La primera noche fuera de Asunción nos encontró en el Balneario San Blas, cerca de Chololó, acampando junto al río. No estaba en nuestros planes detenernos tan cerca, pero el calor y la belleza del lugar fueron de gran tentación, y a pocos días de cumplir nuestro primer aniversario decidimos festejar por adelantado.

El viaje siguió con destino a Villa Rica, ciudad a la que llegamos subidos en un Mercedes en busca de Suni, miembro de la organización Tesai Reka, en español “Búsqueda de la salud”. Esta ONG es conocida por su labor con familias campesinas y su trabajo nos resultaba de gran interés. Sin embargo el teléfono sonaba en vano y nos vimos así en la obligación de buscar otra alternativa. Como de costumbre comenzamos con nuestra clásica interpelación a la comunidad: ¿Disculpe, sabe usted en dónde podemos armar la carpa? Como ya es sabido el camping no es una actividad muy normal en este país y es mejor asegurarse de no estar molestando o infringiendo alguna norma inusitada antes de desplegar la carpa. En la Municipalidad el cuidador nos pide que esperemos hasta el lunes (evidentemente no comprendió), en el Club Español en lugar de encontrar un típico ballet con castañuelas somos recibidos por un grupo de karate kids: enanos de 4 a 6 años jugando a ser Daniel San que dejan bien en claro que ahí no. Un par de monjitas sonrientes nos sugieren el seminario, pero sin estar muy convencidos decidimos tirar los dados hasta los últimos rayos de sol y ver qué nos depararía el universo. En una esquina frenamos para bajar las mochilas y es ahí en donde nos encontramos con Jenny y Antonia. Ante nuestra pregunta sobre dónde armar nuestra carpa Jenny no duda en decirle a su amiga: ¡En tu casa! Hacia allá vamos caminando por calles empedradas que suben y bajan siguiendo algún mudo compás, siempre junto a casas coloniales en cuyos frentes la gente está tomando tereré. Así nos recibe la mamá de Antonia, con dos sillas extras en su vereda y el mate en la mano. Por esta zona todos parecen conocer mi país, y esta señora no es la excepción. Su recuerdo viene siempre acompañado de una gran sonrisa y mientras ella habla trato de imaginar cómo habrá conjugado su mente guaraní la dicotomía San Isidro – Villa 31, recorrido que hacía cada fin de semana cuando sus días como empleada con cama adentro encontraban descanso.

Los planes vuelven a cambiar igualmente cuando Jenny desiste de “farrear” esa noche y nos invita a quedarnos en su casa. Toda su familia está de vacaciones y ella prefiere no quedarse sola de noche. Así es cómo terminamos durmiendo en la cama de sus padres, no sin antes conversar un buen rato a la luz de una lámpara callejera y el humo de su cigarrillo. Jenny es más joven que yo y tiene un bebé de casi dos años. La historia del papá de su hijo comienza como cualquier otra relatada por una sufrida madre soltera, hasta el momento en que ella cuenta cómo termino maldiciendo al muchacho, casi sin querer queriendo. “Nueve meses me la pasé llorando día, tarde y noche porque él no quería reconocer a mi hijo. Me humillaba en la escuela, me decía mendiga. Tanto lloré que un día le dije: Vos en la vida vas a pagar por cada día que yo me la pasé sufriendo. ¡Y a la semana entró preso por robar un cajero de un banco! ¿Y cuánto tiempo te creés que le dieron? Ahora el no me quiere porque dice que fue preso culpa mía, porque yo le puse una maldición. ¡Pero yo qué me iba a imaginar!” Los capítulos de este tremendo culebrón fluyen como el humo del cigarrillo que Jenny sostiene en su mano, pero de repente y sin que nos demos cuenta algo cambia. Es como si la transmisión se cortase y empezara un episodio del “Pare de Sufrir”. Jenny se pone seria, deja de lado sus historias sentimentales y comienza a contar cómo un retiro en la iglesia católica le cambio la vida, cómo vio al demonio salir de su cuerpo y hasta asegura que los tatuajes y piercings son burlas que el Diablo le hace a Dios a través de nosotros. Antonia no repara en ponerse los auriculares de su MP3 mientras Jenny intenta convencernos de que el pecado esta en el aire hasta que decidimos irnos a dormir.

Al día siguiente recibimos la noticia de que Suni está en San Pedro de Ycuamandiyu…150 km al norte! Salimos entonces con esa meta a alcanzar y como si alguien estuviese escuchando nuestros deseos, el primer vehículo que frena es un escarabajo, figurita difícil para dos mochileros abultados. Juan nunca había conseguido frenar uno de estos bichitos, por lo que subimos alegres al vehículo. La conductora ronda los 60 años. Se presenta como Graciela, madre soltera de tres, motoquera y estudiante de Ciencias Políticas. Personaje si los hay, mientras que del parlante trasero se escapa un regaetton de Dady Yankee, Graciela baila mientras conduce y esparce su alegría. El auto vibra y en un gesto cómplice se da vuelta para guiñarme el ojo y me dice: ¡mi auto viene con vibrador incluido! Genial.

El próximo vehículo es una ambulancia que frena tras una larga tarde de espera en Oviedo. El sol es violento y la fatiga se hace sentir. No vamos a llegar hoy a destino, pero al menos nos queremos acercar tanto como sea posible. Otra figurita difícil, en especial porque no se trata del clásico vehículo blanco sino de uno verde y más pequeño. Ambulancia al fin, seguimos viaje para luego compartr vehículo con un grupo de militares. Primero nos preguntan serios si somos del EPP (Ejército Popular Paraguayo, una especie de imitación barata de las FARC) y al ver nuestra cara de desentendimiento echan todos a reír para luego (des)entonar El mundo fue y será una porquería ya lo se….

Nos bajamos en el Barrio San Pedro, en donde casi literalmente nos ataja Alberto y su familia, dueños de una despensa. Debemos vernos agotados porque su mujer se apura a traernos unas sillas y vasos de agua. Ni tenemos que preguntarles porque al ver que venimos de lejos nos invitan a quedarnos en su casa, en donde nos atienden como reyes. Dormimos comodísimos en un cuartito que nos ofrecen y al día siguiente el olorcito a carne nos da los buenos días. Mientras Juan conversa con Alberto y su hijo Adilson yo me quedo en la cocina con Hilda. Su ropa blanca reluce, y ella la muestra orgullosa. “Somos humildes pero muy limpitos” comenta entre risas. Hilda tiene mucha curiosidad por Argentina y cuando empiezo a contarle algunas de las cosas lindas de la Madre Patria me interrumpe con un “Masiao lejos tu país queda…masiao preligroso”. El “muy” es siempre reemplazado por esta vocal palabra que me cae en simpatía. Cuando ya entramos en confianza Hilda me pregunta si es verdad que en Argentina todas las prostitutas son paraguayas. De todas las curiosidades que podía tener digamos que ésta no es la más linda de saciar. Noto igualmente que su pregunta tiene un origen que va más allá de la simple duda, y cuando le pregunto me cuenta que la amiga de una prima estuvo trabajando allá “Y dice que hay un cuarto enoooooorme, masiao grande donde está lleeeeeeeno de mogólicos que tienen mucha plata. Y a las paraguayas les pagan para hacer el amor a los mogólicos, toditas juntas ahí en ese cuarto. A mí me ofrecieron, pero ajjjj no da gusto hacer el amor a un mogólico.” Su fantasía supera mi realidad y sólo atino a reírme intentando imaginar qué habrá tenido que pasar la pobre chica para volver y contar eso. Hilda también se ríe y saca pronto del bolsillo la foto de su hermano. Hace siete años que vive en Argentina, pero no sabe dónde ni haciendo qué. Cuando salió se fue “a jugar a la pelota” y ella me enseña su imagen para ver si lo reconozco de algún equipo. Me disculpo diciendo que de fútbol no sé nada, aunque me quedo impresionada con la situación.

La tarde transcurre entre clases de guaraní, tereré y más comida. Imposible irse temprano cuando hay cerdo y pollo en el asador. El momento de la despedida llega igualmente y entre besos y abrazos nos alejamos a la ruta en donde increíblemente nos frena otra ambulancia, aunque esta sí con apariencia más normal. Llegamos hasta el cruce del camino a San Pedro y decidimos contactarnos con Suni sólo para descubrir que acá hay ciudades, barrios y departamentos que se llaman igual y que ella está 100 km al sur en Santaní (ciudad que se llama San Estanislao, que figura con ese nombre en todos los mapas pero que la gente la llama con su nombre en guaraní) ¡Cómo es posible encontrar así una dirección! Estoy MUY fastidiada. Logramos detener un vehículo aunque ya es de noche y llegar hasta la ciudad en donde la gente de la ONG nos está esperando. Me siento como cuando era chica y encontraba el famoso tesoro escondido…

 

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Lau, que historias !!!..entiendo a Jenny mi hermana tiene 24 años y una nena “bombon” de 7, y paso por la misma situacion y creo que todavia la esta peleando, en fin. Jajaja…mogolico !!!..recuerdo una paraguaya me queria llevar a su pais. decia que estaba enamorado de mi y que ella tenia tierras y animales ajajaj…que loco !!!..estas chicas de la vida !!!..besos amiga !!!..tu redaccion es impecable como siempre !!!..

  • Jajaja! Me encanta el blog! El “masiao” es un término muy utilizado además de muchos otros de la la jerga popular paraguaya… Ahhh y el tema de las calles y pueblos! Es muy paraguayo dar una “dirección” dando referencias tipo… Bajeás 2 cuadras y llegas a la farmacia, ahí doblás a la derecha y vas a encontrar un árbol de yvapurú grande y ahí es… Jajajaa

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