Estando aún en Santa Lucía, a tan sólo pasitos de Bariloche, las ansias por reencontrarme con mi amiga del alma estiraban la espera hasta un punto inalcanzable. Juan permanecía paciente, haciendo que mi apuro resaltara aún más notorio. Por suerte el cielo se había despejado un poco y ya no caía bendita agua desde el cielo.

En el cruce de la Carretera Austral esperábamos pacientes cuando abrumada por el aburrimiento empecé a curiosear por los alrededores, y me metí en una especie de garita. Esto fue lo que llamativamente encontré:

 

Y los infaltables:

Todas las paredes estaban recubiertas de grafitis como estos, quejándose del mal tiempo y de las eternas esperas. Algunas inscripciones apenas si se leían por el paso el tiempo. ¿Había acaso una maldición en ese punto y nosotros no sabíamos?  Muchos letreros hacían referencia a algo así, pero también es posible que se tratara de mochileros hostigados por la lluvia. Cruzamos  los dedos para poder seguir adelante cuando una 4 x 4 frena y nos ofrece transporte hasta Esquel.

No tardamos en cargar las mochilas en la caja, no fuera cosa que el chofer se arrepintiese. Hicimos un viaje cómodo, pero al llegar al pueblo de Futaleufú sucedió tan extraño que nos descolocó y no pudimos reaccionar. Le habíamos comentado al conductor que teníamos aún algunos pesos chilenos que cambiar y él nos había dicho que iríamos juntos a la casa de cambio, ya que él iba de compras a la ciudad argentina. Pero al llegar al pueblo, en plena conversación, frena en una esquina y nos dice: “Bajense aquí a cambiar que en media hora los busco”. Yo venía dormida y sólo entendí que me tenía que bajar. Le preguntamos si él no iba a cambiar y nos dijo que sí, pero que en otro lado y en una maniobra muy extraña y veloz arrancó su camioneta y nos quedamos nosotros desconcertados en la vereda. Apenas si habíamos atinado a bajar las mochilas chicas, las grandes habían quedado en la caja. Los primeros segundos intentamos pensar qué había pasado. Venía todo bien, no había motivos para semejante giro. Tampoco tenía sentido pensar que había hecho eso sólo para robarnos el equipaje. El pánico no tardó en llegar, junto con la sensación de sentirnos los idiotas más grandes del universo. ¡Cómo  no atinamos a manotear las mochilas! Mientras yo me quedo en el sitio donde él nos indicó, rezando y pidiendo por favor que el tipo volviera, Juan se fue a recorrer el pueblo de unas pocas manzanas a ver si divisaba la camioneta. Nada. Por suerte habíamos logrado ver la patente del vehículo y lo primero que se nos ocurrió fue acudir a los carabineros. Su accionar fue tan de serie norteamericana que sentí vergüenza de nuestra policía. Al instante intentaron calmarnos, se comunicaron por radio a la frontera chilena y argentina y se pusieron a disposición. La respuesta no tardó en llegar, al menos sabíamos que La Maga y el Salmón no habían pisado suelo patrio. Nos sugirieron que esperáramos un rato y que si no salíamos con el vehículo de ellos a patrullar. Si antes el tiempo se me hacía chicle, ahora ya no podía ni con mi cuerpo. Caminando alrededor de la plaza para no estar quieta veía camionetas blancas por todos lados, de repente todos los vehículos eran iguales pero ninguno era el que esperábamos. Cuando la media hora se cumplió mi corazón y mi estómago se volvieron independientes y ya no tuve más control sobre mí. A punto de subirnos al auto de los carabineros veo a un par de cuadras nuestras mochilas firmes en una caja blanca y empiezo a correr para descubrir que nuestras cosas estaban aparentemente intactas. Desde allí le hago señas a Juan para que avise a la policía, mientras el señor con toda su parsimonia nos pregunta si estamos listos para seguir. Aclaramos las cosas con los carabineros y nos volvemos a subir a la camioneta en una rara mezcla de felicidad por recuperar nuestras cosas y nervios a la vez por no saber si la actualización de la situación le había sido comunicada a ambas fronteras. ¿Habíamos sido un poco exagerados? Tal vez, pero cómo saber que efectivamente este hombre volvería. Cuando llegamos a la aduana transpiramos un rato al ver que había evidentemente un problema con el vehículo, aunque resultó ser que a este hombre le faltaba una especie de tarjeta verde. Fue cómico ver cómo estacionaba su camioneta a un costado de la aduana y comenzaba a hacer dedo junto a nosotros.

Por nuestra parte, conseguimos enseguida nuevo vehículo que nos dejó en la salida de Trevelín, donde luego de aprovisionarnos con un kilo de cerezas, seguimos camino. Sin mucho tiempo disponible, pero unos cuantos kilómetros por delante fuimos sorteando obstáculos, consiguiendo siempre un auto amigo para avanzar un casillero más hasta que llegamos a Bolsón, a unos pocos kilómetros de la meta, pero con apenas minutos disponibles de luz. En cualquier otra situación hubiéramos tendido nuestra carpa ahí mismo, pero estando tan cerca de Bariloche jugamos nuestras últimas cartas y conseguimos quien nos diera el último empujoncito. Tenía muchas ganas de encontrarme con mi amiga cuando al bajar del auto en pleno centro cívico me di cuenta de un pequeño detalle: no tenía su dirección.  Me las ingenié igualmente para poder ubicarla y ni bien atendió mi llamada le dije que me esperara en la puerta que estaba yendo para allá. Su respuesta fue simple: “Dale! Venite que hay pollo con arroz para cenar”. Aunque Lala sabía que llegaríamos alrededor de esta fecha, no tenía noción ni de qué día ni a qué hora lo haríamos. Precisamente por respuestas como esa es que quiero tanto a mi amiga. No necesito avisar para ir hasta su casa, se que siempre puedo contar con ella. Amo la gente así, sin complicaciones, sin problemas inventados. Muchas personas necesitan hacer una cita para juntarse a comer, asegurarse de que su casa esté pulcra e impecable para recibir gente, lucir la mejor vajilla y tener comida gourmet sobre la mesa.  Claro que si el plato es elaborado, mucho mejor aún, pero no es lo esencial. Yo prefiero las personas que entienden que nadie que llega de viaje o de visita lo hace esperando los lujos de hotel, sino la calidez humana de la simpleza, el poder compartir así sea un plato de sopa con una sonrisa conocida. Lo que importa, al fin y al cabo, es estar juntos. Y así es mi amiga Lala, y por eso mi prisa por ir en su encuentro, porque siempre me hace sentir como en mi casa.

 

Llegamos y de hecho compartimos la cena y los próximos cinco días de frío verano, festejando incluso la Navidad entre amigos, en una mesa en que no faltó ni el cordero ni los regalos. Siempre deseé poder tener a mi amiga más cerca, pero siempre nos la rebuscamos también para encontrarnos en Bariloche, Buenos Aires o San José de Costa Rica. (Y ojalá en muchos más puntos del mapa).

Luego de las fiestas nos despedimos de esta linda familia y con un cartel que enunciaba “A CASA POR AÑO NUEVO” nos plantamos a la salida de la ciudad. Un camionero curioso frenó poco tiempo después, y tanta suerte tuvimos que nos dejó casi en Junín, a un par de horas de mi casa. La promesa de regresar a recibir el 2011 con mi familia estaba cumplida. Veremos si los deseos de que el año nos lleve a recorrer el mundo se cumplen también.

 

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Laura Lazzarino

4 ComentariosDejar un comentario

  • JAUJAUAJAUAU Nena vos y juan son un desastre!!! jajajaja pobre tipo! a mi una vez, en gorbea, a unos 50 km de temuco, me entraron a robar tres veces en una semana en la carpa!!! 🙁 para colmo lo peor de todo no es que abrieron el sierre y lo hicieron disimuladamente, los muy cabezas de chorlito me abrieron la carpa con un cuchillo por un lado una vez y por otro lado la otra jajaja la tercera abrieron la carpa 😀 jajajajaa aprendieron!!!
    Imagino esa sensación de ansiedad por ver tu a mi amiga y la reacción pacifica de juan y no paro de reir en mi interior!!! jajaja un abrazo che!!! 😀 que estés re re bien 😀 saludos a juan

  • Tuve la suerte de conocer a tu amiga en un viaje a Bariloche,es una gran persona,charlamos como si nos conociéramos de siempre…da gusto tener amigos como ella…

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