Después de 3 semanas en tierras no tan lejanas (al menos para mi, desde mi concepción del mundo como un pañuelo) volví el viernes a la city porteña. Bajar del avión para subirme al auto para subirme a la autopista fue como un cachetazo junto con una exclamación socarrona diciendo: volviste Laurita…acá estás otra vez muajajajaja. El finde me fui a mi casa materna en San Nicolás para el domingo volver a volver, a la ciudad otra vez, a mi rutina de subtes, comida comprada y libros postergados por falta de tiempo. Estando lejos creí extrañar algo de todo esto, aunque no supe bien especificar qué. Tal vez la nostalgia de estar en un lugar en donde el sol sale después de haberse ido de acá, o de sentirme lejos de todo lo que es mío, o en medio de un caos (des)organizado que nunca antes había visto. Fue solo una sensación de momentos, que volví a recordar a los pocos minutos de haber puesto un pie en capital. ‘Vos estabas loca, cómo vas a extrañar esto querida!’, me dij.’ Y si, la verdad es que hace menos de una semana que estoy acá y no hay día que me levante sin pensar en que de no haber vuelto a esta hora estaría tomando sol en la playa, o bañándome con agua fría, o durmiendo en una cama con una gran ‘mosquito net’ encima.Si alguna vez afirmé que Buenos Aires me come hoy puedo sentir literalmente cómo me mastica, me da vueltas y vueltas y me aplasta, sin dejarme respirar. Es extraño, porque claro que me dio alegría de volver a mi castillo de 2 x 2, a mis esquinas de Palermo Falso (léase Villa Crespo), a poder cruzar la calle con semáforo. Pero a la vez subirme a la ola de Panamericana, al embudo del subte y al cemento calcinante, tan porteñamente inconfundibles, fue como ponerme sal y pimienta y entregarme a los molares de esta ciudad, a su hambre de sonrisas y esperanzas. Y por más cosas que me puedan faltar de este lugar en cualquier parte del mundo, nunca nunca me voy a resignar a ser parte de esta maquinaria. No me voy a dejar tragar.

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Laura Lazzarino

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