de suponerse no todos bajo las mismas condiciones. La imagen representativa la podemos tener en la puerta de un banco cualquiera: mientras germanos y orientales realizan sus transacciones diarias, mujeres indígenas venden sus artesanías al sol. Nosotros seguimos el paseo rumbo al Palacio de Gobierno, cuya arquitectura al estilo Versalles no sorprende tanto como el hecho de que el mismo tuviera que ser finalizado con mano de obra infantil debido a la cantidad de bajas masculinas en la Guerra de la Triple Alianza. La rigidez de sus guardias no da lugar al tereré, aunque apostaría mi cabeza a que se mueren de ganas.

Nos sentamos en un café a contemplar el río que se asoma sobre los hombros del palacio. Claramente la ciudad le da la espalda al cauce. A nuestro alrededor suena la música de la incomprensible lengua guaraní. Bien podría decirse que este idioma es el gran sobreviviente del Paraguay. Muchos han sido los enemigos acérrimos que han intentado combatirlo: desde los colonos españoles hasta el “educador” Domingo Sarmiento, quien prohibió terminantemente su uso por considerarlo el idioma de los incivilizados. De hecho el vocablo “guarango” encuentra origen en esta época, cuando se denominaba de esta manera al “salvaje que habla guaraní”. Nadie pudo sin embargo extirpar sus raíces. Y es que como todo idioma, no se trata exclusivamente de una forma de hablar, sino de una cosmovisión que moldea la forma de pensar. Hoy nos encontramos con una población principalmente bilingüe, que halla en el guaraní no sólo una mejor forma de expresarse sino motivo de orgullo y de identidad nacional.

Entender por lo tanto la cultura e idiosincrasia de esta país no es tarea sencilla. Mientras leemos sobre su historia y caminamos sus calles, yo tengo la sensación de que esta tierra es como un gran rompecabezas que se armó uniendo piezas sobrantes de otros más viejos, más lejanos, más dispares. Nos queda igualmente mucho por recorrer, pero esta incógnita en el mapa de a poco va develando sus misterios. La imagen que tenía del Paraguay antes de esta semana se limitaba a la comercial Ciudad del Este, y todos sabemos que no es muy bonita. Me acompañaba también la sospecha de que pronto nuevas impresiones irían tomando su lugar en mi idea del país y evidentemente no me equivoqué. El viaje recién empieza pero ya estamos disfrutando por anticipado.

Y a propósito de este post, dejo aquí el link a una publicidad en referencia a las fiestas patrias que se acercan. Dejando de lado por supuesto la evidente intención comercial, creo que la idea del discurso resume un poco el sentimiento y la importancia de la lengua guaraní:

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Laura Lazzarino

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