Aunque viniendo de occidente el cambio es enorme, Bombay es solo la puerta de entrada a la Inda. La llegada al aeropuerto fue un shock fatal. Además del calor agobiante, la marea de gente yendo y viniendo y lo desorganizado de las filas, había que sumarle el sueño por las más de 20 horas de viaje. Fue abrirme paso a los codazos para que me pusieran el sello de migraciones, enfrentarme a  la tribuna de gente agolpada tras la valla de seguridad en la puerta (solo los pasajeros entran al aeropuerto), conseguir un rickshaw hasta el hotel, y descansar.

A la mañana siguiente, intentamos seguir viaje lo más rápido posible. El próximo destino es Udaipur, en Rajastán. Hacia allá vamos.

El tren parte desde Mumbay Central. Tenemos como 9 horas hasta Ahmedabad, donde luego tomamos otro tren hasta Udaipur. Muy organizada la cosa: en el ticket te indican el vagón, en el vagón hay una lista con nombres de todos los pasajeros y sus respectivos asientos.

Por más que me haga la desentendida sé muy bien que soy el centro de atención. No estoy vestida de forma provocativa ni mucho menos, pero lo que para mí es una remera normal, para ellos es un escote-invitación, y no tienen ningún reparo en mirar fijo por largos ratos. Yo los ignoro, porque sé que devolver la mirada es incitarlos, y no tengo la menor intención. Son muy curiosos y no paran de mirarme. Lo que más quieren saber es si estamos casados, y eso tiene una explicación: ellos saben que las occidentales podemos tener sexo con quien queramos, lo que no entienden es que eso NO significa que queramos tener sexo con todo el mundo. Entonces: si decimos la verdad es incitar al pensamiento de “si él puede, entonces yo también”, aunque solo estemos conversando o comiendo juntos. Si decimos que si, no es que van a dejar de mirar, sólo que van a hacerlo sabiéndome “propiedad privada”. Por comodidad entonces empezamos a mentir, lo que lleva a que dejen de cuestionar. Siguen mirando porque todo les llama la atención: si me siento chinito, si muevo las manos cuando hablo, si hablo, si me río, si saco fotos. Al rato ya me acostumbro y me duermo un poco, Me despierta una señora reclamando espacio. Acá las mujeres y los hombres miran por igual a las mujeres occidentales, sólo que ellas quieren saber cómo vive una mujer al otro lado del mundo. Lo primero que la señora me pregunta es si Joao es mi marido, en tono muy tímido. Apenas digo que sí cambia su expresión y ya se siente más cómoda para charlar. La conversación atrapa a casi todo el vagón y terminamos también hablando con otra mujer que está sentada adelante nuestro sobre la India, los destinos que vamos a visitar y nuestras vidas. Me convidan unas tortillas caseras, me invitan a sus casas. Un vendedor ambulante se suma y nos regala una especie de empanada frita muy picante, pero riquísima. Y así charlando y aprendiendo se pasa el tiempo y cuando queremos acordar ya estamos en la estación.

tercer ojo india

El puntito rojo que tengo en la frente se llama bindi, y me lo regaló la señora en el tren. Es adhesivo, se compra en todas partes, y es un indicador de que la mujer ha tomado los votos de matrimonio. (Es una buena manera de espantar a los cursiosos también, aunque no deja de llamar la atención)

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Laura Lazzarino

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