En nuestra planificación de este viaje, Ushuaia se presentaba como el límite sur a descubrir, punto final y de inicio a la vez desde donde partiríamos para alcanzar el punto más al norte que nos fuera posible. Como ciudad en sí -y al igual que otras localidades patagónicas – Ushuaia despertaba en mí la curiosidad lógica de quien se ha dedicado los últimos cuatro años de su vida a enviar turistas a un punto en el mapa únicamente ilustrado por folletos. Quería llegar para poder decir finalmente “yo estuve ahí”, y vivir en carne propia todas aquellas recomendaciones que a tientas había hecho a mis pasajeros, aprendidas a fuerza de repetir experiencias ajenas. Pero más allá de eso no teníamos un interés que nos llevara a pensar que nuestra estadía podía prolongarse más allá de los cuatro días establecidos en el itinerario.

Llegamos un miércoles con la firme idea de partir el domingo siguiente, lunes a más tardar.

En plena calle San Martín, la avenida más céntrica de la ciudad austral, nos estaba esperando Daniel Aureliano con su inseparable “máquina infernal”. A Dani lo habíamos contactado por couch, entusiasmados por la idea de ser alojados por otro loco viajero que se había lanzado a recorrer las rutas del sur de nuestro continente a bordo de su R4, al cual había apodado casi como prediciéndole su destino, “la máquina infernal”. Y de hecho lo es, si tenemos en cuenta que este veterano sin sistema computarizado y sin las sexys indicaciones del GPS había dado la vuelta por todo Sudamérica y todavía se mantenía en pie.

Ushuaia abrió el cielo para recibirnos. Hipnotizados por la belleza de sus montañas que amurallan parte de la ciudad disfrutamos del sol y del verde con gran entusiasmo. Mientras parte del país se vestía de luto aquí el cielo se pintaba de amarillo y estos dos viajeros celebraban a puro sol haber llegado hasta el extremo de un continente. Las visitas planeadas no iban mucho más allá de lo esperado: Parque Nacional, Canal de Beagle, Glaciar Martial, Museo Marítimo, y todo lo que debíamos hacer era armar la agenda y ya. Sin embargo fue en nuestro segundo día cuando los planes iban a empezar a cambiar…

Un paseo por la San Martín llevó a que misteriosamente Juan y yo nos separáramos y termináramos perdidos (ahora que ya me conozco la avenida de memoria no comprendo cómo eso fue posible). Así medio a los tumbos, fue que entré en la Boutique del Libro y ese mareo me llevó no a encontrarlo a Juan sino a conocer a Beto. En ese momento su presencia no fue más que la de alguien que se cruza en un momento inoportuno, por lo que no le di importancia y seguí en mi misión de encontrar a mi compañero. Cuando por fin logramos cometido –porque los dos vagábamos con el mismo propósito- regresamos a la librería para toparnos con la grata sorpresa de que no sólo el “Vagabundeando…” estaba en el estante de recomendados, sino que Beto lo reconoció a Juan al instante y con toda la emoción del encuentro fortuito nos organizó una muestra de fotos en el mismo local para el fin de semana.

Debo admitir que no me cayó demasiado en gracia la idea de coartar nuevamente un paseo con movimientos de prensa: ya el ajetreo por llegar hasta San Julián nos había servido de escarmiento para aprender que más importante que correr con compromisos es aprovechar lo que el viaje va ofreciendo desinteresadamente. Sin embargo esto que yo percibí como una cita impuesta terminaría siendo el primer eslabón de una cadena de oportunidades que el universo nos estaba enviando…

Para nuestra segunda noche en la ciudad teníamos una invitación a cenar que no queríamos desaprovechar. Aquí en la ciudad del fin del mundo vive Juan Carlos, el papá de Valeria, una amiga a quien conocimos en Mar del Plata. Bastó decir que veníamos para estos lados para que Vale nos hiciera no solo contacto con su progenitor, sino para que también se encargara de dejar bien claro que sería un pecado perderse una cena preparada por Juan Carlos. Con semejante publicidad no tuvo que insistir… Juan Carlos vive en una casa de madera junto a Eloisa, su pareja, y Esteban, quien además de ser amigo de ambos y tricampeón mundial de magia es el único mago en toda la provincia de Tierra del Fuego. Esteban habla en tono calmo con una voz que delata su profesión de locutor, y no pierde oportunidad, cada vez que se toca el tema de la magia, de materializar cualquier explicación con alguno de esos trucos conocidos pero con una agilidad y gracia que hacen que uno, que ya sabe que la moneda saldrá por detrás de la oreja, se vuelva a asombrar. Él y Elo son miembros de la Cruz Roja y tienen además un espectáculo de música y magia, ya que la muchacha además de estar lista para cualquier emergencia, canta. Y canta muy bien. Los tres comparten una casa que por estar construida sobre la turba ha tenido muchos problemas de estabilidad. “Acá adentro haces trekking”, me advierte Juan Carlos, quien luego de que Elo y Esteban pasaran literalmente para abajo ha decidido construir el piso nuevamente. En el fondo tres rotwailers, tan pero tan salvajes y agresivos que dos de ellos ronronean cuando se los acaricia.

En este recinto tan interesante, al que ellos denominan “el kibutz”, se respira un aire a comunidad que invita y es justamente entre estas mismas cuatro paredes donde nace un lema que guiaría nuestros accionares durante el resto de nuestra estadía en esta ciudad. Juan me había ya confesado que miraba hacia el puerto con entusiasmo, y lo cierto es que a mí también me atraía la idea de ir más allá, de romper los límites y desafiar el mapa. Varias alternativas se presentaban sobre la mesa: Puerto Williams, La Isla de los Estados, Punta Arenas…Y en un acto casi inconsciente, como quien lo arriesga todo apostando al único casillero verde del paño, Juan lanzó: “acá se terminan las rutas pero se abren los mares, te diría que a nosotros cualquier barco nos queda bien”. No hubo que decir más: Elo ya se había preparado, tono serio y celular en mano, para presentar batalla. Hizo unas cuantas llamadas pero no tuvimos suerte. Sin embargo la curiosidad ya estaba instalada y como bien dicen perder una batalla no implica perder la guerra, por lo que decidimos cenar en paz pero sin abandonar nuestros ya propios planes.

La cena se presentó como un interesante retrato de esta ciudad, en donde el lugar de nacimiento juega un fuerte papel en la construcción de la identidad, y por ello la población se subdivide en Antiguos Pobladores, “NIC” (nacidos y criados) y el resto, quienes en realidad parecen ser mayoría. No es necesario que Elo ahonde demasiado en estadísticas para ganar nuestra sorpresa porque con lo primero que nos cuenta nuestros labios comienzan a separarse hasta concluir en la más auténtica mueca de asombro. No sabía yo, por ejemplo, que hasta hace poco tiempo en la ciudad no había abuelos. Dado que la mayoría de los habitantes eran llegados de otras tierras no existía aquí población de la tercera edad, y la única señora mayor del pueblo ostentaba su título de “la abuela de Ushuaia” a la vez que se quejaba de no poder tener amigos de su edad. No fue sino hasta que los nuevos residentes trajeron a sus padres a vivir aquí que la población se empezó a balancear. De hecho en la ciudad no hay geriátricos, ni psiquiatras, ni orfanatos. Se construyó, sin embargo, un edificio destinado a una institución geriátrica en donde actualmente funcionan los tribunales. Un irónico ejemplo de accesibilidad en la justicia, si consideramos la cantidad de rampas y pasillos anchos con los que cuenta el edificio… Pero el sarcasmo no concluye allí si tenemos en cuenta que en otro edificio, cuya planificación fue pensada para que funcionase como un jardín de infantes, opera hoy un hogar de día para adultos mayores… Mi cara deja en evidencia mis pensamientos y antes de que pueda articular palabra Juan Carlos me dice: “Esta es la isla de la fantasía, todo puede pasar”. Y sí, uno se olvida de que está en una isla literalmente, aunque los residentes lo recuerdan todo el tiempo. Su forma de referirse a la provincia es como “la isla”, acentuando su personalidad al hablar de la misma en tercera persona. Y aunque debo recordarme continuamente de que no hacen referencia a la famosa isla de Lost, estoy segura de que con hechos tan curiosos no debe faltar por ahí algún místico John Locke. Hay cosas que realmente no se explican.

La muestra de fotos tuvo más concurrencia de la que podíamos esperar, y los resultados fueron más que óptimos si consideramos que de esa muestra surgió una invitación a un programa de radio, y de ese programa de radio una invitación a participar de la Feria del Libro local. Increíble.

La imagen de Ushuaia como ciudad turística hace que hasta los mismos pobladores rijan su vida en torno a la actividad, y algo tan sencillo como la difusión es algo exclusivo para el sector de viajes. No se ven en las calles afiches que promuevan actividades o eventos de índole local, como si los ushuaienses no tuvieran vida más allá de los hoteles. Pese a ser una ciudad con todas las letras, su pasado de pequeño poblado ha quedado aún en el inconsciente de la gente, que aún confía en el boca en boca como mejor medio de transmisión. Estábamos invitados a un evento importante pero nos costaba horrores poder medir el caudal de gente que la visitaría: no había en toda la ciudad un solo afiche y nos encontramos con que mucha gente no estaba ni enterada. Aún así nos dispusimos a trabajar y alentados por Beto decidimos hacer 50 libros artesanales para poder presentar. Si hubo alguien en toda nuestra historia ushuaiense que se dedicó a celebrar cada paso con una alegría incondicional, ese fue Beto. Siempre ahí para alentarnos ante la menor duda y augurando buenas nuevas con una certeza de origen desconocido, Beto se ha transformado en una suerte de gurú personal, de genio de la lámpara. Cuando le contamos un poco nuestros planes de navegación prometió hacer lo posible y en menos de dos días ya nos había conseguido una excursión por el canal de Beagle.

Ahora bien, teníamos feria, teníamos fecha y teníamos el original de un libro…¿pero cómo lograr un producto a precio accesible y competitivo en una ciudad en donde la fotocopia promedio ronda los 0.50 ctv? (sí sí, aunque pateando se consigue por menos, lo normal es que por cada vez que se aprieta el botón se facturen cincuenta centavos). Con esos costos iba a ser más económico comprar un libro impreso en papel fotográfico que una de nuestras humildes copias. Alguien nos pasó el dato del centro de estudiantes de la facultad, en donde con mucho esfuerzo nos hacían un precio que rozaba los límites de lo conveniente. Sin embargo fue nuevamente Beto, quien logró contactarnos con la persona indicada y conseguimos así que la Legislatura Provincial nos donara buena parte de las copias. Al margen del agradecimiento no solo por el material sino por su buena voluntad de ponerse a disposición, me queda de esta experiencia el hecho de haber tenido la posibilidad de presenciar un poco cómo funciona este organismo político desde adentro.

Mientras liquidábamos lo que quedaba de tonner y conversábamos con algunos miembros del partido fuimos testigos de un conflicto con el sindicato de maestros, que nada tenía que envidiarle a cualquier barra brava del equipo más heavy de la C. Como en todos lados los maestros se quejan de su salario, lo cual en determinado punto uno ya no sabe si es con justa razón o no, sobretodo en esta provincia en donde si de números hablamos las cosas parecerían ser justas, ya que un docente promedio gana más del doble que un camarero, recepcionista de hotel o empleado de comercio. Sin embargo lo que me interesa no es retratar las bases del problema, que seguramente tiene varias aristas, sino los términos en que se estaba discutiendo. Más allá de quien tenga razón o no, me quedé espantada al oír los insultos racistas, desmedidos y de alto voltaje (ni hablar de las amenazas físicas y verbales) que las maestras se disparaban entre sí sin ningún control. Me espanta saber que son estas mismas personas las encargadas de formar a los más chicos en cuestiones de respeto y ciudadanía….

Y finalmente la Feria del Libro llegó. Casi en tono de disculpas nos habían comentado que dado que los espacios son pagos y se contratan con dos meses de anticipo ya no quedaban lugares disponibles, por lo que nos ofrecían un rinconcito discreto. Agradecimos enormemente el espacio y la voluntad de estos docentes y comenzamos a armar el stand artesanal con mucho entusiasmo y dudas por saber qué nos esperaría los días siguientes. Habíamos estado corriendo toda la semana a contrarreloj para poder tener todo listo y realmente esperábamos que tanto esfuerzo tuviera sus resultados. Para no perder su costumbre de animarnos incondicionalmente teníamos de vecino allá en la diagonal a Beto, encargado del stand de la Boutique, que ya adueñado completamente de su rol de genio de lámpara se paró junto al stand y mientras se frotaba la barbilla y mirando al infinito dijo en tono de presagio: “van a tener que hacer más libros porque no les van a alcanzar” y terminó la frase con una risa y cerrando el puño en señal de fuerza.

El viernes arrancamos temprano y mientras Juan se quedaba en casa de Dani terminando de engrampar los libros yo cuidaba el puestito de los miles y miles de niños que arrasaban con todo lo que veían a su paso: era día de escuelas así que toda la mañana fue un desfiladero de nenes disfrazados que venían a obras de teatro, de otros que solo querían corretear libremente y de algunos más curiosos que no podían contener sus preguntas frente a nuestras postales coloridas. Resultó ser que el humilde rinconcito era un lugar estratégico ya que de paso obligado para los baños, el buffet y demás salones donde se ofrecían actividades constantemente, todo aquél que visitara la feria debía toparse con nuestras fotos del mundo.

Cerca del mediodía empezó a llegar más gente y con el arribo de Juan se completó el círculo.

Ambos días repetimos la historia a cuanto curioso se acercara y logramos así cumplir con el objetivo de venta y llenarnos de historias y curiosidades. Mucha gente se acercó a traernos obsequios, nunca nos faltó un mate, y recibimos también muchas invitaciones de gente que vive acá pero que es del norte, en donde tienen un lugar donde nos podemos quedar. Nos encontramos también con Nico, operador de la radio que nos había hecho la entrevista, quien además de acercarnos siempre algo de sabrosa comida vegetariana nos ofreció alojamiento que decidimos aceptar.

Como bien dije, recolectamos gran cantidad de anécdotas. Hubo un padre que ante la insistencia de su hijo por acercarse al stand mató cualquier ilusión diciendo a voz viva y delante nuestro: “¿no te das cuenta que eso es mentira? ¡Es imposible que hayan recorrido todo eso!”. Después una señora mayor que logró arrebatarme unas lágrimas cuando luego de escuchar nuestra historia comenzó a sonreír emocionada y a la pregunta de si nunca nos había pasado nada se respondió a sí misma en una suerte de afirmación y bendición: “no, no. A ustedes nunca les va a pasar nada porque Dios los acompaña, porque sépanlo, están cumpliendo el sueño de todos”. Luego se acercó, me repitió lo mismo al oído como encomendándome una misión de suma importancia, me abrazó con todas sus fuerzas y antes de que las lágrimas terminaran de empañarle los lentes me hizo la señal de la cruz en la frente y se alejó. En contraposición hubo otra señora, muchísimo menos espiritual y educada que se aproximó al puesto a medias, como si arrimarse un poquito más allá implicara compromiso de compra. Llegó en el medio de una conversación que yo estaba teniendo con una familia hacía rato, y cuando el hombre comentó algo respecto de mi profesión, la señora que apenas si se había dignado a mirar los mapas no hizo esfuerzo en contener su sorpresa y muy suelta de cuerpo exclamó: “¡Ah, pero entonces vos terminaste el secundario!” (No señora, de hecho no terminé ni el primario…es más no sé ni leer ni escribir, por eso estoy acá ofreciendo un libro en la feria….) Tuvimos la oportunidad de conocer también a un chico boliviano, Dalmiro, que vino a Ushuaia en busca de una autorización de su padre para acceder a una beca y poder estudiar en Rusia, pero ante la negativa se quedó. Él nos contó un poco su visión de la ciudad. Y fue justo en medio de ese interesantísimo relato que alguien que se acercó con galantería y haciendo alarde (no sabemos bien de qué) se presentó: “Hola, yo soy Nic”. Tuve ganas de contestarle: “Y yo soy Carol”, siguiendo el juego, pero me di cuenta que no se trataba de una burla a las primeras conversaciones llanas que todos aprendemos al estudiar inglés, sino que lo que inflaba el pecho vacío de este personaje era su condición de nacido y criado en la ciudad, en contraposición evidente con las raíces foráneas de nuestro amigo boliviano. Un debate completamente absurdo fue el que presentó este señor que ni su nombre se dignó a decir (se ve que con el simple rango de Nic alcanza, tal vez querrá que lo llamemos Señor Nic, o que nos refiramos a él como “el Nic”, como si hubiera tenido que estudiar años penosos de sacrificada carrera para llegar a ese estatus). Sentí vergüenza ajena al presenciar cómo frente a mis ojos culpaba al pueblo boliviano de victimizarse para ganar empatía siendo que ellos nada saben sobre discriminación en comparación a aquella que los originarios de Ushuaia sufren en manos de los llegados que vienen aquí a llevarse toda su riqueza. Si yo hubiera estado en los zapatos de Dalmiro hubiera reaccionado con ímpetu, pero nuevamente me admiro de la pasividad y educación de esta nación, porque lo que él inteligentemente hizo fue dejarlo hablar para luego refutarle sus argumentos con educación, altura y una noción de historia y cultura general que hizo que el ejemplar de esta extraña raza de NIC se retirara abatido y derrotado. Mis admiraciones para Dalmiro en todo sentido.

Y ahora sí, con esta anécdota increíble cierro este post para darle paso a los próximos relatos, donde Antártida es la protagonista principal, que ya no puedo esperar para subir:

A diferencia de lo que esperábamos, las fotos fueron mucho más exitosas que los libros. El primer día de feria nos quedamos sin stock, y mucha gente volvió el sábado buscando más. Algo sorprendente fue que no se llevaban imágenes al azar, sino que venían con pedidos específicos: “¿Tenés una de San Juan?” “Estoy buscando algo con niños”. Entre esos prequerimientos escuché el de una señora mayor que ya de aspecto me resultaba algo particular.

– Estoy buscando algo con textiles. Mi amiga ayer se llevo una con muchos colores.

Sabiendo que se estaba refiriendo a una imagen de India, donde se ve a una musulmana y muchas lanas de colores, se la busqué y entregué en mano. La señora la tomó con desconfianza, la examinó de arriba abajo y luego de unos largos segundo me respondió con decepción:

– ¡Pero acá no te enseñan a teñir lanas!

– Y no señora…es una foto- atinó a responder Juan, un poco sorprendido por el reclamo

– ¡Ah, no! ¡No me sirve! ¡Yo lo que quiero es aprender a teñir lanas! Porque vos sabías querido que las lanas se tiñen, ¿no?

– Y sí señora, las ovejas de colores no vienen…

Y así terminamos con la Feria del Libro, realmente satisfechos con los resultados. El lunes 8 de noviembre nevó en Ushuaia, y nosotros nos mudamos a la casa de Nico y Ana, casa sobre la cual tenemos mucho para contar. Pero eso viene en la próxima historia…

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Neenaa!! Me hiciste emocionar y reir a la vez con este relato.
    Es incríble que tanta gente se ponga esta aventura al hombro y no pare de tirar buenas energías y tratar de brindar una pequeña-gran ayuda desde el lugarcito que puede.
    Me alegra saber que todo marcha bien y que cada dia que pasa se llenen de anécdotas de todo tipo.
    Ahh!! Algo que leí acerca de los “NYC”, en Bariloche se definen exactamente igual! Estan los “Nacidos Y Criados”, los “Recien Llegados” (donde entraría yo Jaja 4 años son muy pocos)y los “Nativos”, aquellas grandes familias que aun hay de los llamados pueblos originarios…

    LALA

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