La calma del camarote apenas alumbrado por el pequeño hilo de luz que se filtra a través del ojo de buey es repentinamente interrumpida. La chapa que oficia de pared en nuestro pequeño recinto comienza a crujir, y no sin miedo descubrimos que lo que ocasiona tanto estruendo no es más que el Ushuaia quebrando los escombros de hielo que va encontrando a su paso. Por el altoparlante nos anuncian que estamos ingresando el canal de Lemaire, tan fotogénico que muchos hacen referencia al éste como “el canal Kodak”. Ingresar al mismo representa un perfecto engaño cónico: los 1500 metros de amplitud en su entrada no permiten advertir, entre niebla y montañas, que el extremo sur solo cuenta con un tercio de ancho. Este embudo natural fue llamado así en honor al belga Charles Lemaire, quien como es de imaginar fue un explorador, pero llevó a cabo sus tareas no en las gélidas aguas antárticas, sino en el caluroso Congo… En fin, dicen la intensión es lo que cuenta…

Como cada día comenzamos con las excursiones luego del desayuno, momento en que además de preparar las cámaras debemos vestirnos para la ocasión. Aunque estamos en el extremo sur del planeta, arriba del barco el frío se siente poco, y hasta hay quien se atreve a las bermudas o mangas cortas. Es por ello que previo al subirnos a los zodiacs debemos disfrazarnos de muñequitos Michellin y ponernos encima cuanto podamos para resguardarnos del clima – y tratar, además, de estar cómodos para movernos-. Así es que, como si de una competencia para ganar un viaje estudiantil se tratase, Juan y yo comenzamos a vestirnos con prisa, en el orden indicado, tratando de no olvidar nada (no está bueno darte cuenta de que te faltó una camiseta cuando ya te pusiste el chaleco salvavidas). El equipo, en mi caso, está compuesto por: 3 pares de medias (que nunca son suficientes para no sentir que se me mueren los pies), calzas térmicas, pantalones de nieve, botas impermeables y horriblemente heladas, musculosa, camiseta térmica, pullover andino colorinche, mitones para poder maniobrar la cámara, guantes impermeables, cuellito, campera impermeable con capucha y finalmente el chaleco salvavidas –que jamás aprenderemos a ponernos correctamente -.

A diferencia de los días anteriores hoy sí podemos decir que nos toca un clima realmente antártico: está nevando mucho, corre viento y todo se ve gris.

La primer visita de hoy es la base ucraniana de investigación Vernadsky, y enorme es nuestra sorpresa cuando al descender entre viento y perfectos copos de nieve somos recibidos por un pulgar gigante que adorna la entrada del lugar. Gesto de aprobación, guiño de complicidad, cereza del postre… que el lugar más al sur que hayamos podido alcanzar a dedo esté decorado ni más ni menos de esta forma a nosotros no nos pasa desapercibido, y celebramos triunfantes esta curiosa ¿casualidad? ante la mirada atónita del resto de los turistas.

La base en sí es grande, pero la timidez de sus habitantes y su escaso inglés limitan mucho la visita. El atractivo principal sin embargo se focaliza en la posibilidad de enviar postales a casa desde este remoto lugar, el simpático sello que podemos obtener en el pasaporte, y por sobre todas las cosas en el bar, que con orgullo hace alarde de ser, naturalmente, el más austral del mundo. No hay bares en las otras estaciones, y lo cierto es que en esta tampoco debería haber uno: la madera con la que lo construyeron estaba destinada a otros fines, pero los carpinteros, ante la necesidad de un trago, optaron por utilizarla con un noble fin y es así como hoy en día podemos tomarnos un vodka en Verdnasky. Y como si todo esto fuera poco, las mujeres aquí contamos con el beneficio de un plan canje un tanto particular: aquellas quienes, al igual que yo, se jacten de poder quitarse el corpiño por debajo de la ropa, pueden hacerse acreedoras de un vaso de esta bebida a cambio de la prenda… La colección de corpiños colgados detrás de la barra es tan inverosímil como las dos flameantes palmeras que adornan los tanques de combustible de esta particular base, que a todos nos cae simpática. Imagino que no ha de ser tarea sencilla instalarse en estos confines e intentar llevar una vida entretenida, por lo que celebro su gran sentido del humor.

Regresar al Ushuaia es siempre reconfortante. Aunque naturalmente uno no ha llegado hasta allí para quedarse arriba del barco, lo cierto es que después de algunas horas de excursión uno siente la necesidad de retornar a un lugar cálido, de quitarse las acartonadas botas, de procesar el caudal de sensaciones, imágenes e información que cada visita representa.

Después del almuerzo, una breve siesta, hasta que el capitán anuncia nuevamente por el altoparlante el próximo desembarco. Esta vez, Isla Petermann, donde podremos apreciar la inmensidad de sus majestuosos glaciares y montañas y conocer además la tercer especie de pingüino que veremos en este viaje.

El pingüino Adelia se distingue por tener toda su cabeza negra y una visible aureola celeste alrededor del ojo. ¿El motivo del nombre? Mientras que el pingüino barbijo se llama así por la línea negra que tiene debajo del pico, el Papúa responde a su nombre científico. Pero la razón del Adelia para portar este nombre se remonta a los aires románticos de un marinero que, al descubrirlos, los llamó así en honor a su esposa que lo aguardaba tierra firme, al otro lado del mundo. Nada de chocolates ni ramos de flores, ¿dónde vas a conseguir un enamorado que te regale toda una especie de pingüinos? Se jugó, hay que reconocerlo… Igual me pregunto ¿le habrá llevado alguno de muestra? ¿O habrá hecho alarde confiando en la credulidad de su esposa que de seguro se murió sin haber conocido el suntuoso regalo? En fin, el pingüino Adelia es más gordito y menos frecuente, pero tenemos la suerte de verlos en esta maravillosa isla que, pese a la nieva inagotable, nos deja sorprendidos.

Ya de regreso en el Ushuaia no tardo en quitarme las botas, y justo cuando me estoy por meter a la ducha anuncian, nuevamente, que haremos otro paseo. Sin desembarcar, el paseo en zodiac nos llevará esta vez a un sitio llamado “calle de témpanos”, o “cementerio de témpanos”. No se, honestamente, como describirlo. Tal vez baste con confesar las cuatro o cinco lágrimas que saltaron de emoción, mientras pese a la cantidad de abrigo mi piel se erizaba y el viaje llegaba al punto máximo de belleza. No sé cuántos lugares más visitaremos en este largo viaje que nos espera, tampoco sé de los maravillosos paisajes que nuestros ojos lograrán eternizar en nuestra mente, pero dudo, con sinceridad, que algo de lo que nos aguarda logre equiparar el absolutismo, la inmensidad o la singular belleza de este lugar. 

El silencio reina y nosotros no queremos interrumpirlo. De vez en cuando nos dejamos maravillar con una ballena Minsky que resopla a lo lejos o con una foca que apenas interrumpe su siesta para vernos pasar. Nosotros nos admiramos, extasiados por este mundo tan ajeno al que nosotros conocemos, agradecidos una vez más de poder estar acá.

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Laura Lazzarino

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