Como cada vez que comienzo un viaje, el día en que finalmente me dispongo a armar la mochila se convierte en todo un ritual. Como creo haber comentado antes, jamás había planificado un viaje tan largo por climas fríos, por lo que me costó mucho elegir ropa y medir objetivamente mis necesidades. Yo me niego al frío, aunque lo sufro al extremo, siempre me parece que va a hacer calor, que voy a resistir. Supongo que eso se debe a que detesto encebollarme con tanta prenda. Lo cierto es que como no pude decidirme, y como no estaba segura de pasar nuevamente por mi casa al regreso, traje todo: desde la campera de nieve hasta las ojotas. Cada vez que consultaba sobre si llevar o no un pullover más, la respuesta de mi papá era siempre la misma: “pero flaca, ¡tampoco te vas a la Antártida!”. Ni que decir cuando finalmente descubrieron que en pleno agosto yo estaba lavando las mayas y planificando un viaje a Patagonia a la vez… No me importaba, yo la maya la llevo a todas partes, uno nunca sabe….

Y es de todo eso que me estoy acordando esta mañana en que desayunamos admirando un paisaje que poco se asemeja al que venimos viendo en los últimos días. Nos estamos alejando y se nota: el color del agua es diferente, ya no se ven trozos de hielo por doquier y las montañas se abren paso entre el blanco y se dejan ver con más claridad. De hecho esta mañana nos vemos rodeados, y se debe esto a que el Ushuaia se ha anclado, literalmente, en el medio de una medialuna. Se trata de Isla Decepción, que en realidad no es una isla sino el mismísimo cráter de un volcán. Hace más de diez mil años la chimenea de este volcán asomaba unos cuantos miles de metros sobre el nivel del mar, siendo a simple vista una montaña más del paisaje. Sin embargo fue en una violenta erupción sin precedentes en que su fisonomía se vio modificada y con ella el destino de esta formación. Al magma que emergía furiosamente desde la cima se sumaron erupciones que, no llegando hasta la boca del volcán, lo perforaron en uno de sus laterales, causando la ruptura del cono. De esta forma las gélidas aguas antárticas encontraron un paso hacia el interior del volcán permitiéndoles a los marineros acceder a lo que hoy se conoce como una de las bahías naturales más protegidas del mundo.

A modo de explicación me he tomado la libertad de hacer una serie de dibujos ilustrativos, sepan disculpar:

Así era el volcán hace diez mil años, cono afuera del agua

Un día erupcionó y el cono se rompió

Y así se ve la isla desde el aire, con el cono roto. El puntito rojo vendríamos a ser nosotros 

Aquí el color del agua es más turquesa y lo primero que notamos al desembarcar es la espesa bruma que reina en la orilla, producto del encontronazo de temperaturas tan extremas. El agua es igual de helada que en cualquier otra parte, pero no es nieve lo que nuestras suelas encuentran, sino roca volcánica que nos da una calurosa bienvenida que mis pies agradecen. Avanzamos un poco y a medida que la bruma se disipa nuestros ojos descubren oxidadas figuras enclavadas en la arena.

Lo que al principio eran siluetas desdibujadas en el horizonte se despliegan con el avanzar de nuestros pasos como un gran museo accidental, los vestigios de lo que en su momento fue la suntuosidad de una industria. El tan afamado negocio ballenero del que se hace referencia de forma continua queda aquí en evidencia, en estas viejas máquinas oxidadas y en las ruinas de lo que alguna vez fueron viviendas. No se sabe si tanta estructura aún permanece de pie con el orgullo de un guardián inquebrantable o con la nostalgia de la abundancia perdida. El hecho es que hoy ya no son marineros aventurados los que llegan a estas tierras, sino turistas curiosos a escuchar historias y a zambullirse en el único lugar de Antártida en donde el cuerpo humano puede darse un baño sin perder la vida en el intento.

 

Isla Decepción funcionó como una de las principales estaciones balleneras de comienzos de siglo. Desde aquí se procesaba todo el aceite de ballena que luego era transportado hasta Europa. La matanza era indiscriminada, y las consecuencias se ven inclusive hoy en día, pese a que existen planes para proteger y recuperar especies. La última ballena azúl, por ejemplo, fue vista en los años 60. Se estima que se llegaron a cazar más de 5000 ejemplares en una sola temporada. Ahora bien, ¿dónde están entonces los esqueletos de tamaños mamíferos? Quienes visitaron el lugar en pleno auge aseguran que el panorama era tétrico: costas bañadas de aguas rojas, miles de osamentas apiladas en el extremo de la bahía y un olor putrefacto, difícil de soportar. Pero todos recuerdan el espectáculo de los esqueletos amontonados. Esto se debe a que durante mucho tiempo se ignoró el hecho de que la mayor riqueza se encontraba en los huesos y se procesó solo la grasa, descartando los esqueletos, que se iban acumulando con el correr de los tiempos. Hasta que en el año 1911 Inglaterra, que reclamaba Isla Decepción como territorio dependiente de Malvinas, otorgó una licencia a los noruegos, quienes reconociendo la soberanía de los ingleses sobre estas tierras obtuvieron un permiso de 21 años para operar en la estación. Así en lugar de transformar la grasa en aceite hirvieron los huesos y la carne para conseguirlo. Para tener idea de los valores que se manejaban en aquél entonces basta condecir que a un solo barco que viniese del Noruega, por ejemplo, le alcanzaba con cazar un solo ejemplar para cubrir los gastos, pagar a sus marineros y sacar además algo de ganancia. Y por qué cazar una sola y hay un mar entero a disposición. ¿Suena aterrador, no? ¿Pero podemos juzgar a estos hombres que sólo fueron esclavos de la economía dominante? ¿Qué los diferencia de los empresarios del petróleo o de los comerciantes y compradores de oro? La matanza de ballenas nos causa horror porque hoy se han convertido en mamíferos místicos, que sirven de promoción turística a toda una provincia, pero la crueldad con que se los trató no se diferencia mucho con el trato que reciben las vacas que terminan en nuestra parrilla o la tierra agotada en donde crece soja de manera incesante. En cuestiones de economías dominantes, vale todo.

La estación fue cerrada en el año 1931, en parte por la crisis financiera que afectó la actividad, y en parte porque la tecnología había avanzado permitiéndoles a los barcos hacer todo el trabajo a bordo sin necesidad de cargar y descargar los animales. Hoy podemos observar gran parte de la maquinaria de la época y algunas viviendas que a duras penas subsisten, albergando consorcios enteros de gaviotines y demás aves que anidan allí.

Ahora bien, luego del interesante tour se requiere un acto de valentía. Sería un crimen dejarlo pasar… Me agarro a una de las maquinas con un brazo y mientras en mi mente resuena una y otra vez el lema de mi vida “Lo que se puede de veras es tan poco..”, con el otro me desvisto a toda velocidad. Y corro. Corro como una demente hacia el agua, corro con total conciencia de estar haciendo una locura, de estar vestida como en pleno Caribe mientras los de alrededor apenas asoman la nariz entre capuchas y bufandas. El suelo está caliente, tanto que no conviene ceder a la tentación de enterrar los dedos, porque quema. El aire es antárticamente helado, pero el primer metro de agua reconforta: es tan poco profundo que la alta temperatura del fondo calienta el agua en cuestión de segundos, y la sensación es agradable. Pero pasado 1 milímetro de esa barrera invisible el agua vuelve a ser congelada y la sensación es la de mil millones de avispas picando juntas al mismo tiempo, la sensibilidad de pierde al instante y antes de que uno le envíe la orden al cerebro las piernas ya están regresando al calor. ¿Tiene lógica que el primer lugar en donde me pueda meter al agua desde que arrancamos el viaje sea este? No, no a tiene, y por eso me encanta.

El breve ensayo del verano que nos espera, sentados en la orilla de la playa admirando el paisaje, se termina pronto y envuelta en una toalla me visto a toda velocidad para que el zodiac nos regrese al Ushuaia, a prepararnos para el último desembarco.

Después de lo que acabamos de vivir, nada podría sorprenderme, y de hecho el último paseo se torna algo poco placentero: se levantan ráfagas de nieve que dificultan el paso, la visión y los embarcos, por lo que ni bien ponemos un pie en tierra y al notar que no podremos hacer nada de lo planeado más que mirar pingüinos, queremos regresar.

El final está cerca y el Drake también, sólo que esta vez ya sé que el sacrificio definitivamente vale la pena.

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Laura Lazzarino

9 ComentariosDejar un comentario

  • Excelente Laura, toda una valiente!!!
    Que barbaridad las cosas que se hacían allí con las ballenas, cuanta crueldad…

    Nos has hecho muy vívido el relato y hasta sentimos en nuestros cuerpos (que para nada nos gusta el frio, jaja) la temperatura del agua.

    Siempre disfrutamos mucho de tus post.

    saludos y hasta la próxima aventura…

  • Hola, Laura… Qúe tal¿?¿?
    Bueno, es la primera vez que vengo a tu blog,
    me encantó, hice el enlace desde el blog de Juan,
    de lo cual ya desfruté un montón…
    Bien, comento en tu blog algo que vi en el blog de Juan, pues no se lo que me impide de publicar allá.
    Cuando leí el artículo de la visita a Isla Decepción, leí también el nombre de Federico Gargiulo…¿Podrias decirme si es el mismo que tiene un lindo libro llamado “Huellas de Fuego”? Es un libro que yo pude leer en Peru, juntamente al lado de un de los personajes, Juan Ronco, amigo de Federico.
    Bueno, no se si hablo del mismo, pero esperaría una contestación de este mensaje.
    Buen Viaje les deseo desde Brasil…
    marlonletras@hotmail.com

  • Hola Nena! Me llamo Whitney y soy un estudiante de espanol en carolina del norte. Yo leia tu blog de Antartida. Yo veía en una artículo a usted visita isla decepción. Es muy interesante que la gente pueda disfrutar del agua caliente en tal ambiente frío. Creo que la isla decepción parece un lugar muy atractivo para visitar de vacaciones. Tengo una pregunta sobre su visita. Lo que fue la temperatura media mientras que ha visitado? Ojala que yo oiga de usted pronto. Gracias!

    • Hola Whitney! Gracias por comenatar. La temperatura siempre era cercana a los 0°, aunque adentro del barco el ambiente estaba acondicionado para que hiciera más calor y no la gente no tuviera frío. Un abrazo!

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