Llegamos a Udaipur por la mañana y después de dar un par de vueltas terminamos en una Guest House justo a metros del puente que une Hanuman Ghat con Gangaur Ghat, separados por el Lago Pichola. A pesar de que el lago está muy seco el paisaje no deja de ser realmente encantador. Se dice que esta es una de las ciudades más lindas del país. Yo no puedo comparar porque recién empiezo, pero me gusta mucho el ambiente. Son callecitas angostas con muchos negocios vistosos, la gente muy amable y los palacios en forma de isla en medo del lago. 

Apenas cruzamos el puente se ven vacas sueltas echadas sin problema, muchas de ellas adornadas con collares de flores o pintadas en su frente. Se escuchan unos golpes a los lejos: son mujeres que están lavado la ropa en el río. El método: la enroscan toda como armando una trenza enorme y la golean fuerte contra unas escaleras que están bajo el agua, con el nivel hasta los tobillos. No usan nada como jabón o detergente.

Empezamos a caminar en subida rumbo a city palace, mientras yo me paro en cada negocio que veo ¡Es que todo es tan llamativo! A cada uno que mira saludo inclinando la cabeza con un Namaste, al cual responden con lo mismo, alguno juntando sus manos. Tengo en la frente una de esas gotitas que las mujeres hindúes casadas usan. La tengo por dos motivos: fue un regalo y además eso hace de “señal” a los hombres hindúes curiosos. Sin embargo termina también funcionando como una llave de acceso a las mujeres quienes al verme sonríen con más confianza.

Antes de llegar al City Palace nos topamos Jadish Mandir, un templo blanquísimo con relieves muy trabajados. Nos sacamos los zapatos, entramos y veo la primera imagen en vivo y en directo de Vishnú. 

Seguimos camino rumbo al city palace, pasando por más negocios y esquivando todo tipo de vehículos, por lo que motos, autos, peatones, rickshaws, bicicletas y hasta un elefante tratan de circular al mismo tiempo. Caos total, además de que acá manejar sin tocar bocina es como para mi comer pasta sin queso: inconcebible. Finalmente llegamos.

City Palace era, por supuesto, la residencia de la familia real. Conociendo tan poco la historia india, hay muchas cosas que pierden significado, como árboles genealógicos o datos cronológicos. Lo que sí me llama mucho la atención son los repetidos honores ni más ni menos que a Chetak, el caballo preferido de Maharana Pratap. Se dice que Chetak salvó la vida de su amo en una batalla, saltando un profundo abismo de longitud extraordinaria, para ponerlo a salvo. Todo esto con una pata menos que ya había perdido por ahí. Por lo tanto el caballo es considerado un héroe.

Más allá de eso la arquitectura es bellísima y las vistas que se tiene de Udaipur valen la pena. Adentro es un gran laberinto y lleva un buen rato recorrerlo.

Después de eso salimos, andamos un poco más, almorzamos -4 de la tarde- un plato indio que consiste en un ¼ de pollo cocido completamente cubierto de curry. No se bien que es pero hay que comerlo con los dedos y me encanta.

No es muy tarde, pero estamos muy cansados así que volvemos. En el camino compramos de postre una especie de turrón redondo hecho de una pasta marrón color dulce de leche y mucho maní. Tiene un gusto parecido al praliné, solo que son un deje de salado. Es raro, pero rico.

Volvemos por el mismo camino pero nos pasamos de la calle en la que había que doblar, pensando que más adelante vamos a encontrar otra calle. Finalmente terminamos perdidos, metiéndonos en callecitas, recovecos, laberintos hasta encontrar el puente para volver. Ya son las 6 de la tarde, y comenzamos a escuchar por el altoparlante las oraciones musulmanas, que llaman a todos los fieles a rezar al terminar el día. Más allá del respeto que eso infunde, es un poco cómico porque el pobre señor que canta tiene algo de saliva atragantada que no lograba despedir, así que 2 x 3 interrumpe el canto para intentar tragarla o escupirla, sin llegar a toser. Y eso se escucha desde cualquier parte de la ciudad. Cómicamente insoportable, pero con el sueño que tengo me duermo igual, sin siquiera reaccionar a sacarme la ropa.

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Laura Lazzarino

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