Este es mi abuelo, el papá de mi papá. Como soy hija y nieta de generaciones jóvenes viví toda mi infancia rodeada de mis abuelos, suponiendo que eso era lo más natural, porque los abuelos existen para cuidar y malcriar a los nietos, y porque son eternos como la infancia lo es en la mente de un niño, una nena en este caso.

Mi abuelo, quien como pueden ver se llamaba Felix pero todo el mundo lo conocía como Pilo, era experto en su tarea. El primer recuerdo que tengo mirando un mapa es, precisamente, con él. A mi abuelo le encantaban los crucigramas y pasaba largas horas sentado en su sillón, en el resplandor de la puerta de calle, completándolos. Para eso se ayudaba muchas veces de un diccionario en tomos color celeste que guardaba junto a la máquina de escribir, en la habitación que había sido de mi papá y mi tío y que luego heredamos los nietos. A mí me encantaba cuando mi abuelo me pedía que le trajera alguno de esos libros, pero lo que más me gustaba era que me pidiera el tomo número 6, porque yo sabía que ahí habían muchas páginas que ilustraban todas las banderas del mundo. Y como especie de recompensa, yo sabía que cuando le alcanzara el tomo número 6 mi abuelo me iba a dejar mirar un buen rato esas banderitas de colores, e iba a responder a cualquier pregunta que a mí se me ocurriera al respecto. Siempre me quedaba mirando la bandera de Canadá, me parecía preciosa. Un día le pregunté a mi abuelo si existía una persona que fuera capaz de conocer todas las ciudades y pueblos del mundo. Yo se lo pregunté con seriedad, esperando que me dijera que no, que a nadie se le había ocurrido, para poder decirle que yo sería esa persona. Pero mi abuelo largó una carcajada de esas tan típicas suyas, llevando el cuello hacia atrás, abriendo la boca bien grande y cerrando los ojos. Eran las risas que genera la ingenuidad, risas sonoras que sólo mi abuelo Pilo sabía bien cuando soltar. Yo me quedé mirándolo fijo. Supongo que mi expresión de extrema seriedad para alguien tan pequeño debe haberle causado aún más risa, pero mi abuelo se recuperó y al comprobar que yo seguía ahí esperando una respuesta, me respondió que eso era imposible porque no había hombre que pudiera vivir tanto. Supongo que su respuesta me decepcionó más que si me hubiera dicho que había alguien, o que había muchas personas. Si me hubiese dicho eso podría haberme esperanzado al menos en intentar conocer a alguna y preguntarle cómo lo había logrado, pero el hecho de que me contestase que nadie logra vivir tanto no solo estaba poniendo límite a mi ilusión sino también a mi posibilidad. No dije mucho más ese día, no sé siquiera cómo siguió, pero el recuerdo de ese pequeño diálogo vino a mi memoria muchas veces durante los años que siguieron.

Mi abuelo contaba muchas historias: de su infancia, de una tía condesa que teníamos y cuya mesa mi abuela aún conserva con desinterés, de mi tatarabuelo fundador de pueblos, y de los días que como marinero había pasado en Antártida. Me interesaban, como es de suponerse, las historias de la condesa, y aunque mi abuelo se empeñaba en repetir que ya nada quedaba de aquella época, siempre tenía algo nuevo que relatar. Pero Antártida siempre estaba presente, y como si necesitara certificar que lo que decía era cierto, recordaba que tenía un diploma, guardado por ahí en el placard, “vaya uno a saber dónde”. Mi abuelo recitaba siempre de memoria aquello que el certificado decía, haciendo especial hincapié en “el glacial imperio de la soledad”. Eso le daba sinónimo de grandeza, de honor.

La última vez que visité a mi abuela antes de emprender viaje descubrí que, colgado en la puerta del cambiador, en el moderno departamento en el que vive desde que “es una mujer sola”, se encontraba el tan famoso diploma, ese que mi abuelo en vida nunca me pudo mostrar. Casi en un acto impulsivo le saqué una foto, como para asegurarme de que si algún día el certificado decidía escabullirse nuevamente, yo podría tener una copia. Podríamos pensar que tal vez ese fue el primer indicio que tuve de que llegaríamos tan lejos. Claro que en ese momento no pude imaginarlo.

Ahora nuestra expedición antártica termina. Breve, como todo lo bueno. Las horas que nos quedan a bordo del Ushuaia son contadas, sólo resta una cena, una breve fiesta de despedida y el último “Good morning antarticans” antes de descender. ¿Podemos esperar algo más de esta aventura que nos ha tomado por sorpresa? A modo de despedida somos citados en el bar y es ahí cuando descubro que aunque la nuestra no fue una travesía científica y pese a no haber alcanzado el círculo polar, también recibiremos un diploma. Imposible no recordar aquella breve charla con mi abuelo. “Ningún hombre puede vivir tanto.” Lamento que quien no pudiera vivir tanto fuera él, para ver que una mujer, su nieta, había comenzado a coleccionar esas banderas que antes mirábamos juntos.

Cuando escucho mi nombre me acerco a recibir mi recompensa con una sonrisa que pareciera tener vida propia. No necesito decir en dónde pienso colgar este diploma.
mujeres_antartida

 

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Laura Lazzarino

27 ComentariosDejar un comentario

  • Ayer fui a buscar el libro donde los entrega Andrés, y empecé a leerlo, hoy sigo y llegue a la pág 30, excelente chicos, gracias por todo lo que transmiten, son grandes, inmensos!!! cada linea que leo siento que se los va conociendo un poquito más, espero pronto poder saltar al mundo, el camino de alguna forma ya comenzó, saludo enorme, y buenos caminos.

  • Muy interesante tu blog, te cuento que quiero viajar a Argentina en el 2016 y leyendo tus historias muero por visitar la antártida!! pero veo que son alrededor de 11 días de viaje. Con qué operadora turística viajaste desde ushuaia? Saludos desde Ecuador 🙂

  • Será precisamente una mujer la que logre vivir tanto. Gran gozo me ha dado leerte Lau, espero el camino algún día nos congregue, sería un honor. !Un abrazo a ambos!

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