Para llegar desde Khajurhao a Varanasi, tomamos primero un bus hasta al ciudad de Satna. Allí arriba descubrimos que los hispanoparlantes queriendo llegar a Varanasi somos varios, e inevitablemente se forma el grupo para unir fuerzas. Salvo Antonio y su mujer, la pareja de españoles jubilados que reniegan y aman a la vez este país, el resto no tiene pasajes. Somos cuatro: nosotros dos y dos chicas argentinas.

Las 4 horas de viaje se pasan rápido. En Satna nos bajamos en la estación de bus, a ver si conseguimos un bus sleeper. Nada de nada. Todos nos mandan a la estación de tren, así que allá vamos. Muchos intentos en diferentes boleterías: nada. Está todo repleto. A lo último nos dicen que hablemos con el guarda a ver qué se puede hacer. Un poco dudosos vamos a esperar al andén. Ahí conocemos a Monse, una española que anda viajando sola, también en la misma situación, pero sin el menor problema. Nos dice: una vez que subamos, después vemos donde nos acomodamos. Su razonamiento es lógico, a las vías del tren no nos van a tirar, ¿no? Igualmente Joao no se queda tranquilo y vuelve a la boletería, para finalmente conseguir lugar en lo que se llama jungle place, que como bien lo indica su nombre, es una jungla: te sentás donde podés. Cuando llega el tren, simplemente no lo podemos creer: está atestado de gente, con caras y manos que sobresalen de las ventanillas y muchas personas intentando subir. Si ya de por sí pasar por la puerta es tarea difícil, con las mochilas se vuelve una verdadera misión imposible. Caminamos vagón tras vagón pero nada. Antes de que el tren arranque otra vez nos subimos en 1era clase, con la adrenalina propia del que sabe que está haciendo algo incorrecto. Ya está, el tren en marcha y nosotros cinco amontonados en el pasillo. Tenemos 9 horas por delante.

Como es de imaginarse, no duramos mucho. En seguida vienen a querer corrernos, y con la justa razón. Tenemos mucha suerte igualmente, porque Sayd, el guarda, tiene toda la onda y al ver que realmente no tenemos lugar nos invita a los 5 a viajar en el espacio reservado para él. Hay una cama y un placard, donde nos acomodamos muy fácil, mucho más cómodos que jungle place y viajamos así hasta Amelabad, la primer parada. Esas tres horas nos dedicamos a ser el tractivo turístico del tren. No porque nosotros queramos, sino porque cada uno que pasa se nos queda mirando, y terminamos siendo un montón. Se hace muy interesante todo el intercambio: hablamos de religión, de costumbres y tradiciones. Todos tenemos algo que preguntar y algo que contar.

Alguien me pregunta sobre el dinero en Argentina, entonces saco un billete de $2 que anda en mi billetera y se lo muestro. Se lo pasan unos a otros para poder verlo. Me pregunta cuando vale en rupias, así a ojo son más o menos unas 20. Entonces saca para comprármelo. Claro que no acepto, se lo regalo de una, pero antes me pide que lo firme. Escribo: “Un recuerdo de Argentina, de parte de Lau ***” Él se va feliz y nosotros seguimos hablando un rato largo. Son muy hospitalarios, quieren mostrarnos todo, nos tratan super bien y hasta de comer nos ofrecen. Al rato aparece el chico al que le di el billete. Me trae una caja donde hay un anillo, aros y un colgante de plástico, muy pero muy brillante y se ve precioso. Es un regalo a cambio de mi regalo. Hasta ahora no me fui de ninguna ciudad de las que visité sin un regalo.

Llegamos a la primer parada y nos tenemos que cambiar de vagón, así que nos separamos. Joao y yo encontramos dos camas en seguida, un sleeper. Ahí nos quedamos intentando dormir hasta que llegamos a Varanasi.

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Laura Lazzarino

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