Aunque las horas de calma están cada vez más próximas, cuando me despierto el barco aún se mueve y decido saltear el desayuno y levantarme ya casi para el mediodía. Al subir al restaurante los mozos me aplauden y es lógico, es la segunda vez que me ven aparecer por ahí desde que salimos. Después de un almuerzo y un buen baño de agua caliente ya soy otra persona.

El sistema de comunicaciones arriba del barco se dirige casi exclusivamente por unos parlantes ubicados tanto dentro de todos los camarotes como en los sectores principales. Desde allí se lanzan todos los comunicados, se nos mantiene informados sobre los cambios que acontecen acorde al clima y se anuncian las actividades, siempre primero en inglés y luego en español. Cada mañana se nos despierta con una música que va subiendo su volumen paulatinamente y un “good morning antarticans” seguido de información climática, algún dato curioso y recomendaciones, antes de anunciar el programa inmediato de actividades. Es una agradable y motivadora forma de despertar, que uno siente personalizada aún sabiendo que hay otros 66 pasajeros escuchado lo mismo en el mismo momento. Esta mañana logré identificar la música que me sonaba familiar, se trataba de la famosa banda de sonido de Volver al Futuro.

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Es por ese mismo altoparlante que se lanza el primer concurso, con el objetivo de que no dejarnos ganar por la monotonía del Drake y jugar nosotros también a ser pioneros. Vaticinando la cercanía con el continente, y más aún sabiendo que por estos sitios se habían producido los primeros avistamientos que descubrieron la Antártida, se nos ha desafiado a avisar al puente ni bien veamos un témpano, y convertirnos así no solo en las estrellas del grupo así sea por un rato sino también en acreedores de una botella de vino como recompensa. Afuera todo se ve celeste y la luz del sol reflejada sobre el océano obliga indefectiblemente a arrugar la cara. Charlando distraídamente con Cristian somos advertidos por un turista italiano que desconocedor completo del concurso nos avisa que allá, a lo lejos, se ven los primer hielos. Debatiéndonos entre correr a contemplarlos o notificar al puente y asegurarnos el premio entramos alborotados al bar y hacemos la llamada. De nada sirven nuestros planes arribeños: alguien se nos ha adelantado. Sin fortuna alcohólica pero con la euforia propia de quien alcanza la meta, nos encontramos todos a estribor fotografiando los primeros hielos, cuya espectacularidad de pondría en duda con el correr de los días pero que sin embargo en ese momento no eran más que oro blanco.

En un momento inoportuno pero impostergable nos reúnen a todos en la sala de video para darnos una charla explicativa y repartirnos los salvavidas y las botas que deberemos usar de aquí en más. Oh sí, ¡vamos a desembarcar! Resulta que el Drake fue tan suave –menos mal…- que llegamos antes, y aprovechando el sol generoso vamos a largar con los desembarcos. Dani, uno de los guías de expedición habla con grandes gestos mientras que las ventanas se inundan de repente de hielos, témpanos y montañas. No importa cuánto se esfuerce en hacer que prestemos atención: como si fuéramos un grupo de pequeños escolares desobedientes lo dejamos hablando solo para pegar las narices contra el vidrio y gritar de emoción. El paisaje ha cambiado de forma repentina y ya no hay duda de dónde nos encontramos. Es emocionante en el sentido literal de la palabra, difícil de transmitir en su totalidad la energía que siento correr por mi cuerpo al contemplar el escenario en que nos estamos adentrando como pequeños intrusos. Consientes de nuestra adultez nos negamos a abandonar la exaltación y gritamos como niños. Dani tiene que hacernos entender, con el mismo tono maternal con que más de una vez nos han explicado el orden lógico de las cosas, que si no nos organizamos no vamos a poder salir de paseo, así que mejor que escuchemos rápido para poder coordinar cuanto antes la salida. A mí que siempre fui la chica obediente y aplicada –y por qué no algo nerd- me cuesta pegar la cola contra la silla. Nos dan entonces las últimas instrucciones, un chaleco numerado mil veces más cómodo que el naranja y un par de botas impermeables.

Ahora sí, ¡a desembarcar se ha dicho! El barco se ancla unos cuantos metros lejos de la costa y nosotros debemos reunirnos en uno de los laterales del barco, en donde descenderemos para subirnos a los zodiacs. Éstos son unos semi rígidos negros que servirán de ahora en más de transporte entre la tierra y el Ushuaia, y con los que también haremos los llamados zodiac cruises, navegaciones entre témpanos. Los arribeños ya se han hecho sentir y naturalmente hemos decidido embarcar todos juntos para ahorrarnos las explicaciones en inglés. Y haciendo honores al linaje descubrimos que el pasillo de nuestros camarotes desemboca ni más ni menos que a mitad de la fila que se forma esperando subir al gomón, por lo que de aquí en más abriremos una puerta que nos dejará bien parados y listos para la aventura, evitando penosas escaleras y colas numerosas. Una elegante manera de colarse descaradamente. 100% argentos, 100% arribeños.

El desembarco tendrá lugar en Barrientos, una isla del archipiélago de las islas AITCHO, pertenecientes a las Shetland del Sur. Para quienes se interesen en saber el significado de este título déjenme contarles que no se trata de una sigla ni mucho menos. El nombre original de este archipiélago era H.O. en honor a las Oficinas Hidrográficas del Reino Unido. Sin embargo la constante repetición de esta sigla en inglés por parte de marineros españoles y portugueses, devino finalmente en su nombre actual. Y el sonido burdo de eich ou terminó convirtiéndose en Aitcho, forma en la que figura actualmente en cartografías y enciclopedias. Estoy bien abrigada y el frío no es el de esperar. Lo único que se me congelan son los pies, entorpecidos dentro de estas rígidas botas a las que no estoy habituada. Tan envuelta como estoy me pregunto si poder percibir este lugar como se merece, con todos los sentidos alertas. Tengo esa sospecha de que tanta ropa me quita libertad nata, me siento reprimida y comprimida a la vez.

El 80% está cubierta de de hielo, y apenas sí sobreviven alguna algas cuyo verde intenso contrasta con el blanco reinante. Los pobladores aquí se dividen entre una enorme colonia de pingüinos barbijos y otra de pingüinos papúa, que se desplazan entre nosotros con una gracia y naturalidad que desconcierta. El hecho de que aquí jamás haya habido pueblos nativos hace que los animales no hayan desarrollado una defensa temerosa frente a la presencia humana, por lo cual es uno quien debe poner los límites del respeto y no acercarse demasiado a los animales, considerando que el hombre fue, es y será siempre un visitante ajeno a la naturaleza propia del lugar. Es magníficamente extraño hallarse acá, conscientes de lo aislado del sitio, dejando huellas que se hunden en terreno blanco, sabiendo el avance en nuestra historia que ellas significan. Estoy feliz, asombrada, llena.

Luego de haber sacado millones de fotos a los pingüinos hacemos un trekking. Yo insisto nuevamente en el carácter de infantes que todos parecemos liberar al llegar a esta tierra. Habituados de las experiencias armadas y las emociones empaquetadas son extrañas las oportunidades en que un adulto experimenta un asombro sostenido, que se maravilla frente a la naturaleza con completa ingenuidad, o que se permite gozar de un espectáculo auténtico sin temor al ridículo. En Antártida la amplitud del terreno no supera a la de la vivencia y todos, a sabiendas de que tal vez jamás regresemos, nos permitimos sonrisas que exceden a nuestros rostros, festejos ante el cómico andar de un pingüino despreocupado o simplemente una lágrima de emoción frente al acto de conciencia. Y somos felices, vaya si lo somos.

Los pingüinos no interrumpen su tarea al vernos pasar ni se alertan frente a tantas cámaras disparando al unísono. A nosotros cada foto nos parece mejor la anterior y menos precisa que la siguiente, enviciándonos con el gatillo hasta la perdición.

La caminata nos conduce hasta casi el otro extremo de la isla donde mientras los demás turistas se deslumbran ante la presencia de un lobo marino, nosotros nos dejamos empachar por la peculiaridad del paisaje, al que la constante bruma presenta como la escenografía perfecta para una escena de piratas.

El barco de los Goonies podría emerger en cualquier momento y no estaría fuera de lugar. Rocas voluptuosas y punteagudas brotan en medio del paisaje blanco y más allá se esconden islas y rocas detrás de la estela húmeda que cubre el mar. Quiero guardarlo todo en mí, hasta el ruido de mis suelas imprimiéndose en la nieve compacta. Atrás quedan las quejas y mareos del día de ayer, el peaje de Drake, como yo lo llamaría vale la pena en cada balanceo. Qué día gratificante…

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Laura Lazzarino

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