Llegamos a Agra a las 4 de la mañana. El rickshaw nos lleva hasta el hotel y, como era de esperarse, todo está cerrado.  Se acerca un hombre de los tantos que viven en la calle – que siempre quieren ayudar- y empieza a los gritos hasta que nos abren. El recepcionista no habla nada de inglés y hasta que nos da una habitación pasa como hora y media. Finalmente nos acostamos como a las 6 de la mañana. Estoy quedándome dormida cuando me despierto sobresaltada por unos gritos que parecen venir de mi ventana. Son los musulmanes que cantan a Alá cuando comienza y cuando termina el día. Hay altoparlantes por toda la ciudad. Todo el mundo tiene que despertarse.  No se trata de un cántico y ya. No. Son más de 5 minutos de unos gritos guturales seguidos de coros que no terminan jamás. Después de esto solo logro dormir de a ratos. Nuestra ventana da a la calle y ya todos se levantaron.

Como hoy es viernes el Taj Mahal está cerrado, así que vamos a visitar Fatehpur Sikri. Esta ciudad roja era la capital del imperio de Akbar quien, rompiendo con la tradición de su familia, se casó con una mujer musulmana, una hindú y una católica. Así mantuvo a todos el pueblo unido, pero por una cosa o la otra no podía tener herederos: todos los bebés se morían.  Así que consultó a un adivino que le predijo 3 niños. Al poco tiempo la profecía se cumplió, entonces Ak ar decidió construir esta nueva capital en honor al santo. Cuando Akbar murió la ciudad fue abandonada por falta de agua, a principios de 1600. En la actualidad se puede visitar casi todo el complejo, que se encuentra en un perfecto estado de conservación. Fatehpur Sikri se eleva en la montaña con una hermosura indescriptible.

Se entra por Jami Masjid, una especie de palacio con un gran patio central y una mezquita blanca al fondo. Es muy espacioso y el color es tan rosa, tan perfecto, que cuesta creer que tiene más de 400 años. Después vamos a visitar los alrededores por un camino poco turístico, donde encontramos más edificios, pero en completo estado de abandono. La paz del campo alrededor, las bandadas de loros y el silencio natural contrastan mucho con el caos de India.

No es que no me guste el país. Es solo que también es estresante, muy pesado, asfixiante. No solo por la contaminación tanto ambiental como sonora, sino porque cuesta mucho andar tranquilo: todos te persiguen al giro de JALÓ SER! JALÓ SER! (entiéndale Hello Sir) para luego comenzar con el siguiente repertorio de preguntas y casi siempre terminan queriéndote vender algo:

  • Where are you from?
  • What places have you visited?
  • 1st time in India?
  • Are you m arried?
  • Do you like India?

Si uno se sale del repertorio ya no comprenden. Y como ese repertorio se repite unas veinte veces por día me aburre repetir siempre lo mismo. Entonces cambio. Un día soy chilena, otro día boliviana, muchas veces colombiana, a veces portuguesa, a veces italiana. A veces estoy casada y tengo hijos, otras veces vivo en Brasil.

Seguimos caminando por el campo, bordeando un muro, cuando Joao encuentra una montañita que da justo para saltarlo, así que nos trepamos. Resulta que del otro lado está el Palacio Real propiamente. Que conste: yo pensé que estábamos entrando de incógnito a un lu ar cerrado para turistas, no que nos estábamos colando olímpicamente al Palacio Real!!! Ya estábamos adentro cuando alguien nos chista porque era obvio que no nos íbamos a salir con la nuestra. Es un señor musulmán que nos indica que la entrada está por el otro lado (lógico) y que cuesta 250 Rp. cada uno. Bueno, duró poco. Estábamos por irnos cuando el mismo señor nos hace señas de que nos quedemos, que el no dice nada. Buenísima onda.

Empezamos entonces el paseo por el patio de atrás, como quien dice, medio perdidos, pero enseguida aparece nuestro amigo. Nos dice que no aceptemos guías locales – que nos acosan por todos lados-, que él lo va a hacer sin cobrar porque ese es ui deber, que él trabaja ahí. Obvio que sabemos que vamos a tener que d arle algo, pero considerando que gracias a su silencio nos ahorramos 500 Rp. entre los dos…

Queda poco tiempo antes de que oscurezca, así que no hay mucha gente. La explicación es breve pero buena, y el Sr. Musulmán resulta hablar italiano muy claramente, así que más efectivo aún. Salimos airosos, le damos el valor de una entrada que terminó aceptando tras un par de negaciones y volvemos.

No hay buses hasta Agra, pero un señor local se apiada de nosotros, nos comparte el riskshaw y nos lleva hasta la ruta donde tomamos uno mucho más rápido que el de ida. Los buses locales me traen a la mente una sola cosa: hojalata. Son extremadamente viejos, abollados, oxidados y hasta con agujeros en el piso. Si embargo esto no me impide que me duerma de a ratos, del cansancio que tengo.

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Laura Lazzarino

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