A lo largo del camino han sido más las casas cuyas puertas se nos han abierto desinteresadamente, que aquellas que se han cerrado. Que alguien nos abra la puerta de su hogar es algo que valoramos infinitamente, porque más allá de la comodidad que eso nos representa como viajeros, es un hogar lo que se nos está ofreciendo, la intimidad de una familia que de repente es compartida con nosotros, dos completos extraños, en un simple y valeroso acto de solidaridad. Uno agradece en gestos y palabras este acto y aprende. Aunque no se lo proponga, siempre aprende, porque cada casa es un universo distinto, y a veces esos valores que creemos tan ciertos por habernos criado en ellos, por ser las reglas de ese universo del que venimos, cambian, o se contraponen con las costumbres de la casa en donde estamos hospedados, y uno se cuestiona, y también cambia.

De todos los techos que nos han refugiado guardo lindo recuerdos, pero ninguno definitivamente ha sido tan trascendental como la casa de Ana. Lo primero que se me viene a la mente cuando recuerdo el momento en que pusimos pie en ella es la nevada. El día en que decidimos mudarnos Ushuaia se debatía entre un sol intenso y la blancura extrema de una nieve suntuosa, y alternaba. Llegamos a la casa de Ana de tarde, cargados y con las manos congeladas, sin tener idea sobre el hogar al que terminaríamos sintiendo como propio. Habíamos sido invitados por Nico, pareja de Ana, rastas hasta la cintura, operador de radio y mucho relax. Y nosotros necesitábamos eso.

A Ana la conocimos en el mismo momento en que nos abrió la puerta. Cuando nos pidió que dejaramos los zapatos en el hall de entrada sentí como si me estuviera dando la clave de una hermandad secreta, una invitación a ingresar en el mundo de quienes no necesitan protección para pisar la base de su universo. Fue la mejor bienvenida. Adentro el clima parecía jugar a contradecir el paisaje que se asomaba por la ventana y mientras yo extendía mi brazo para alcanzar algo de nieve divina Nico se levantaba de su larga siesta y nos acomodaba en la que sería nuestra habitación. Segundo indicio de que no nos habíamos equivocado: después de días de feria del libro más preparativos lo único que queríamos era descansar y no se me ocurría ambiente más propicio… Pero faltaba todavía un detalle. Dicen que a los hombres se los conquista con el paladar. Yo podría decir que en este caso a mi me conquistaron con la cocina. La casa de Ana logró revivir algo en mí que  creía muerto, o mejor dicho, inexistente: el placer de cocinar. No sé si fue por la cantidad de ingredientes a disposición, por el orden práctico de los utensilios o por el estilo minimalista de la vajilla. Tal vez fue por el sólo hecho de tener tiempo y lugar a disposición, lo cierto es que en esa cocina sentí ganas de crear. Lo que antes era una tarea meramente necesaria para llegar al inigualable placer de comer pasó a ser un placer previo, el momento de idear y animarse a combinar. Descubrí que me gustaban las mesas con pequeñas cantidades de comida varia y aprendí a disfrutar de esta suerte de vegetarianismo momentáneo.

Y de repente cosas buenas empezaron a suceder: mails con propuestas interesantes, respuestas que hacía rato esperábamos, ideas prometedoras. Todo en el marco de una casa cálida, en medias y ropa de entrecasa, sin horarios ni agobios. Y decidimos ir por más, y ese más en Ushuaia tiene el nombre de Antártida, y allá fuimos. Como ya saben, lo conseguimos. Y en momentos donde el Drake hacía estragos en mi estómago era la casa de Ana en donde yo deseaba estar, sumergirme entre sus sábanas y hundirme en la lejanía del sueño conducida por la comodidad de esa cama, única en su especie.

La sensación que tuve cuando volví a poner pie en ella fue la estar llegando a mi hogar. Ana tuvo el increíble gesto de dejarnos las llaves para el regreso, porque ella y Nico se iban de viaje. Y comprobamos que la energía estaba aún entre esas cuatro paredes cuando al regresar nos encontramos con Aki y Lean viviendo allí también de ajenos. Disfrutamos mucho. Por eso dejarla no fue fácil, por eso aún hoy desearía poder internarme otra vez en esa cocina, y armar esa cama adentro de nuestra carpa.

Pero como todo, Ushuaia cumplió su ciclo y siguiendo su fama de isla fantástica nos retuvo por casi veinte días. La ruta 40, Navidad y mi amiga en Bariloche nos esperan, por lo que es momento de partir. He aquí mi pequeño homenaje a esa casa prefabricada de origen finlandés, esa casa con suelo tibio y ambiente cálido, la casa de Ana.

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Laura Lazzarino

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