Sin parecerse en nada a la idea que uno tiene sobre el clima en Antártida, hoy nos despertamos con un sol centelleante que hace que por momentos descreamos del frío gélido que circunda. Sumidos ahora sí en plena expedición comenzamos a experimentar la dinámica del viaje, esta especie de rutina que tendremos durante los días que restan de travesía. Por eso hoy nos levantamos más temprano, desayunamos con ansiedad y comenzamos luego con los desembarcos.

Lo primero que hacemos es una navegación por Bahía Guillermina, que se presenta ante nosotros como un enorme estanque, donde el espejo de agua lentamente se interrumpe con la estela que el Zodiac deja a su paso. Si tuviera que definir lo que mis ojos sorprendidos captan en una sola palabra, esa sería surrealista, y sin embargo siento que no es suficiente. Eso que se nos presenta en frente y que nosotros nos esforzamos por memorizar supera ampliamente cualquier imagen que ya hayamos visto, y por momentos siento que gatillar con la cámara es inútil: cualquier intento de reflejar la belleza natural del paisaje es en vano, el resultado lejos está de retratar la realidad. Por todas partes vemos icebergs desparramados sin criterio, de diferentes formas y tamaños, en un mar que se pierde en la infinidad del reflejo del cielo. Los glaciares nos rodean, resquebrajados algunos, en firmes capas otros.

Pero esta naturaleza magnifica encierra también una historia de industria, donde la destrucción vino acompañada de la mano del hombre. Nada de que sorprenderse. Lo que hoy nosotros visitamos como uno de los destinos más exóticos y naturales del planeta, funcionó a comienzos de siglo como un proveedor ilimitado de ballenas. Tal era la riqueza que representaba la caza de estos animales, que solo capturar un ejemplar era suficiente para cubrir los gastos de trasladarse desde el otro extremo del planeta (los principales balleneros eran noruegos), pagar a los marineros y tener un margen de ganancia. Y nadie se conformaba con cazar sólo una ballena…. Estos animales eran aprovechados de diferentes maneras: su aceite servía para la lubricación de máquinas y para iluminación, con sus barbas se confeccionaban cortinas, corsés y las famosas ballenitas de las camisas, y con el interior se fabricaban perfumes y cosméticos, entre otras cosas. La especie más castigada era la ballena azul por su gran tamaño y lentitud, lo que les permitía a los balleneros cazar varios ejemplares en un día y retornar por la tarde a recoger los cuerpos. Y como esta industria regía la economía de la época, no podemos pensar en conciencia ecológica, como resultado nos encontramos hoy con que la última ballena azul en aguas antárticas fue vista en la década del 60. Espantoso, sí, pero no muy diferente a lo que le hacemos al planeta hoy con el petróleo y la minería (es más, hasta diría que es peor porque tan poco inteligentes somos que nos estamos matando entre nosotros…¡y se supone que somos la especie superior y que tenemos conciencia de ello!)

Testigo y prueba de este pasado es el Governoren, un ballenero hundido en 1916 que con su oxidada estructura se mantiene en pie entre bloques de hielo. Como queriendo redimir su triste pasado, esta pesada y vieja máquina sirve hoy de refugio a decenas de gaviotines que anidan en él. Esta especie de condominio plumífero aún conserva en su interior parte de la maquinaria y otros elementos, que podemos observar a medida que el zodiac se acerca lenta y suavemente, ignorando un poco los histéricos chillidos de los pájaros, tan intolerantes como intolerables.

Lo que sigue es un desembarco, esta vez en tierras continentales. El zodiac nos deja al pie de la base argentina Almirante Brown, ubicada en Bahía Paraíso. No cuesta adivinar el por qué de este nombre…

La base no está en funcionamiento, y lo que vemos hoy es una reconstrucción de la original, que fue quemada intencionalmente por un físico en el año 1984, para evitar tener que volver a invernar allí. Hoy los únicos habitantes que parecen custodiar el lugar son los pingüinos papúa, superiores en número a los de otras especies en esta parte del continente. La infinidad blanca adornada con el negro plumaje de estos simpáticos animales es exquisita, y la hilera que componemos nosotros, con nuestras ropas multicolor completamente ajenas a este lugar, es ínfima.

Llegamos a la cima del camino (que también es insignificante dentro del contexto natural, pero que es lo más lejos que podemos llegar sin comprometer nuestra seguridad) y el sol ya no brilla tanto y el paisaje se ha tornado gris. Nada empaña, sin embargo, nuestra felicidad que es auténtica y desborda. Hoy hemos impreso nuestra huella en un nuevo continente que poco sabe de humanidad y de países. Las enormes montañas vigilan nuestro paso sin necesidad de reafirmar su soberanía.

Nosotros pedimos permiso en silencio y avanzamos cautelosos, agradecidos con la ruta por habernos traído hasta acá, y con la tierra por haber sabido conservar lejos de nosotros un sitio tan absoluto como éste.

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Laura Lazzarino

4 ComentariosDejar un comentario

  • Al fin un nuevo post…. pero te dije que quería
    uno solo para mi…. jajaja

    ese viaje fue increíble para ustedes yo nunca había visto un paisaje así, y ahora gracias a sus fotos tengo una idea mas clara del lugar también estoy aprendiendo historia !!! tus relatos son al estilo lonely planet no crees?

    Bueno lau espero que la navidad y el estar con tus familiares te haya dado ese descanso necesario para seguir tu ventura.

    y que haces en la cama? vamos levántate agarra tu mochila y decile a juan que no voy a permitir que se queden mas tiempo en Argentina vamos debieron haber salido hace horas. 🙂

  • Adhiero a MARCEDIAZ. En realidad, me cuesta comentar porque el relato es genial y las sensaciones que me produce… de la misma índole. Pero tampoco quisiera dejar de hacerlo.

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